La muerte puede ser vista como el viaje a un mundo mejor o como una liberación de sufrimientos. En realidad, no sabemos nada o casi de lo que pasa después de la muerte.
Un sacerdote en su homilía para un servicio fúnebre contó esta historia:
”En un estanco vivía una pequeña colonia de larvas de libelulas y de vez en cuando una de ellas salía hacia la superficie del agua y desaparecía sin que nadie se enterara de lo que le pasaba. El consejo de las larvas decidió que en futuro cualquiera de ellas que desapareciera de esta forma se comprometía a volver a decirles a sus compañeras que es lo que pasaba allí arriba. Cuando la primera subió a la superficie, se encontró con un espectáculo maravilloso, una naturaleza brillante, arboles, el lago, las montañas, etc. Se había transformado en una libelula con fuertes alas que le permitían volar y disfrutar de su nuevo entorno. Después de pasárselo bien durante un rato, recordó su promesa y se lanzó hacia el agua para comunicarles la buena nueva a sus ex compañeras. Llegada al agua, sin embargo, ésta la rechazó y no pudo penetrarla. Así que volvió a sus vuelos y a su nueva vida y los de abajo nunca supieron lo que les iba a suceder”.
Este desconocimiento o duda e inseguridad de lo que va a pasar después de la muerte representa gran parte de lo que nos hace reacios a hablar de la muerte de forma natural en casa o con los amigos. Por consiguiente, cuando uno de nuestros seres queridos fallece, nos encontramos con dificultades para mantener nuestro bienestar emocional y la mayoría de las personas entramos física y mentalmente en la crisis del duelo.
La muerte de una persona querida, -el cónyuge, los hijos o los padres-, es un evento insólito por lo que no estamos naturalmente preparados. Tenemos que enfrentarnos no sólo a la ausencia, de por sí traumática y dolorosa, de la muerte del ser querido, sino también al recuerdo de toda una vida de encuentros y desencuentros, temores, esperanzas, proyectos, viajes, actividades de varios tipos y también del sentido de culpa por lo que, pensamos, hemos hecho mal en nuestras relaciones con el/la fallecido/a. Si no hemos hecho una labor previa de revisión emocional, en estos casos se crean unas dificultades de relación con nosotros mismos y con los demás lo que hace más duro el duelo por la perdida.
Cuando alguien se muere, además, se producen cambios en varios aspectos de la vida diaria económica, religiosa, de organización doméstica y hasta del propio planteamiento de la vida. El o la superviviente tiene que llevar a cabo una reorganización de su vida desde el aspecto personal y social.
A menudo, se crea una forma de resentimiento contra la persona fallecida por su abandono, por habernos dejado sin él/ella a enfrentarnos solos a las dificultades de la vida sin su apoyo. También nos deja frente a una reflexión existencial del porqué de la vida, del porqué de nuestros esfuerzos para sobrevivir cuando de todas formas la muerte está ahí al asecho para llevarnos también a nosotros.
No estamos acostumbrados a expresar nuestro dolor. No estamos en contacto con nuestras emociones y cuando éstas se hacen muy fuertes, como en el caso de la muerte, no estamos preparados para reconocerlas y desde el reconocimiento, aceptarlas y salir del duelo con más facilidad. El sufrimiento por la muerte de un ser querido es un proceso que lleva su tiempo y es importante verlo de esta forma para poderlo superar sin traumas.
Según estudios efectuados al respecto, cuando las personas perdemos a un ser querido las reacciones usuales tienen una secuencia de este tipo:
1. Negación: No puede ser
2. Rebelión: ¿Por qué tenía que sucederme a mí?
3. Desesperación, tristeza, sentido de culpa por algo que no hemos resuelto con él o ella, creando una ansiedad que causa malestar, que a su vez cierra a las posibilidades de solución psicológica del duelo durante un tiempo más o menos largo según los casos.
4. Aceptación y recuerdos de los momentos más placenteros que hayamos compartido.
5. Reorganización de la propia vida sin la persona fallecida.
Dentro de las circunstancias, el cónyuge que sobrevive necesita sobrellevar situaciones mentales, afectivas, emocionales y físicas que esta pérdida pueda traerle. El duelo es el dolor por la muerte de un ser querido y hace que nos sintamos mal por una gran cantidad de razones que necesitamos poder reconocer para desactivarlas:
• La tristeza por no poder ya hablar con esta persona como solíamos hacer, nos da un sentido de pérdida y de vacío y ésto nos causa dolor. Pensar que continúa estando a nuestro lado aunque esté muerta es una suposición que nos consuela. De nosotros depende que continúe estando a nuestro lado en el recuerdo.
• La idea de las muchas cosas que el difunto ya no puede hacer con nosotros y que posiblemente habían sido habladas, reflexionadas y programadas anteriormente. Ésto nos da un sentido de perdida y de compasión para nosotros mismos y para la persona fallecida.
• Resentimiento por sentirnos abandonados.
• Recordar las dificultades de relación que tuvimos con el difunto y sentirnos culpables por haber actuado de forma distinta y por el hecho de que ya no podemos hacerlo.
• La preocupación por nuestro futuro sin la ayuda, supervisión o apoyo del difunto.
• La presencia del dolor de los demás, pareja, hijos, hermanos, amigos, etc. El dolor ajeno tiene un efecto multiplicador de nuestras propias emociones.
• Una reflexión sobre lo infeliz que había sido el difunto/a y como nosotros no hicimos mucho o nada para ayudarle.
• Un brote de rebelión por tener que superar esta pérdida en este momento. Las personas sabemos que todos tenemos que morir pero nos rebelamos cuando esto ocurre. Muchos se dirigen a Dios como el responsable de su pérdida y pregunta ¿por qué? Y le acusan de injusticia. Otros lo hacen para encontrar ayuda para la superación del duelo.
• Una nueva inseguridad en tener que hacer lo que antes hacía el fallecido /a.
• No nos sentimos preparados para la nueva situación en que nos vamos a encontrar con nuevas obligaciones, nuevos roles, nueva situación social, nueva soledad.
• Al dolor natural de la perdida, le añadimos el sufrimiento multiplicador por todos los cambios que acompañan esta pérdida. Entramos en el sufrimiento por el sufrimiento que no nos ayuda en ninguna situación de este tipo en que nos encontremos.
Para superar todo esto, necesitamos hacer una preparación previa y, hablar de antemano del tema de la muerte es una forma que nos permite desactivar gran parte del malestar de estas situaciones. Cuando las hemos hablado antes, no nos llegan desconocidas sino, de alguna forma, ya trabajadas y asumidas.
Hablarlo y trabajarlo como algo natural ayuda también para que la persona que va a fallecer tenga la seguridad de que los seres queridos que deja detrás están preparados para enfrentarse con el dolor de la perdida. Saberlo hace que su propia muerte pueda ser mucho más llevadera para el/ella.
Si con la preparación previa conseguimos reducir la rebelión de la primera fase del duelo, la acomodación, o última parte del duelo, interviene más rápidamente. Las personas nos adaptamos más fácilmente a la nueva situación y estamos más preparados para reorganizarnos para sobrevivir.
CONECTAR Y CREAR RECUERDOS POSITIVOS
Se ha comprobado que la fase de readaptación llega mucho más rápidamente y con menos traumas cuando enfocamos nuestra atención en las facetas positivas de las relaciones que hemos tenido con la persona fallecida. La sugerencia que se da en estos casos es la de enfocar la atención preferentemente en los buenos momentos, en el hecho de que la persona fallecida era una persona estupenda, lo bien que lo pasamos juntos y qué suerte hemos tenido en nuestras relaciones con él o ella.
Este ejercicio de búsqueda de recuerdos positivos de nuestra convivencia de un lado nos saca momentáneamente de la depresión y tristeza y del otro, nos permite crear una evaluación positiva de las relaciones que tuvimos llevándonos a revivir estos buenos momentos en nuestros recuerdos y disfrutándolos con placer en nuestra memoria.
Ésto nos permite distraer con algo positivo y placentero nuestra atención fijándonos en el aspecto, su energía, su sonrisa, su sentido del humor, su cariño y aprecio, las cosas que contaba, sus consejos y su capacidad de escucha y demás recuerdos positivos. Profundizar sobre la propia relación con la persona fallecida para detectar estos recuerdos es mucho más eficaz si lo preparamos con anterioridad a la muerte. Si lo hacemos de antemano nos será mucho más fácil hacerlo y aplicarlo después. La misma reflexión en este sentido nos ayuda a crear nuevas situaciones relacionales que merezcan ser recordadas y utilizadas después para desactivar el duelo.
Cuando probé yo mismo esta estrategia en ocasión de la muerte de mi madre política que había llegado a querer mucho, comprobé que pude reducir mucho la tristeza por su muerte y recordarla en positivo me ayudó a disfrutar, recordándo los momentos preciosos que había tenido con ella con juegos, recuerdos, discusiones amistosas, respeto compartido, alabanzas mutuas, etc. Pude comprobar en este caso la diferencia con cómo me había sentido en ocasión de muertes anteriores cuando mi mente me había llevado, casi sin darme cuenta, a recriminar mis propias reacciones en nuestras relaciones y a culpabilizarme por lo que no había hecho para ayudar al fallecido/a en nuestras relaciones y en su propia vida del día a día.
Puede que se trate de paliativos pero funcionan y son muy eficaces para reducir el sufrimiento de la perdida. No quitan el duelo pero lo hacen más llevadero ya en los primeros momentos.
El apoyo de los demás miembros de la familia nos va a ser mucho más asequible cuando estamos en este largo de onda positivo y lo que hacemos les ayuda también a las personas a nuestro alrededor a superar sus propias situaciones de duelo.
En resumen, hablar de la muerte y familiarizarnos con ella y con lo que queremos que signifique para nosotros nos permite superar más fácilmente situaciones de depresión, miedo y tristeza. Desactivamos nuestras propias emociones negativas entrando en contacto con ellas desde unas actuaciones y un conocimiento previo de lo que es la muerte y lo que puede ser el duelo si no hacemos algo al respecto.














