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ETIQUETAS…

En general no lo hacemos con la intención de ofender, sino en cuanto pensamos que esto es lo que es. Sin embargo, es importante que nos demos cuenta que si se lo repetimos varias veces, la persona puede empezar a sentir que es de esa manera y que no hay remedio. Entonces  se convence de ello y por mucho que haga le será difícil cambiar o hasta no lo conseguirá ya que ni lo intenta.

La cuestión de las etiquetas es, pedagógicamente hablando, una cuestión de límites, pero en el sentido negativo de la palabra. La capacidad de aprendizaje del individuo está limitada por un lado por su herencia genética y por otro por el ambiente más o menos favorable en el que se desenvuelva. Las etiquetas son límites que nos imponemos o que imponemos a los demás; son casillas en las cuales debemos caber y a las que debemos amoldarnos, respondiendo a las limitadas expectativas que hemos puesto sobre nosotros y sobre ellos.

¿Siempre has de ser tan tozudo?”; ”¿Lo ves? Es que eres un manazas, no haces nada bien hecho”; ”Deja de mirarte en el espejo de una vez, presumida”. Mensajes como éstos acompañan a menudo el quehacer diario en nuestros hogares. Son aparentemente neutros, y la mayoría de veces inconscientes, pero debemos revisar si con ellos nos ayudamos a nosotros, a nuestros hijos o a nuestros nietos a avanzar correctamente o si por el contrario estamos cerrando la puerta al cambio y al aprendizaje.

Si en mi trabajo, una y otra vez, mi superior señala mis equivocaciones y pasa por alto mi esfuerzo y los buenos resultados en otras tareas, me sentiré desmotivado, apático frente al trabajo y probablemente sin ideas.

En nuestros hogares los padres, y por su lado los abuelos,  actuamos como modelos y como adultos de referencia para nuestros nietos. Ellos piensan: ”Si mis padres dicen que siempre me olvido de todo, debe ser verdad”, y entonces se cierran a la posibilidad de cambio y de mejora. Nosotros los abuelos, podemos motivarnos a fijarnos en este punto y ser los primeros a evitar encasillarnos a nosotros mismos o a los demás, empezando por nuestras personas queridas. Esto ayudará a los niños a no encasillarse a si mismos.

Es mucho más productivo, cuando un niño  ha cometido un error, intentar comprenderle en lugar de juzgarle en seguida. Verle como alguien que está sujeto a cambios y que, en ese proceso, el fracaso y las equivocaciones forman parte de las oportunidades de ver los propios problemas y solucionarlos o mejorarlos. Cuando él reciba el mensaje: “Te has equivocado, pero te comprendo y aquí estoy para ayudarte”, en vez de: “¡Otra vez, ya estoy harto de que no te esfuerces por cambiar!”, entonces estaremos cumpliendo realmente con lo que significa una relación que educa.

Las personas somos  unos seres en constante cambio y transformación. Nuestras capacidades adáptativas son muy grandes, pero debemos encontrar un ambiente que nos  estimule y nos aliente para el éxito. Cuando resaltamos con mayor énfasis las facetas negativas, estamos yendo en contra de principios fundamentales en educación: la comprensión, el aliento y el reconocimiento del esfuerzo y de los logros.

Con nuestros nietos en particular, nosotros somos los primeros que hemos de pensar que son capaces de cambiar hábitos que no nos gustan. Si no es así, difícilmente reconoceremos sus pequeños esfuerzos, los logros mínimos que darán paso a logros mayores, y difícilmente encontraremos las oportunidades o situaciones en que puedan verse de otra manera y modificar la imagen que tienen de sí mismos y  la etiqueta que tienen adjudicada y de la que debemos conseguir que se desprenda.


Si mis relaciones se basan en etiquetar a los demás como, antipáticos, negativos, presumidos, crueles, sin vergüenza y más definiciones negativas, nuestro comportamiento hacia ellos reflejará nuestra percepción al respecto. Las personas afectadas, a su vez, tendrán la tendencia a comportarse con nosotros de una forma similar dando lugar a enfrentamientos, falta de simpatía y falta de comprensión mutua. 

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