El abuelo lleva a su nieta mayor al cole. Su hija (la madre) está malita y él tiene que suplirla. Hace frío, es temprano. La ilusión le embarga y aunque no lo está, nota un cielo despejado, luminoso, limpio, lleno de vida. Siente muy cerca el Amor…
Los niños y niñas llevan sus belenes. Hay un concurso en la clase. Se les nota a padres e hijos muy felices. Con sonrisas de oreja a oreja. Al abuelo le vienen a la memoria viejos recuerdos. De aquéllos tiempos en que su Padre, carpintero, montaba en casa el Belén…
Su hermano y él se pasaban horas y horas viendo cómo lo preparaba, con mucho cariño, robándole horas al sueño, al merecido descanso. Montañas de papel fuerte de envolver, marrones, corcho también. El castillo de Herodes allá arriba, con sus centinelas firmes. Bajando por la ladera, los tres Reyes Magos. Múltiples figuritas de pastorcillos, mujeres lavanderas, borriquitos, cerditos, ovejillas, gallinas, patitos en el río, que también lo había, de papel plata…
En el Portal, los ‘tres’, más el buey y la mula.Y serrín y paja esparcidos por el suelo. Y harina espolvoreada para asemejar nieve por todas partes. Y musgo. Y ramitas pequeñas a modo de árboles por aquí y por allá. Y casitas pequeñas, el molino, un puente… al fondo sobre la pared, su Padre extendía un cielo de papel con estrellas y luna. Y encima del Portal una Estrella y un mensaje: PAZ…
Y llegaba el momento cumbre de la inauguración: cuando se encendían las luces que con tanto mimo y esfuerzo su Padre había ido metiendo en cada hueco: en el Castillo de Herodes, en algunas casitas, en el molino, en el Portal un rojizo papel de celofán hacía ver como un fuego que intentaba caldear el aire para que el niño Jesús no tuviera frío…
El abuelo recuerda con emoción todo aquello. Y los cánticos de villancicos, pandereta en mano, con los primos que vivían en el cuarto piso de la misma casa y que bajaban a ver con mucha ilusión el Belén que el tío Paco había montado, como todos los años. Era famoso en todo el vecindario.Y la fiesta no acababa durante todas las Navidades…
Al dejar a su nieta y de vuelta a casa, recordando todos aquéllos inolvidables recuerdos se le asoman unas lagrimillas al abuelo. Pero las supera y está feliz. Sabe por experiencia de la vida que donde hay amor, hay dolor. Y maldice a todos aquellos que prohíben montar Belenes en sitios públicos. Que cohartan la ilusión de grandes y pequeños. La ilusión única de la Navidad…
Haya Paz, piensa para sus adentros. Y se olvida de ellos. Y vuelve a sus recuerdos de infancia navideña. De olor a pavo, licor y turrón. De amorosa falta de dinero. De cuando su Padre y su Madre cada dos por tres se daban un beso y decían a los hijos, a modo de justificación: “porque es Navidad”. Y vuelven a asomarle al abuelo más lagrimillas recordando todo aquello…
¡Y os desea una muy muy Feliz Navidad!












