La ira es una de las fuerzas destructivas de nuestro bienestar; nos duele más cuando la expresamos y puede tener consecuencias importantes en como llevamos nuestras relaciones. No es algo necesario, pero sin la ira y sin el resentimiento y los sentimientos negativos correspondientes, muchas personas pensamos que la vida no es posible.
A lo mejor, estos pensamientos negativos, que a veces se nos ocurren, a veces nos indican la necesidad de pararnos a un cierto punto, para examinar donde estamos, como actuamos y cómo podemos superar nuestros sentimientos de ira y de más emociones negativas que se nos ocurran. Es dificil pensar en auto-respeto o humildad, o compasión o auto-aceptación acompañados de la ira.
La ira llega a expresar sentimientos de frustración donde podemos llegar a transformar un sentimiento de malestar o hasta de dolor físico en una actuación voluntaria para hacer daño a la persona o personas que consideramos culpables de lo que nos pasa.
¿Cómo podemos reducir la ira? Yo personalmente me fijo en que dentro mí, cuando estoy enojado, además de la ira tengo también sentimientos positivos que puedo recordar y reconocer en este momento, como los de satisfacción , aceptación y apertura hacia los demás que me permiten, si quiero y me fijo, elevarme más arriba de la frustración y del enojo o ira momentáneos.
Así cuando me doy cuenta que estoy irritado, empiezo mirándome al espejo y, cuando veo la expresión irritada de mi cara, busco el recuerdo de mi otra cara, la que suele reflejar calma y aceptación y expresa sonrisa y dulzura. Me fijo en la diferencia entre la tensión del momento de ira comparada con el de relajación de cuando me siento a gusto conmigo mismo. A este punto me pregunto durante cuánto tiempo quiero quedarme en tensión, sabiendo que no es bueno ni para mí ni para los demás. Entonces busco la forma de tranquilizarme y llego hasta a reírme de mí mismo, de mi ira y de la causa que la ha ocasionado. Consigo hacerlo con verdadero gusto, aunque pueda continuar teniendo algo de enojo. Con la risa, elimino la energía estancada y me abro a cambiar de actitud.
Cuando descubro mi enojo y tengo la posibilidad de hacerlo, me doy un paseo durante el cual me digo a mí mismo: Anda de paseo y perdona, anda y perdona, anda y perdona. Esta técnica se ha convertido en una práctica usual que utilizo cuando pienso que la necesito y cuando encuentro dificultades en relajarme.
También suelo escribir una carta a la persona que me ha enojado. Utilizo todas las palabras fuertes y menos fuertes que me vienen a la mente para exteriorizar mi malestar con esta persona. Digo todo lo que pienso y hacerlo hace que me encuentre como en una cámara de de-compresión. Cuando me parece que ya he escrito bastante y que me puedo dar el permiso de dejar partir el enojo, entonces leo la carta, hasta hago algunas correcciones y, después, la rompo y la tiro a la basura, dejando de pensar en el tema y en la persona. El momento explosivo de la ira ha pasado y yo me encuentro otra vez relajado y dispuesto a quererme a mí mismo y a los demás.
Es sencillo y personalmente he comprobado que me ayuda.














