Nosotros, como gran parte de los demás tenemos la tendencia a repetir lo que nos resulta familiar. Visto a posteriori, antes de empezar a trabajar con migo mismo para sentirme bien, yo aplicaba a mi vida el refrán popular «vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer.
Durante años este me pareció el camino más fácil. Cuando se me ocurría la idea de que me convendría cambiar algo, en seguida encontraba excusas para quedarme donde estaba y evitar complicaciones o responsabilidades.
Cuando las cosas no funcionaban delegaba en los demás, o en la misma sociedad, la responsabilidad de lo que me pasaba en el trabajo, la escuela, las relaciones con mi esposa, hijos y nietos y, sobre todo, conmigo mismo. De esta forma evitaba responsabilizarme de mis actos y limitaba en lo posible el riesgo de cometer errores y sentirme culpable e incómodo conmigo mismo.
Me sentía victima de los demás y de las circunstancias, a menudo, de mi mismo, lo que hacía que me sintiera mal por el sentimiento de culpa y de vergüenza que me invadía cuando pensaba que había cometido errores o faltas, reales o imaginarios. Me consolaba pensando que lo mismo, de una forma u otra, les pasaba a todos. Pensaba, y de esto no cabía duda, que siempre o casi siempre actuaba con las mejores intenciones.
No me daba cuenta o no aceptaba que gran parte de lo que me pasaba era el resultado de desconocer que tenía alternativas y de no buscarlas. No comprendía que mis buenas intenciones, y el comportamiento que las acompañaba, estaban condicionados por razonamientos emocionales que les quitaban eficacia. El mismo lenguaje con el que llevaba a cabo mis planes y evaluaciones periódicas pecaba de una emocionalidad limitadora de la que no me daba cuenta.
La consecuencias que tuve que soportar fueron que no era feliz y no me sentía cómodo con mi realidad y los resultados de mi vida y relaciones.
Cuando me di cuenta de ello empecé a cuestionarme mis hábitos y estuve buscando alternativas que me ayudaran a sentirme mejor conmigo mismo y con los demás. Poco a poco fui dando la vuelta a la tortilla, hasta que averigüé lo que era bueno para mi y como consecuencia también en mis relaciones con los demás.
Lo mismo que pasa con la tortilla española, es bueno dejarla algo sin cocer. Es mucho más sabrosa igual que nuestra propia realidad cuando nos está demasiado hecha o trabajada. Saber que podemos crecer es muy motivador y nos da unos objetivos de continuar buscando pequeños cambios para sentirnos cada vez mejor.














