Esta frase, por desgracia tan en desuso en los tiempos que corren, me hace reflexionar y en un ejercicio de ”memoria histórica” creo puede ser interesante recordar en cuántas ocasiones hemos planteado la cuestión.
En los albores de nuestra infancia, era obligado planteársela al colega de travesuras, para medir el alcance del correspondiente castigo que se avecinaba…
A nuestros primeros amores quinceañeros, también era de obligado cumplimiento plantearla. En función de la respuesta del Padre, sabíamos si existía o no la posibilidad de acompañarle/buscar al portal. De la respuesta de la Madre pendía la opción de llamadas telefónicas…
El primer momento ”grave” de plantearla fue con motivo de la trascendental decisión de irse de casa. Bien por motivo matrimonial o el de alcanzar, ¡por fin! la ansiada independencia (aunque a decir verdad, siempre quedaba la ”media pensión”, con planchado/lavado de ropa incluidos…).
Más adelante, a la situación de llegada de otro (o primer) bebé, la horquilla de respuestas abarcaba desde el ”qué locura” hasta el ”qué alegría”; suponiendo, según respuesta, una situación de angustia añadida o de sosiego alegre incrementado…
Todos estos recuerdos (que podría haber relatado con su proverbial maestría mi amigo Agustín Esteban) me confirman lo escaso que ahora tiene su uso. Si acaso, cuando nos solicitan alguna ayudilla extra económica, que para eso siempre acuden prestos…
Los que hemos tenido ya la desgracia de perder a nuestros Padres, creo deberíamos plantearnos en muchas de las situaciones difíciles que la vida nos ofrece la pregunta en estos términos: ”¿qué dirían ellos?” y actuar en consecuencia.
Yo de vez en cuando lo hago y merece la pena…












