La característica más importante de su pedagogía era que el tema del aprendizaje debía interesar y motivar «a tope» a los alumnos para que se involucraran plenamente en lo que iban a aprender. Hacía que sus alumnos se responsabilizaran del aprendizaje desde la perspectiva de los resultados sociales que esperaban conseguir, sin dejarse desmotivar por el miedo a la dificultad del aprendizaje mismo.
La lectura que llegué a hacer de esta pedagogía fue que, si decidía que aprender a sentirme bien me interesaba como fórmula de vida, debía enfocar mi atención preferente sobre el objetivo de ser feliz. Esto me permitió aprender cómo hacerlo en lugar de renunciar a causa de las dificultades que me imaginaba plantearían mis actitudes emocionales de insuficiencia.
Me mentalice en el hecho de que si pensaba que podía, lo conseguía. Me fijé también que si pensaba que no podía, renunciaba a su búsqueda o por lo menos no le daba todo mi entusiasmo para conseguirlo y al final tenía razón ya que no lo conseguía.
Desde esta motivación, pude desactivar parte de los miedos y limitaciones que dificultaban mi plena implicación en la búsqueda de resultados. Dejé a un lado las dudas que tenía sobre mi capacidad de hacer algo que me permitiera conseguirlo y enfoqué mi atención en fijarme en las sensaciones positivas de los primeros éxitos. De esta forma, asumí en mi subconsciente la convicción de que podía hacerlo y mi capacidad de éxito se ensanchó a múltiples situaciones de mi día a día.














