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CAMBIAR DE PROGRAMA PERSONAL

Si se paran a reflexionar sobre el tema, a menudo, por razones de formación educativa y vivencial, los programas que utilizamos la mayoría de las personas están basados en gran parte en una perspectiva emocional que nos hemos creado desde pequeños.
Aunque con las mejores intenciones, desde la infancia, a muchos se nos ha ido repitiendo que, por pequeños, no éramos capaces de discriminar y decidir lo que era bueno para nosotros y lo que no lo era. Por esto, se nos ha dicho que  no podíamos decidir lo que queríamos y debíamos dejar que los que sí lo sabían tomaran las decisiones. Ya aprenderíamos nosotros a su tiempo, cuando fuéramos mayores.

En cierto sentido, muchos todavía continuamos convencidos que algunas de las soluciones de nuestra vida no están en nuestras manos. Por otro lado, observamos que los que podrían actuar, a veces, no lo hacen o lo hacen de forma que no nos satisface y, demasiado a menudo, sin contar con nosotros y con nuestras necesidades. Por consiguiente, nos sentimos mal y  desmotivados para tomar las riendas de nuestras vidas en gran parte de las situaciones que se nos presentan.

Esto ha sido siempre bastante usual en nuestra sociedad. Hoy, con las dificultades añadidas del exceso de población y un aumento de la competencia frente a una tendencia muy consumista y materialista, esta predisposición se ha multiplicado. El no querer correr riesgos importantes, no tomar decisiones y no responsabilizarnos de las mismas es cada día más una práctica corriente; a muchos nos permite vivir, más o menos, con pocos problemas de gran calibre, aunque con montones de problemas menores sin resolver y, por lo tanto, con una frustración visceral que nos impide sentirnos realmente a gusto con nosotros mismos.

En cierto sentido, es como si muchos nos encontráramos en una cajita que, aunque no nos guste, queremos considerar como acolchada y caliente en medio de un entorno frío e incomodo. No nos atrevemos a salir para actuar, aunque sea para conseguir algo mucho mejor de lo que tenemos en la actualidad.

Salir requiere renunciar a  esquemas conocidos y asumir el riesgo de una  incomodidad adicional y esto, a muchos, nos da miedo y pereza. De esta forma, aguantamos con lo que tenemos. Esto refleja mi perspectiva  hace unos cuantos años, antes de darme cuenta de lo que me estaba perdiendo de la vida.

Además de la insatisfacción a flor de piel, pero sobrellevable, el peligro de esta actitud de aguante está en que nos quedamos indefensos cuando, por la razón que sea, entramos en situaciones de crisis, grandes o pequeñas.

A veces, cuando entramos en crisis, nos obcecamos en utilizar el razonamiento emocional de aguante, pero sentimos mal con nosotros mismos y con el entorno. Nos sentimos agobiados, frustrados o faltos de esperanza y de recursos; y esto nos aleja todavía más de las soluciones. No estamos acostumbrados a entrar en el terreno de la acción necesaria para la solución racional de los problemas y conflictos que se nos presentan. Alguien lo ha hecho por nosotros toda nuestra vida y no hemos aprendido a asumir responsabilidades o a correr los riesgos necesarios.

Haciendo una analogía con el mundo de los ordenadores, actuar desde el razonamiento emocional es actuar desde una programación preestablecida que carece en elasticidad y apertura a visiones distintas de las usuales. El ordenador, por el momento, no es capaz de pensar aunque sí de actuar sobre datos que se le van proporcionando desde fuera. Esto se refleja en una falta de creatividad.

Los ordenadores -como nosotros- tienen una placa base y un disco duro que les permite actuar en base a programas que se les ha instalado y que se van cambiando y refinando de forma continua de acuerdo con las necesidades del usuario. En nosotros, el programa genético corresponde a la placa base; el carácter, al disco duro; y las actitudes representan los distintos programas específicos que vamos instalando, modificando y utilizando a lo largo de la vida.
Un ordenador puede ser la maquina más perfecta y sofisticada que podamos imaginar, con una memoria de centenares de RAM y un disco duro de una grandísima capacidad. Sin embargo, si los programas que utilizamos no son los adecuados,  los resultados que conseguimos con él, van a ser muy por debajo de sus posibilidades y no nos permitirán resolver muchas de las necesidades  que se van presentando después de su instalación.

A las personas nos pasa lo mismo. Aunque tengamos un potencial sin límites en cuanto seres humanos, cognitivos y hechos a semejanza de Dios, si se nos ha impuesto un programa (educación familiar, entorno, etc.) inadecuado, se nos hace muy difícil el poder funcionar correctamente en nuestra vida y en nuestras relaciones.                              

Esto quiere decir que necesitamos poner al día el programa aprendido y utilizado hasta la fecha. Muchas partes del mismo funcionan satisfactoriamente y necesitamos darnos cuenta de cuáles son los factores obsoletos que necesitan ser revisados o sustituidos, de acuerdo con las nuevas necesidades o oportunidades que se nos han ido presentando.

A nuestros padres les pasó lo mismo, aunque sus programas fueran distintos de los nuestros y se desarrollaran en contextos sociales diferentes; aprendieron a actuar desde programas igualmente insuficientes y así lo hicieron los suyos durante generaciones.
Actualmente, tenemos la ventaja de que nos estamos dando cuenta de ello. Tenemos la oportunidad y la posibilidad de romper las limitaciones emocionales que nos han atado desde generaciones. Y estamos en condición de darnos cuenta de lo que no funciona en nuestra forma de relacionarnos intra e ínter personamente. 

Lo que proponemos es que reflexionemos sobre el tema y que aceptemos la necesidad de darnos cuenta de que es lo que no funciona desde la perspectiva de que podemos modificarlo. Una vez descubiertos cuáles son los hábitos, actitudes y dinámicas que no nos convienen, podemos buscar y crear unos nuevos programas personales que cumplan con nuestras necesidades de puesta al día.
Lo que queremos es buscar las mejores soluciones para nosotros y llevarlas a la práctica sin acusarnos ni acosarnos sino, sencillamente, sintiéndonos a gusto con lo que hacemos y así motivarnos a seguir aprendiendo y creciendo.

Si lo enfocamos desde la perspectiva de querer sentirnos bien, nos puede resultar muy placentero el descubrir nuevas formas de comunicarnos y relacionarnos con nosotros mismos y con los demás.
El riesgo, cuando hablamos de cambios de hábitos, reside en los repensamientos que a veces anulan las decisiones tomadas en momentos de entusiasmo.

El deseo y la consciencia de la posibilidad de sentirnos bien con nosotros mismos  a raíz de la decisión y la actuación para el cambio de programas personales, representan un factor importante  en la continuidad de la acción que emprendemos al respecto. El objetivo está claro y necesitamos tenerlo presente en cualquier momento. Tenemos el derecho de sentirnos bien y estamos actuando para hacerlo posible de forma sostenible y continuada.

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