El punto de partida para aprender a convivir es aceptarse a sí mismo y a los demás en cuanto personas. Lo conseguimos cuando trabajamos, en primer lugar, para sentirnos bien con nosotros mismos y, desde este espacio de motivación emocional, nos abrimos a contribuir a que las demás personas vayan aprendiendo y experimentando, también, a vivir mejor consigo mismos y con los demás.
¿Como convivo conmigo mismo? ¿Me estimo por cómo y quién soy? ¿o me menosprecio?, ¿me quiero o no me gusto? ¿Me alabo o me insulto? ¿Me siento bien con lo que hago y con cómo lo hago? ¿o me siento insatisfecho, culpable, avergonzado, etc. y por lo tanto me siento mal? De esta pregunta sobre como nos llevamos con nosotros mismos, surge automáticamente la segunda sobre como convivimos con los demás:
¿Queremos convivir con los demás con aprecio mutuo, con libertad de expresarnos, con comprensión y empatía, con tolerancia, con aceptación mutua, con participación, con dedicación? o ¿lo hacemos con miedo, enfrentamientos, vergüenza, resentimiento, envidia, celos, y mas cosas que interfieran en nuestras relaciones interpersonales?
El ”vivir con” cualquier persona o con cosas de nuestro entorno cuales la naturaleza, las actitudes adquiridas, las vivencias pasadas, el afecto condicionado o incondicional, y demás sentimientos y situaciones emocionales motivadoras o limitantes de cualquier tipo, depende, de forma directa, de cómo vivimos nuestra vida de relación con nosotros mismos y cómo nos responsabilizamos de vivirla con los demás.
Desarrollar estas preguntas y hallar respuestas que nos motiven a vivir mejor en este sentido representa una labor de prevención psicológica que puede transformar nuestra realidad social para el futuro.














