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Cabecera Me Viene A La Memoria

Una feria para la lectura

La celebración de la Feria del Libro en Madrid es un acontecimiento cultural repetido año tras año al que los aficionados a la lectura asisten ansiosos por acceder a nuevos títulos que incrementen sus conocimientos.

La cultura se adquiere en los libros por lo que la celebración de la Feria dedicada a ellos supone la posibilidad de acceder a la implantación de criterios propios. Adquirir libros y leerlos supone invertir en el desarrollo de un país.

Transcurrió la mañana de hoy plena de sol y con temperatura que llevaba a imaginar una inmediata presencia del verano. Aspectos que siempre llenan de vitalidad e impulsan el deseo de hacer. Ello lleva incluido la obligación de mañana y que, precisamente, por ese afán de actividad he resuelto adelantar a hoy, como atendiendo al refrán: “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Lo que tenía que hacer mañana, jueves, era escribir este post y he optado, llevado por el impulso veraniego, escribirlo hoy. En principio, la tarde se ha presentado en tonos parecidos a la mañana en cuanto a luminosidad y temperatura, pero según ha ido transcurriendo y a velocidad más que considerable, el cielo se oscurecido, el viento agita la vegetación, termómetro ha descendido y… se ha puesto a lloviznar. Veremos en qué termina la cosa.

Esto podría ser normal en una tarde cualquiera de primavera. Y lo es, más que por la misma primavera, porque se está celebrando en Madrid la Feria del Libro, algo que lleva implícito que la lluvia haga su aparición como intentando el ahogamiento de la literatura. No importan las características de las fecha precedentes ni las posteriores a la Feria; es durante su celebración cuando aparece la lluvia. Los expositores ya cuentan con ello y la aceptan con la resignación con que se acepta el comportamiento de los elementos. En 1588 ya la proclamó Felipe II cuando los elementos colaboraron rotundamente con la flota inglesa ocasionando la derrota de la Armada Invencible. No sé si los hombres y mujeres del tiempo se han planteado el estudio de este fenómeno literario/lluvioso que todos loa años hace su aparición.

Tampoco tengo noticias de si siempre ha ocurrido. Desde que tengo uso de razón (que es lo que siempre se manifiesta para retroceder en el tiempo y que no quiere decir que la razón le adorne a uno) siempre ha llovido. Más o menos, pero siempre. Se trata, por tanto, de vivencias personales y más atrás carezco de documentación. Porque la Feria del Libro nació en 1933, aunque desde entonces no siempre se ha celebrado ya que las cosas, por aquellas fechas, no estaban para entretenerse en lecturas. Aunque más les hubiera valido. Tampoco es que ahora se lea demasiado y de ahí que haya demasiados comportamientos como los de entonces. No leer es ignorar, es dejar que otros piensen por nosotros y nos invadan con sus ideas, por muy peregrinas que sean, y que consigan ser seguidos y obedecidos por quienes carecen de la capacidad de discernir. La falta de lectura lleva directamente a la incultura, a la condición lanar, al borreguismo.

Los expositores, a pesar del cambio de fechas que hace años se decidió para evitar los arrebatos meteorológicos propios del mes de abril en que dio comienzo, ya tienen asumido que lloverá, tronará, relampagueará y el viento arrasará cuando encuentre a su paso. No todos los días, desde luego, pero sí alguno y a pesar de ello y de los problemas derivados de la crisis la Feria cumple objetivos año tras año. De visitas y de ventas que es motivo de alegría en el denostado panorama cultural, aunque sin motivos suficientes para dedicarnos al lanzamiento de cohetes, porque leer se sigue leyendo poco. A algunos editores les parecerá que la afirmación carece de formalismo, cuando al cerrar cada día hacen balance de ejemplares vendidos. Los ejemplares de su editorial que ha conseguido contratar un famoso, más bien un popular o populachero que ha salido un par de veces en determinados programas televisivos y que rozan el analfabetismo. O que lo ejercen directamente.

Cuentan malamente en unas pocas páginas su vida, la adornan con una buena dosis de fotos y se jactan de haber escrito un libro que se vende sin ninguna dificultad por llevar la firma que lleva. Una vez firmados los ejemplares en la Feria del Libro a quienes lo han adquirido, los autores regresan a sus respectivos platós televisivos para seguir proclamando los defectos de quienes no tienen ningún otra habilidad con la que ganarse le vida y recibiendo, a su vez, los defectos que sus propios compañeros les achacan, con insultos si llega el caso, que todo se admite si la cantidad a percibir consideran que lo justifica. Así la popularidad de estos personajes se ve aumentada y en la Feria del Libro, a pesar de la dignidad que se le supone y su noble propósito de expandir la cultura, cuenta con nuevos ¿autores?

Siento mi vinculación a esta Feria por varias razones. La principal, mi gran afición a la lectura que, en los últimos tiempos, se ha orientado más al libro electrónico que al de papel, dada la gran comodidad que éste posibilita. Carece de tradición y de romanticismo, pero es mucho más cómodo. Afición a la letra impresa que, de algún modo, he intentado ejercer desde mi condición de periodista. Son muchas las páginas que podría haber rellenado en un libro, de haber acumulado todos los textos que han salido de mi máquina de escribir antes y del ordenador posteriormente. Ninguna de ellas, por supuesto, con aspiraciones literarias para lo que creo necesario algo más que encarrilar una palabra tras otra más allá de la corrección gramatical, porque la urgencia informativa no suele ser exigente con los florilegios idiomáticos. Tampoco la inspiración, la creatividad, que en lo informativo viene dada por la noticia.

Otro de los atractivos que para mí tiene la Feria del Libro es el recuerdo de un tiempo pasado, que por eso me refiero a ella en este blog retrospectivo. La primera vez que acudí a la Feria lo hice en brazos de mi madre ya que el pediatra tenía su consulta en pleno Paseo de Recoletos que es donde entonces se organizaba la muestra editorial, antes de instalarse en el Parque de El Retiro. Fue, por tanto, una de mis primeras visiones del exterior de mi casa. Desde entonces y una vez superada la etapa pediátrica no he faltado ningún año a la cita con los libros.

Recuerdo que los exhibidores, preocupados por promocionar la lectura, regalaban a los niños cuentos con los que iniciarse en ella. Al terminar el recorrido te encontrabas con una docena, al menos, de pequeños volúmenes en los que comenzabas la relación con las letras. “Blancanieves”, “Caperucita”, “Los tres cerditos”, “Hansel y Gretel”… todos los títulos infantiles en ediciones sencillas, aptas para ser destrozadas por las inquietas manos infantiles y que son los que actualmente procuro para inculcar a mis nietos en la lectura. Aquellos obsequios, además de los lapiceros de propaganda, gomas de borrar, papel secante o separadores de páginas han pasado a formar parte del recuerdo. Hoy, lo único que se regala es la bolsa donde transportar los libros adquiridos.

Tampoco se ven niños en la Feria con la excepción de algún colegio. Se ve, eso sí, mucho “progre” que incluso se molesta porque se ofrecen títulos de temas que a él no le interesan y que muy valientemente hasta increpan por ello al vendedor como si él tuviera la culpa. Yo he sido testigo de ello. Normalmente se refiere a temas relacionados con una reciente historia de nuestro país de la que el “progre”, en su obcecación, desconoce todo aunque presuma de saberlo todo. Otras personas intentan rebatir al autor refiriendo la vendedor su propia versión de los hechos publicados.

La Feria del Libro es un innegable signo de cultura que se produce tanto en Madrid como en otras capitales, y que por tratarse de un acontecimiento cultural es por lo que estamos obligados a defender su existencia y contribuir a su éxito con el fin de que perdure en el tiempo, ya que el desarrollo de un país está en su cultura. No olvidemos, por otra parte, que libros se venden durante todo el año y de su adquisición se beneficiará nuestro espíritu y el país que elevará su calidad cultural. Comprar libros y leerlos es invertir en desarrollo.

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