Calanda es un municipio de la Comarca del Bajo Aragón, junto a la confluencia de los ríos Guadalope y Guadalopillo, donde cada Semana Santa el pueblo revive la tamborrada, una tradición hoy ya ancestral cuando familias enteras desfilan unidas y, vestidos con sus túnicas moradas, redoblan el toque de tambores y bombos con toda su energía y entusiasmo.
Parece que todo empezó en 1640 cuando, por intercesión de la Virgen María, le fue restablecida una pierna amputada a un ciudadano y todo el pueblo, para celebrarlo y agradecerlo, salió en procesión por primera vez repicando tambores. Esta manifestación de fe fue adquiriendo más auge con los siglos, hasta convertirse en una bella práctica, tradición y costumbre.
El director de cine José Luis Buñuel era natural de Calanda y vertió en sus películas el sentido de la tradición de su pueblo y de sus tambores. Sus películas “La edad de oro“, “Nazarin” y “Simón del desierto“, llevan como fondo musical el sonido de los redobles de Calanda.
Llegamos al pueblo con mi mujer por la mañana y nos alojamos en el albergue municipal. Al bajar del coche le preguntamos a un grupo de chicos y chicas adolescentes donde estaba el albergue y, al unísono, se ofrecieron a llevarnos hasta allí. Hasta insistieron en llevarnos el equipaje. Su actitud de bienvenida y su conversación, sea en lo personal que en las explicaciones que nos dieron del evento en Calanda, nos encantó. Sucesivamente volvimos a encontrar algunos de ellos vestidos con sus túnicas moradas, tocando tambores y un par de ellos con unos bombos imponentes y dándoles con todo su entusiasmo junto a sus parientes y amigos durante los desfiles..
Estos sonidos de la Ruta del Tambor y Bombo son la voz de una comarca llena de valores y riquezas ancestrales, las señas de identidad de un territorio. Su Semana Santa estremece y cautiva a cuantos la sienten como algo propio y se extiende a cuantos visitantes la contemplan. A nosotros nos fascinó ver todas las familias en acción, desde niños de tres o cuatro años junto a sus abuelos, unidos en el retoque de sus tambores y bombos, todos con la mayor energía y entusiasmo.
La gente con la cual conversamos nos explicó que su propio entusiasmo resurgente cada año les hacía sentir parte importante de su pueblo. Se encontraban unidos entre todos, haciendo lo que sus padres y sus antepasados habían estado haciendo durante siglos en las mismas fechas.
Nos dijeron que sus gentes se afanaban y disfrutaban también en colaborar en la organización de los actos, dándoles una dimensión comunitaria de cooperación en el desarrollo y en la promoción de esta multitudinaria celebración popular. Compartieron que meterse dentro de esta celebración, vestir la túnica morada, coger un tambor o un bombo y tocar sumándose a su cuadrilla, es la mejor forma de entenderlo.
La Semana Santa con tambores y bombos es una ocasión especial también para mucha gente que ya no vive en el pueblo pero que se organiza para volver en las fechas de la procesión. Es ya un compromiso que esperan renovar cada año. Se sienten a gusto y dejan de lado durante unas horas sus dificultades diarias al rencontrarse y tocar juntos con sus paisanos y familia con toda su fe, motivación y energía.
Todo un estallido de sonidos y alegría compartida que hace que cada uno se sienta renovado cada vez. Fue algo que, a mi mujer y a mí, nos impactó profundamente.














