El acontecimiento se producirá el próximo año, pero ya se han iniciado los preparativos para conmemorar el centenario de la Gran Vía madrileña. Seguramente la calle principal de la capital de España, aunque no sea la más grande como sucede en Barcelona con su homónima que, posiblemente, es también la más larga del país. No me he fijado demasiado en las otras Gran Vías de Bilbao, de Valencia o de Granada, pero el caso es que también en estas ciudades se ha elegido la grandilocuencia para bautizar a una de sus vías principales.
La de Madrid, como es lógico, sí que la conozco bien y más aún la conocía en tiempos pretéritos cuando para los desplazamientos no se utilizaba el coche, como ahora ocurre, que nos lleva a prescindir de la visión de comercios, de fachadas y de público andante. La vista hay que fijarla en el tráfico y en los semáforos y todo aquello que un día dio esplendor a esta calle y que en gran parte se mantiene, queda desdibujado a derecha e izquierda, únicamente al alcance de los turistas que nos visitan y eligen la Gran Vía en su itinerario madrileño. La foto tomada desde Callao a la plaza de España es inevitable, como lo es la del chaflán del edificio Capitol, la Telefónica y algunas otras correspondientes a artísticas fachadas cuyo centenario está próximo a cumplirse y ahí están, tan vivas como cuando se inauguraron, dando albergue en su interior a oficinas en su mayoría. Muy pocas de estas construcciones se utilizan hoy como domicilios particulares. El de Concha Piquer era uno de ellos, en el mismo edificio en que se aloja el teatro Coliseum que el maestro Jacinto Guerrero mandó construir con el fin principal de estrenar en él sus obras. De cualquier forma, la Gran Vía es principalmente la calle, el exterior, no lo que pueda haber detrás del gran decorado que, como en Venecia, constituyen sus fachadas. Toda ella es un escaparate que se prolonga desde su confluencia con la calle de Alcalá hasta la Plaza de España. Poco más de un km.
En ese espacio hay restaurantes, cafeterías, joyerías, hoteles, los comercios de siempre y otros más modernos y sobre todo locales dedicados al espectáculo: cines y teatros; las salas de fiestas, como Pasapoga, todo un referente en este tipo de salas tanto para España como para Europa, por donde pasaron las mejores orquestas y cantantes, prácticamente han desaparecido. En el caso de los cines no son como lo fueron hasta hace poco: lujosas salas de proyección donde se celebraban los estrenos. La actualidad ha variado su configuración interior hasta convertirlas en varias mini-salas lo que resulta más rentable para sus propietarios. Algunas de las antiguas inactivas y no sé si abandonadas o esperando un mejor momento especulativo para sus paredes.
Allí estaban los calzados Segarra donde en cada comienzo de curso se nos compraban aquellas botas que duraban desde septiembre hasta junio. En el mismo sitio se siguen vendiendo zapatos, de otra firma, y desde luego más flexibles y cómodos. Del mismo modo que tenía su taller el camisero Luis que, entre otros famosos, confeccionaba las camisas que Raphael lucía en sus actuaciones. Allí sigue el edificio de la Telefónica, con sus 90 metros, que en el momento de su inauguración (1929) fue el más alto de Madrid hasta que el honor le fue arrebatado en 1953 por el de España, al final de la gran Vía, y posteriormente por la Torre de Madrid. Al primero, el Edificio España, se le bautizó en su momento como ‘la casa del c…aramba’ ya que todos los que lo contemplaban por primera vez exclamaban: ‘c…aramba, qué casa’. En el 24 de la Gran Vía está (o estaba, no sé si continúa) el Círculo de la Unión Mercantil, famoso por su fiestas de Carnaval y Noche Vieja; la Gran Peña donde tantas comidas importantes se han celebrado aunque reservadas únicamente al género masculino; enfrente el elegante restaurante Sicilia Molinero donde hoy, con otro nombre empresarial, se ofrece comida rápida; el Casino Militar donde continúan las actividades culturales un tanto decadentes; apenas unos metros más abajo, únicamente cruzando la calle Peligros estaba El Abra un bar de alterne de gran éxito; enfrente Chicote, más elegante y universal por donde tantos famosos pasaron para degustar los combinados que preparaba su propietario… y bancos, muchos bancos, como si en la Gran Vía se manejara todo el dinero de Madrid. Hacia la mitad de la calle, en la denominada Red de San Luis, estaba la estación del metro José Antonio (hoy Gran Vía) que de particular tenía el poder acceder a ella y salir, por medio de un ascensor para el que había que sacar billete. Cinco céntimos costaba, después diez y finalmente fue gratis, pero poco tiempo porque desapareció para ser sustituido por escaleras mecánicas. El ascensor lo albergaba un templete de granito con una espléndida marquesina de hierro y cristal que, al ser desmantelado en 1972, se trasladó a Porriño (Pontevedra), localidad natal del arquitecto que lo construyó, Antonio Palacios. A un lado de esta marquesina otra no menos importante de la bisutería Alexandre. Ésta se conserva en la fachada aunque la bisutería se ha transformado en hamburguesería que, como la bisutería es a la joyería, viene a ser como la bisutería de los restaurantes; o sea, apariencia de comida como en el otro caso es apariencia de joyas. Poco antes de llegar a ella está la Casa del Libro, varias plantas dedicadas a la cultura donde difícil es que no encontremos la publicación apetecida. Frente a ella, unos metros antes, en lo que fueron los almacenes Madrid-París, se presentaban los famosos almacenes SEPU (‘quien calcula compra en SEPU’ rezaba el slogan comercial de la empresa) fundados en 1934 por unos suizos judíos en uno de los primeros intentos de introducir en España el concepto de grandes almacenes. Desaparecieron en el 2002 acuciados por las deudas acumuladas con Hacienda. La multinacional que hoy ostenta su propiedad ofrece ropa básica. Ernest Hemingway que conoció y disfrutó de la Gran Vía en los momentos de su mayor esplendor, decía que era ‘una mezcla entre Broadway y la Quinta Avenida’. Lo que sí es cierto es que actualmente la arquitectura de la mayoría de las fachadas están protegidas e incluso para alterar el interior de los edificios se requieren ciertos requisitos administrativos que lo autoricen.
¿Y qué se celebra en este centenario -preguntaréis muchos de vosotros, lectores- porque la Gran Vía no surgiría de repente, se haría poco a poco? Pues se conmemora el comienzo de las obras que dieron origen a esta importante arteria madrileña, cosa que ocurrió –de ahí la celebración- en 1910 con el derribo de los edificios que había junto a la calle Alcalá. El proyecto de construcción se inició en 1886 y dio origen a la zarzuela de uno de los madrileños más castizos, el maestro Chueca que admirado por la idea transformadora tituló, precisamente, ‘La Gran Vía’. Sin embargo el cambio de proyectos, la oposición de los vecinos y comerciantes de la zona, el proceso de expropiaciones y la habilitación de los presupuestos correspondientes no permitieron la iniciación de las obras hasta 1910. Fue el 4 de abril con la presencia del presidente del gobierno, José Canalejas, y toda la familia real encabezada por el rey Alfonso XIII, su esposa la reina Victoria Eugenia de Battenberg, la reina madre, María Cristina, y demás miembros de la familia, además del alcalde de la ciudad, José Francos Rodríguez, lo que demuestra la importancia que se concedió a la obra. Inicialmente, la financiación, por adjudicación de concurso público en 29 millones de pesetas, corrió a cargo del banquero francés Martín Albert Silver. A continuación llegaron los edificios, compitiendo entre sí para ser más atractivos y con ellos, también el público. El público que invade las aceras y que es lo más importante de la Gran Vía. Un mosaico de nacionalidades, de regiones, que invade la madrileña calle con caras de asombro y ojos de curiosidad, dejando impresas las imágenes que en ella se muestran en el disco de sus cámaras de fotos para, en algún momento, poder recordar su presencia en ella a la vez que mostrarlas a los demás: ‘Ésta es la Gran Vía, una magnífica calle de Madrid que me enamoró’.
Chueca puso en solfa algunas de las costumbres, los personajes y el tipismo de la época situando todo ello en la que iba a ser nueva Gran Vía. Y mucho de aquello, tan alegre y castizo en lo musical, de alguna manera se conserva. Por ejemplo el número de ‘Los ratas’ donde, a ritmo de jota, aquellos pequeños delincuentes nos hacen saber de sus habilidades tanto con el prójimo como con sus propios perseguidores. En esto poco han variado las cosas. Esa delincuencia menor (para el no afectado) que supone la sustracción de bolsos o carteras no ha quedado anclada en el tiempo. Hoy se practica como antaño y también como entonces los delincuentes, los ‘ratas’, logran burlar a las autoridades. Igual que en la zarzuela, cuando son detenidos entran por una puerta y salen de inmediato por la posterior.
http://www.youtube.com/watch?v=mly_uV1jKA4&feature=related
Donde se aprecia variación es en el servicio doméstico que hoy apenas existe. Las últimas que se beneficiaron de estas profesionales del hogar fueron nuestras madres. A partir de entonces el gremio fue decayendo hasta su práctica desaparición. Y con las ‘chicas de servir’ la alegría, por lo menos visual, del dueño de la casa y el ‘tormento’ que al parecer suponía para las dueñas, las ‘señoras’ que no estoy muy seguro si lo proporcionaba el comportamiento de las mucamas o del marido. Así se hacía eco de los lamentos de estas chicas Chueca en el tango de la Menegilda.
http://www.youtube.com/watch?v=0xEl-rx12d4&feature=related
Y para no quedar mal con las amas puso en boca de ellas otras protestas aunque conservando la misma partitura por aquello, supongo, de la igualdad, que Chueca era un adelantado.
http://www.youtube.com/watch?v=KWsp2_0RWig&feature=related
Chueca tampoco prescindió de algo tan popular en los ‘madriles’ como las salas de baile, que siempre las habido y para todo tipo de públicos, llámense ‘bailes’, ‘salones de baile’ o discotecas, es lo mismo, aunque cuanto más populares como podían ser los de las antiguas verbenas, más divertidos. En el caso de La Gran Vía, para darle más empaque e importancia le añadió una ‘d’. ‘El baile del Elisedo’ y a ritmo de schotis, para ser bailado sobre un ladrillo que es lo chulo, lo madrileño y lo castizo. Equilibrio, mucho equilibrio. (El origen de este ritmo es checo (Bohemia) y se bailó por primera vez en España en el Palacio Real, en la noche del 3 de noviembre de 1850 bajo el nombre de polca alemana. A partir de entonces alcanzó gran popularidad hasta convertirse en un símbolo del Madrid festivo y bullanguero)
http://www.youtube.com/watch?v=FdjWYQmqOt8
Chueca, en su recorrido por los ambientes que circundaban la primitiva Gran Vía también tuvo presente al Caballero de Gracia, al que hoy está dedicada una de las calles paralelas a la calle principal. En ella está el oratorio que lleva este nombre y que también tiene salida/entrada por la Gran Vía. El vals está puesto en boca de un ‘tenorio’ pero el tal caballero existió. Fue Jacobo Gratii, italiano de nacimiento aunque residente en Madrid, al que se conocía como ‘El Caballero de Gracia’, quien tras vivir los eventos de mayor relieve histórico como Secretario del Nuncio en la Corte de Felipe II y Felipe III, dedicó su vida a una caridad sin límites y a la adoración al Santísimo Sacramento. Estos aspectos no los recoge Chueca en su popular vals.
http://www.youtube.com/watch?v=hnFAyJRuISQ&feature=related
Los datos históricos y los anecdóticos son innumerables teniendo a la Gran Vía como base, igual que lo son las publicaciones matritenses donde los autores manifiestan su erudición sobre este tema. Tampoco un post da para más. Lo mejor es darse una vuelta por esta calle y el que no la conozca que haga su primera visita a ella, seguro que repite antes de que transcurran otros cien años. Después que la compare con la Quinta Avenida de Nueva York, con la londinense Oxford Street, con los Campos Elíseos o con la Via Veneto romana. Lo que no encuentre en ellas en la Gran Vía de Madrid seguro que está. Además, es la nuestra.












