El punto de partida para aprender a convivir es conocerse y aceptarse los unos a los otros en cuanto personas y crear un ambiente en el que cada uno se motive a comprender y a respetar a los demás.
Cuando buscamos unas relaciones que funcionen, lo hacemos, en primer lugar, para conseguir sentirnos bien con nosotros mismos y necesitamos hacer una labor previa de análisis personal. ¿Como convivo conmigo mismo?
• ¿Me estimo por como y quien soy o me menosprecio ?
• ¿Me quiero o no me gusto?
• ¿Me alabo o me insulto?
• ¿Me siento bien con lo que hago y con como lo hago ? ¿o me siento insatisfecho, culpable, avergonzado, etc. y por lo tanto me siento mal?
De estas preguntas sobre como nos llevamos con nosotros mismos, surge automáticamente la segunda pregunta sobre como convivimos con los demás:
• ¿Convivo con los demás con aprecio mutuo, con libertad de expresarme, con comprensión y empatía, con tolerancia, con aceptación mutua, con participación, con dedicación?
• ¿lo hago con miedo, enfrentamientos, vergüenza, resentimiento, envidia, celos, y mas cosas que interfieran en nuestras relaciones personales?
El ”vivir con” cualquier persona o cosa de nuestro entorno: la familia, los amigos, la naturaleza, las actitudes adquiridas, las vivencias pasadas, el afecto condicionado o incondicional, y demás sentimientos y situaciones emocionales motivadoras o limitantes de cualquier tipo, depende de forma directa de cómo vivimos nuestra vida de relación con nosotros mismos y cómo nos responsabilizamos de vivirla con los demás.
Hacernos estas preguntas y contestarlas nos ayuda a modificar nuestros hábitos de relación cuando nos damos cuenta de cuáles son los hábitos que nos gustan y los que no nos gustan.
Evidentemente, necesitamos darnos unas respuestas honestas a las preguntas que nos hagamos; éstas nos ayudan a ver dónde necesitamos reforzar o, al contrario, cuándo nos interesa cambiar nuestros hábitos si nos damos cuenta de cuáles son y si, en efecto, no funcionan todo lo bien que queremos para sentirnos a gusto.
Cuando nos contestamos, además, es importante que profundicemos sobre las respuestas.
A menudo tenemos un pudor o defensa emocional que nos impide responder desde nuestra propia convicción. Por eso, es importante analizar nuestra respuesta. Si, de veras, pensamos que, por ejemplo, nuestros padres o nuestros hijos nos irritan con sus quejas podemos preguntarnos si es verdad que se quejan tan a menudo o si es nuestra percepción o interpretación de lo que pasa que nos lleva a pensar que lo hacen. ¿Qué quiere decir ”muy a menudo”? o ¿qué es ”quejarse”? Muchas veces a raíz de este análisis nos damos cuenta de que en efecto lo que consideramos quejas pueden no ser verdaderas quejas sino expresión de deseos de lo que quieren o intención de ayuda en la búsqueda de convivencia y que nuestra interpretación de lo que pasa es cosa nuestra. Las nuevas interpretaciones a las cuales podamos llegar con la profundización de nuestros pensamientos a veces nos ayudan a analizar la realidad de forma que podamos conseguir los cambios de relación que queremos realizar.
También podemos revertir a nosotros lo que les achacamos a ellos. Por ejemplo, podemos preguntarnos si quienes se quejan, en realidad somos nosotros y averiguar cuán a menudo lo hacemos. Cuando realicemos este ejercicio, nos asombrará ver cuántas de las cosas que achacamos a los demás las estamos haciendo nosotros mismos.
Cambiar lo que hacemos nosotros es mucho más fácil que cambiar el comportamiento de los demás.
Esto de la profundización y de la reversión es parte de un procedimiento de análisis personal que permite aclararnos sobre nuestras propias emociones y puntos de vista.
Utilizarlo me ha ayudado a ver muchas cosas de forma alternativa a como las veía antes y me ha permitido, una vez más, darme cuenta de lo que cada uno puede hacer, de forma, sencilla y eficaz, para mejorar la propia convivencia familiar y social en su entorno.














