Había decidido integrar con dos nuevos libros cada año mi biblioteca transformacional y para conseguirlo necesitaba estar sano y en forma. Por otro lado comer platos sabrosos había sido parte integrante de mi programa personal de disfrute de la vida diaria. Había aprendido a cocinar de forma creativa y a darme el permiso de gozar de pequeñas o hasta de no tan pequeñas tentaciones periódicas. La idea de renunciar al placer de la mesa me resultaba ampliamente incomodo.
Alguien me había hablado en su tiempo de un medico especialista en dietas macrobióticas muy drásticas pero muy eficaces sea para reducir tumores de varios tipos, sea para mantenerse sanos una vez conseguido el objetivo. Le expliqué mi caso al medico y conseguí una cita con él para el día después de llamarle. Alguien había cancelado su cita. Cogimos el coche y fuimos a su ciudad muy excitados por la suerte que habíamos tenido.
Su primer comentario fue preguntarme si estaba dispuesto a sacrificar unos cuantos placeres del gusto para recuperar mi salud. Si no conseguía la plena colaboración del paciente no iba a ocuparse de él. Miró mis analíticas y los informes que me había pedido sobre mis hábitos alimenticios y comentó que para estar donde estaba algo había hecho mal y necesitaba unos cambios de vida que dependían solamente de mi.
En este momento, tomé la decisión de empeñarme en su programa por duro que me pareciera.
En primer lugar debía aceptar renunciar a muchos alimentos que causaban acidez al organismo: jugos, mahonesas y salsas, tomates, espárragos, berenjenas, espinacas, remolacha, carne, grasa animal, embutidos, las aves, todos los lácteos (leche, queso, mantequilla, etc.), frutas y zumos de frutas tropicales o semitropicales, bebidas gaseosas, artificiales, bebidas frías, alcohol, helados, café, azúcar, miel y otros edulcorantes artificiales (se puede utilizar una pequeña cantidad de miel de arroz o extracto de malta para dar un gusto agradable o dulce si fuera necesario).
Prohibidos todos los alimentos que contengan productos químicos, colorantes, conservantes, insecticidas y todos los alimentos de cultivo químico. Había que renunciar a los alimentos y cereales refinados, las harinas blancas y sobre todo las harinas horneadas (galletas, bollos, etc.). Lo mismo con los alimentos producidos industrialmente, comprendiendo los innumerables productos en conserva.
Nada de especias fuertes, condimentos y bebidas excitantes y el vinagre industrial (en ocasiones se puede usar una pequeña cantidad de vinagre de arroz o de manzana y también zumo de limón). Sal con moderación, aceite poco y nada de margarina.
No cocinar con fuego eléctrico. No aparatos microondas. No utilizar cazuelas de aluminio.
Por otro lado se puede comer la cantidad que apetezca sin exagerar y con la condición de que las proporciones permanezcan equilibradas y masticando muy bien. Evitar comer al menos 1 hora antes de acostarse.
Beber mucho líquido durante el día. Caldo de verdura y te de tres años o café de cereales para uso diario, al igual que las infusiones tradicionales no aromáticas ni excitantes. Igualmente recomendaba tomar agua de buena calidad a temperatura ambiente y sólo cuando se tenía sed y sin privarse de ella cuando el organismo lo necesitaba.
Quitando todos estos alimentos, quedaban para cocinar y disfrutar una gran cantidad de alimentos recomendados como arroz, preferentemente integral, pasta de arroz, mijo, pescado blanco y azul, gran variedad de verduras permitida como zanahoria, nabos, alcachofas, judías verdes etc.
Al principio nos pareció que íbamos a tener que renunciar a demasiadas cosas pero, poco a poco, nos dimos cuenta de que podíamos remplazarlas con otras que, además de ser gustosas eran sanas.
Cuando decidimos aceptar esta dieta, mi mujer estaba conmigo y cualquier decisión que tomáramos ella debía ser parte integrante y necesaria del proyecto. El tema no nos cogió por sorpresa ya que desde tiempo habíamos estado hablándolo como forma de cambio de vida para nuestra salud en los años venideros. Ahora teníamos la ocasión de hacerlo, por negativo que fuera el contexto y tomamos de común acuerdo la decisión de hacerlo.
Conseguimos todas las informaciones y sugerencias que necesitábamos así como los nombres de tiendas especializadas en medicinas naturales y alimentos ecológicos donde abastecernos y volvimos a Madrid dispuestos para la tarea.
Todavía estamos organizándonos y hemos descubierto una gran cantidad de platos muy sabrosos y fáciles de preparar que podemos disfrutar diariamente con gusto y satisfacción. Invitamos amigos a compartir los placeres de la comida natural con nosotros y muchos de ellos nos invitan con la garantía de servirnos solo comida permitida.
Los resultados inmediatos fueron perder peso sin esfuerzo y sentir que hacíamos algo importante para salir de mi enfermedad y con la ventaja añadida de formarnos una cultura sobre una nueva cocina no solo anticáncer sino también de mantenimiento para la salud que estamos convencidos va a cambiar nuestra vida de forma permanente si decidimos que lo haga.
Estamos empeñados y muy abiertos a las emociones laterales de frustración y también de satisfacción y esperanza para un mañana muy motivador en que podremos cumplir con nuestros planes de trabajo y de ayuda a nosotros mismos y de ayuda a los demás en lo que nos sea posible.
Mientras tanto, yo sigo con el tratamiento de infiltraciones de BCG ya previstas y lo hago mucho más tranquilo y confiado en que todo va a salir de la mejor forma ya que le estoy poniendo mucho de mi parte. Este lunes, después de la cuarta infiltración, tenemos cita con el urólogo para una evaluación y para que nos dé unas fechas para la próxima exploración de control.
Antes de terminar un reconocimiento a mi mujer que me está acompañando y que me ha motivado a fondo en este cambio. Para ella y para mis hijos, nieto y los amigos de varias partes del mundo que me apoyan en este trance, quiero enviar un mensaje de profundo agradecimiento, afecto y admiración.














