Estamos en tiempo de crisis, hasta el gobierno lo reconoce, ¡por fin se han dado cuenta sus miembros! Les ha costado llegar a esta conclusión y supongo que serán varios los indicativos que les han llevado a ella. Uno de ellos es inapelable. Cada vez que la situación económica entra en dificultades, los contribuyentes nos acercamos más a tentar a la suerte con la esperanza de salvar la situación y hacer frente, por lo menos, a las hipotecas y un poco más para ir a la compra y ponernos algo con que tapar nuestras vergüenzas. Vamos, algún ropaje. Ocupar nuestro ocio con algún cine o teatro supondría todo un lujo. Empleamos en jugar a la lotería todos nuestros posibles recursos. Como en un acto de desesperación por intentar la última posibilidad para salir a flote. Los décimos para la lotería de Navidad, según he oído en algún programa de radio, están batiendo todos los records de venta conocidos hasta el momento a estas alturas, cuando todavía faltan dos meses para que se celebre el sorteo. Y en los establecimientos de quinielas, ves a los que van delante de ti cómo prueban suerte, con varias combinaciones, en todas la modalidades de apuestas. Que son unas cuantas, como corresponde a un país pobre, donde las esperanzas particulares de prosperar en lo económico únicamente se sustentan en el juego. Hasta hace poco cabía la posibilidad de dedicarse al ladrillo, pero ya ni eso; los compradores de viviendas han terminado su ciclo. Como torero o futbolista hay alguna posibilidad de llenar la cartera, pero requiere una preparación física sólo permitida a los muy jóvenes. Y del trabajo no se puede esperar gran cosa. Eso el que lo tenga. ¿Solución? Ninguna; al menos por vía oficial que es la vía que nos ha llevado a esta situación paupérrima, pero se puede intentar con los juegos de azar y… cruzar los dedos.
Cruzando los dedos llevamos sesenta años, que ya los tenemos artríticos de tanto cruzarlos. Porque es el tiempo que llevan las quinielas tal y como son hoy en día.
Nacieron dos años antes, en 1946, pero eran diferentes. Se incluían siete encuentros y había que acertar el resultado, y aunque parezca poco menos que imposible, en la primera jornada con aquellos boletos hubo dos acertantes -de Coruña y San Sebastián, respectivamente- que cobraron 9.603 pesetas. El sistema de 1-X-2, importado de Italia, se implantó a partir de 1948. Éramos unos infantes.
La quiniela se implantó rápidamente ya que el público encontró atractivo lo de imaginar que ganara, empatara o perdiera un equipo llevado por la intuición representada con un ‘uno’, una ‘equis’ o un ‘dos’. Y si acertabas: ¡premio!. No demasiado, al principio, ya que hasta 1952 no surgió el primer millonario, un carnicero santanderino que formó una combinación donde colocó como perdedor al equipo del que era socio. Perdió su equipo, pero gano él.
Desde entonces han sido infinidad los detalles anecdóticos alrededor de las quinielas. La de la jornada 18 de la temporada 1992-93, por ejemplo, donde ningún equipo ganó en su campo y por lo tanto no hubo ningún ‘uno’ en la quiniela. Pantalones que se han lavado con una quiniela premiada dentro de él, apuestas hechas entre compañeros de trabajo y que a la hora de repartir el premio su portador desapareció. Muchas anécdotas.
También muchos millonarios gracias a su intuición. A saber colocar el signo preciso en el casillero correspondiente. El más famoso, aunque no el más millonario, ha sido Gabino. Simplemente, Gabino. Un joven agricultor vallisoletano que, hace cuarenta años, consiguió la nada despreciable cantidad de 30 millones. La mayor hasta entonces. Fue tan grande el impacto entre la afición que, todavía hoy, se califica como ‘gabinos’ a quines obtiene algún premio de importancia. Por ejemplo los miembros de una peña de Reus, eso sí, con cien socios, que hace tres años se embolsaron -aunque para repartir entre todos- más de 9 millones de euros. Un pellizco.
De todas formas, no todo han sido alegrías en el mundo quinielístico, ya que en 1985, con la aparición de la lotería Primitiva, tuvo sus dificultades de supervivencia. Pero las superó y hoy goza de buena salud. Totalmente informatizada, no como en su nacimiento cuando un enorme grupo de personas, pertenecientes a la organización de Apuestas Mutuas Deportivas Benéficas, se concentraba en sus instalaciones para hacer recuento de los boletos y comprobar los aciertos que había en ellos. Mientras, en la salida de las estaciones de metro y por medio de la calle voceaban: ¡Goleada’, ‘Ha salido Goleada, con los resultados de los partidos jugados esta tarde’. Era la única posibilidad de enterarse inmediatamente de si éramos o no millonarios por medio de la quiniela. Hoy, ante la necesidad, la posibilidades de apuesta de que disponemos son varias, las posibilidades de acierto, una entre varios millones. Después de sesenta años, seguimos sin saber dónde colocar el uno la equis y el dos para acertar, pero la quiniela no deja de ser un medio más, para intentar acercarse a la fortuna y dejar a un lado la crisis. Ya que no podemos poner la esperanza de nuestro porvenir en la cabeza de quienes debieran utilizarla con acierto, pogámosla en los pies de quienes, a patadas, se ganan la vida con ellos. ¡Suerte!












