El otro día, en un grupo de encuentro que organizamos periódicamente, una contertuliana, Alicia, compartió que estaba furiosa con su hija por decirle: “de una cosa puedes estar segura y es que no voy a educar a mis hijos como lo hiciste tú“. Se sentía herida. Después de tantos sacrificios, preocupaciones e ilusiones, ahora esta le salía con estos sentimientos y evidentemente resentimientos.
Comentó que no se la iba a perdonar nunca. Además no volvería a llamarla hasta que le pidiera disculpa y hasta este día no lo había hecho. Por otro lado, añadió que echaba de menos su compañía y también la de sus dos nietos. Los niños rellenaban una parte de su vida que no quería perder. Nos pidió a los demás que la aconsejáramos.
Muchos sugirieron que por una frase, aunque tan dura como esta, no merecía la pena echar a perder una relación tan importante. Algunos sugirieron que seguramente su hija no pensaba de veras lo que había dicho y había hablado desde un momento de mal humor.
Alguien, sin embargo sugirió que, a lo mejor la hija continuaba teniendo unos fuertes rencores hacia su madre por algo que recordaba de su infancia o adolescencia.
Unos cuantos comentaron que lo mejor sería hacerle saber a su hija que sus palabras la habían herido y que quería hablar para aclarar sobre el porqué las había dicho. Esta explicación les serviría a ambas para aclarar sus sentimientos mutuos y comprender el porque sus relaciones mutuas no eran buenas.
Creo que es un tema que afecta a mucha gente y que merece mucha reflexión y me encantaría recibir sugerencias de los lectores al respecto. ¿Qué harían Uds. en un caso parecido?














