Diversos estudios parecen demostrar, sin embargo, que la búsqueda del adecuado empleo del tiempo de las personas mayores, influye sobre su satisfacción en la vida, a la par con otros factores como la salud, los ingresos, la educación y lo que se haya hecho anteriormente en la vida.
Las personas mayores que reconocen la importancia de su bienestar emocional se dan cuenta de que abstraerse de las actividades de la sociedad en que se mueven y sentirse víctimas de la edad como excusa para no involucrarse, no les sirve para sentirse a gusto consigo mismos y con los demás. Para asegurar su bienestar físico, mental y emocional necesitan tener una actividad que les motive y satisfaga.
La ayuda que podemos aportar a los demás o al entorno es parte de los resultados de la búsqueda de nuestro bienestar personal. Las personas actuamos en cuanto esperamos sentirnos bien haciéndolo; si las perspectivas fueran las de sentirnos mal, no lo haríamos aunque los resultados fueran importantes. En este punto de nuestra vida, no podemos desperdiciar el tiempo y las energías que tenemos en algo que no nos satisface. No tenemos obligaciones al respecto, ya que estamos jubilados, pero tenemos la posibilidad de conseguir ayudar a los demás y al mismo tiempo ayudarnos a nosotros mismos.
Para salir de nuestra posible pasividad, es importante convencerse y aceptar que actuar para ayudar a los demás no es un sacrificio, sino parte integrante del propio bienestar emocional como una forma de disfrutar siendo útil, o de sentir que no se está acabado, aportando nuestra experiencia y buena voluntad.
Cuando ayudamos a los demás y somos conscientes de ello, nos sentimos bien, satisfechos, motivados, con más autoestima y satisfacción personal.
Por otro lado, tenemos la ocasión de aportar nuestra experiencia en situaciones en que podamos hacer alarde de nuestros conocimientos, nuestro valor y nuestras capacidades, y sentirnos a gusto reconociéndolo sin falsa modestia.
Desde este punto de vista, empezamos con preguntarnos qué podemos hacer para ayudar a los demás, no solamente a las personas de nuestro entorno, sino también a personas que no conozcamos pero que puedan necesitarlo.
Una de las formas más faciles de hacerlo es implicarnos en un voluntariado social. De esta forma, además de ser de ayuda, podemos desarrollar relaciones que nos hacen salir de nuestro aislamiento y de ese sentimiento de exclusión que puede haberse infiltrado en nosotros después de la jubilación.
Participar en la vida social con una actividad de ayuda a los demás tiene muchas otras ventajas.
Por ejemplo:
• promueve nuestra salud y nuestro bienestar emocional;
• nos ayuda a sentirnos activos y rejuvenecidos;
• desde un punto de vista psicológico, representa una apertura del espíritu a una mejor disposición de ánimo con respecto al paso de los años;
• suscita la curiosidad;
• estimula la actividad cerebral;
• reconstituye la memoria y la atención a lo que nos rodea, ampliando nuestra esfera de intereses;
• impide a la persona de edad avanzada quedarse aislada y sumida en el desánimo, el aburrimiento y la exclusión cultural y social;
• desde un punto de vista fisiológico, representa movimiento, acción, dinamismo;
• moviliza el cuerpo evitando que nos entreguemos al inmovilismo, el sedentarismo y a «vegetar»;
• desde un punto de vista sociológico, permite la integración en grupos dedicados a una labor placentera de ayuda;
• favorece el encuentro con nosotros mismos;
• nos lanza a una vida diferente;
• nos enseña cosas nuevas, otros estilos de vida;
• fomenta la convivencia;
• permite forjar nuevas amistades.
Todo esto revierte en nuestro beneficio, evitándonos o en cualquier caso reduciendo:
• el sufrimiento por la soledad y el aislamiento;
• el aburrimiento de la vida rutinaria;
• malvivir sin estímulo.














