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Cabecera Me Viene A La Memoria

AL CALOR DEL BRASERO

Estamos todavía en invierno aunque algunos días pasados nos han pretendido despistar con unas agradables temperaturas que hicieron presagiar la primavera para la que todavía faltan unas semanas. Estamos empezando marzo que, como se refleja en el dicho popular, coge prestados días de febrero en lo que a temperaturas se refiere. Nuestros cuerpos y mentes comienzan a reclamar una primavera que aparecerá, repentina, cuando menos cuenta nos demos. Pero hasta entonces debemos someternos al frío con todas las consecuencias que acarrea en forma de catarro, gripe, anginas… Menos mal que podemos disfrutar de la calefacción que, afortunadamente, ya existe en la casi totalidad de los hogares, al igual que en los centros de trabajo, en los bares, los restaurantes, los cines, las escuelas, los hospitales, los ministerios… Por supuesto, también en los coches que es donde pasamos gran parte de nuestra existencia gracias a los atascos que las autoridades municipales y los especialistas en tráfico rodado son incapaces de eliminar.
 
Recuerdo mi infancia y la manera que por entonces se empleaba para calentarse en la mayoría de los hogares: el brasero. En todas las casas, o en la mayoría, el centro de la sala de estar estaba ocupado por una mesa camilla que, en su interior, bajo las faldas que la cubrían, albergaban el preciado utensilio, normalmente de reluciente latón. En mi casa sigue existiendo, aunque como uno de los elementos que inundan el trastero formando parte del pasado y de la nostalgia que va retrasando su abandono a manos del chamarilero que, a diario, vocea desde su furgoneta: “Recojo trastos viejos de metal, El chatarrero”. Antes o después será su siguiente dueño.
 
Era el lugar favorito para estar, sentado alrededor del círculo que formaba la mesa. Allí, con las piernas cubiertas por esos faldones, se hacían los deberes del colegio, allí se reunía la familia para charlar y comer, la madre limpiaba sobre ella  las impurezas de las lentejas o desgranaba los guisantes y habas, mientras escuchaba en la radio a Matilde a Perico y a Periquín, y la abuela, con otras vecinas, descabezan un pequeño sueño, criticaban a la juventud y rezaban el rosario al que nosotros, los pequeños, nos uníamos diciendo “ora pro nobis”, cosa que nos resultaba graciosa haciendo prolongar el silbido de la “s”. Incluso el gato sabía encontrar el lugar adecuado para acurrucarse, sentirse caliente y no quemarse. La espalda se resentía del frío, pero una toquilla sobre ella, una chaqueta o un jersey solucionaban el problema. La familia, gracias al brasero y a la ausencia de televisor, permanecía unida. También las parejas de novios que, protegidos por las faldas de la camilla de miradas inoportunas, entrelazaban discretamente sus manos mientras se dejaban ganar por los padres de ella en una partida de parchís.
 
Pero la tecnología se introdujo en los hogares y poco a poco, la calefacción central se fue imponiendo en cuanto a la producción de calor. Con ella  hemos llegado al momento actual en que el aire acondicionado se ha adueñado de las necesidades térmicas facilitando calor en invierno y fresco en verano. Alegrando también las cuentas de resultados económicos de las empresas eléctricas que, para celebrarlo, deciden con frecuencia incrementar sus tarifas.


El brasero ya es historia aunque, de manera puntual se mantenga en alguna casa. Sin embargo el anuncio de su desaparición ya lo proclamó Mesonero Romanos en la mitad del siglo XIX, lamentándose ante la implantación de estufas y chimeneas francesas, con tresillos ante ellas que, según él escritor madrileño no tenían el mismo encanto. Así se lamentaba en uno de sus relatos: “La estufa es un método de calefacción estúpido, y carece de todo género de poesía. Denme el brasero español, típico y primitivo; con su sencilla caja, o tarima; su blanca ceniza, y sus encendidas ascuas, su badil excitante, y su tapa protectora; denme su calor suave y silencioso, su centro convergente de sociedad, su acompañamiento circular de manos y pies”. Justificaba así su opinión: ‘La chimenea es semicircular y lunática; el brasero circular y eterno como todo círculo, sin principio ni fin; la chimenea abrasa, no calienta; el brasero calienta sin abrasar”. Añadía, incluso: “El brasero se va, como se fueron las lechuguillas y los gregüescos; y se van las capas y las mantillas, como se fue la hidalguía de nuestros abuelos, la fe de nuestros padres, y se va nuestra propia creencia nacional”. Una opinión visionaria, sin duda.


Forma parte del pasado el tapete de ganchillo cubriendo el tablero de la mesa, así como bajar a la carbonería a comprar picón y el “echar la firma”, es decir, escarbar en las cenizas para avivarlas y facilitar la combustión, lo que requería -igual que para encenderlo sin provocar una intoxicación masiva- una cierta técnica para no causar el efecto contrario. Igualmente, coincidiendo con el centro de la mesa camilla, aquellas lámparas pendientes del techo, con una única bombilla, que se hacían ascender o descender a voluntad y según las necesidades lumínicas, gracias a un sencillo sistema de contrapesas.


Sinceramente, me quedo con los sistemas actuales de calefacción aunque carezcan de romanticismo, pero si tuviera que quedarme con el brasero lo haría, sin duda, con el reflejado por Julio Romero de Torres en el, quizá, más famoso de sus cuadros, “la chiquita piconera”, a la que Rafael de León puso letra, Manuel Quiroga música y Concha Piquer voz.


http://www.youtube.com/watch?v=KvBuBe5bmGQ

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