A este fin, necesitamos deshacernos de creencias y convicciones como, por ejemplo, sobre lo que son la jubilación y la vejez en general, dándonos cuenta si lo que pensamos nos puede llevar a:
• Apartarnos de muchas actividades de la vida
• Privarnos de gran parte de los placeres
• Ponernos más cerca de la muerte
• Perder la curiosidad y el interés por cuanto nos rodea, en nuestra familia, en nuestra vecindad, en nuestro barrio, en nuestra región, en nuestro país, en el mundo.
• Desengancharnos de la vida, desvinculándonos de lo que acontece a nuestro alrededor.
• Dejar de tener ambiciones, proyectos, metas lo que hace que la existencia deje de tener sentido.
• Perder la ilusión por cuanto nos rodea.
• Dejar de aprender.
Dejarnos poseer por estas creencias nosotros mismos hace que efectivamente dejemos el camino abierto a que esto ocurra en la realidad y que permitamos o hasta facilitemos la perdida de la memoria, la rigidez mental y todo tipo de problemas psíquicos y, como consecuencia, físicos en nuestra realidad.
Una percepción de este tipo, inconscientemente, hace que se acabe rechazando tanto el proceso de envejecimiento como a las personas que lo representan en nuestro entorno en lugar de buscar formas de reducir las posibilidades correspondientes si y cuando se vayan presentando.
En otras palabras, estos estereotipos, nos llevan a considerar que las personas mayores dejan de ser capaces de desarrollarse después de la jubilación y de hacer lo que necesitan para sí mismas y por sí mismas. Como consecuencia muchos se transforman en un peso para los demás miembros de la familia y de la sociedad.
Esto, a su vez, crea en los demás miembros de la familia una forma de víctimismo que, si no se corrige, les impide gozar plenamente de sus relaciones con sus padres o con sus abuelos.
Sea científicamente que experimentalmente, está demostrado que las personas mayores después de la jubilación, si se motivan y piensan que pueden, continúan siendo activos, dinámicos, creativos, útiles, participativos, productivos y válidos socialmente, en su propia familia y en la comunidad donde residen.
La persona jubilada tenga la edad que tenga, si decide que así sea y hace algo para conseguirlo, es capaz de participar activamente en la vida social y no es en ningún modo desvinculada de los intereses vitales de su entorno; el hecho de que sea jubilada del trabajo no significa que lo sea de la vida y que uno tenga que apartarse de la
circulación activa de la sociedad.
Yo personalmente desde el momento en que me jubilé comprobé en mi propia realidad que, si lo buscaba, la vida me iba ofreciendo un sin fin de posibilidades de actuación en los varios sectores en que estaba interesado. Además, aprovechando del tiempo libre a
mi disposición pude descubrir nuevos intereses y posibilidades a mi alcance de sentirme a gusto en los cuales no había pensado anteriormente.
Lo mismo les pasa a muchísimas personas para las cuales la jubilación y la vejez llegan a ser una etapa de actividades, de jubilo, de bienestar, de plenitud, de reencuentro con uno mismo, de liberación de ataduras, de promoción personal y de búsqueda de la salud integral y del sentirse bien dentro de la propia realidad.
Esto nos puede llevar a cambiar y dejar de aplicar definiciones de carácter general a la jubilación y a la misma vejez que no nos sirven y que podemos rechazar.














