;
Cabecera Me Viene A La Memoria

EL CARTERO SIEMPRE LLAMABA DOS VECES

Se aproximan las Navidades, tiempo de alegría, de quererse todo el mundo, de empachos, alegrías alcohólicas y regalos. A esto último -los regalos- no son ajenos los más pequeños de cada hogar que no dudan en anotar sus preferencias y enviarlas por correo a los reyes Magos de Oriente. Lo hacen mediante carta que, llenos de ilusión y con sumo cuidado, depositan en un buzón. Es, posiblemente, lo único que queda del género epistolar. Si acaso, los mensajes publicitarios (que van directamente a la papelera), las multas (que carecen por completo de estilo literario) y los comunicados bancarios donde lo más que aportan literariamente es “adeudamos en su cuenta”. El resto es una larga relación de “pagos” y una única línea destinada a “ingresos”. Ese envío nos lo cobran a los clientes, a la vez que aprovechan el sobre para incluir la oferta de una caja de vinos, un robot de cocina, una vajilla checa, un reloj suizo o la sugerencia de que invitemos a un familiar o amigo para hacerse cliente de ese banco. ¿Que también hay que tener cara! O sea, que pagamos para que nos envíen una publicidad, la suya, que ni hemos solicitado ni nos interesa. Son listos los de los bancos.
 
Antiguamente, que es lo que me viene a la memoria, el género epistolar era el medio de comunicación entre personas. Cuando llegaba el cartero era motivo de alegría familiar porque no abundaban los correos recibidos. El funcionario se apostaba en el portal de la casa, tocaba un silbato y voceaba el nombre de los destinatarios a quienes llevaba correspondencia. “Piiiiiiiiiiii. Fulano de tal, Mengano de cual, Zutano”. Aguardaba unos instantes y repetía el aviso. Porque el cartero siempre llamaba dos veces, como en la película con ese título y la novela que la precedió. Pero en el caso de nuestro cartero doméstico, sin asesinatos ni tríos amorosos. Por lo menos no hay constancia.
 
El cartero nos traía las noticias del familiar lejano, el anuncio de una boda, de un bautizo y ¡ay! muchas veces de una desaparición. Cuartillas escritas hasta apurar los bordes, con plumilla impregnada en tinta. Con caligrafía exquisita en unos casos y con poco más que garabatos en otros, según el autor. Canta la soprano en la zarzuela ‘Gigantes y cabezudos’: ‘Esta es su carta, es el cartero, después del otro a quien más quiero’. El cartero suponía el enlace, el eslabón entre dos personas, dos familias. De ahí la simpatía con que siempre fue visto. Aquellos comienzos desde los que ya se anunciaba el afecto, bien familiar, bien amistoso: ‘Queridos todos… Mi querida…Querida madre…Querido hijo…’ Previo a ello quedaba el enfrentarse a una cuartilla en blanco, proveerse de utensilios de escritura, acercarse al estanco para comprar sobre y sello, depositarlo en un buzón y… esperar. Lo mismo para el envío que para recibir la contestación. El correo era lento, muy lento. Casi como en los tiempos de Miguel Strogoff a quien dio vida Julio Verne. Casi como en los tiempos en que correos a caballo trasladaban una carta de un lugar a otro, parando en las casas de postas en las que descansaban, o bien otro tomaba el relevo.
 
Esos tiempos epistolares pasaron a formar parte del recuerdo. Internet ha revolucionado el género epistolar. Basta con escribir lo que se desee, señalar al ordenador ‘enviar’ y segundos después el mensaje es recibido. Y minutos después contestado, si es contestación lo que requiere. Tan rápido es que los usuarios también han decidido abreviar optando por textos y palabras abreviadas que precisan de todo un reciclaje gramatical para asimilarlas: ‘yostoy bn pro mu triste xk nostas aquí spro k vengas pronto’. Cuidar la ortografía y el estilo también pasó a la historia.
 
Es por ello que personajes como Cicerón, Séneca o Plinio el Joven no volverán a darse, porque ellos fueron maestros de la epístola. A través de sus cartas, por centenares, no sólo hemos sabido de su correspondencia, sino del momento político en que vivieron, de su manera de pensar, de infinidad de detalles sobre su tiempo que nos permiten acceder al conocimiento de la Historia. Otro tanto puede decirse de Virgilio, de Ovidio o de Marcial. Tampoco conoceríamos las epístolas de Horacio que, además, las escribía en verso.
 
Si en épocas pretéritas hubiera existido Internet Gustavo Adolfo Becquer no hubiera escrito ‘Cartas desde mi celda” porque en el monasterio de Veruela no había ordenador. Otro tanto puede decirse de Alphonse Daudet que tampoco disponía de ordenador pero sí de un molino desde donde escribía su correspondencia y que por eso adoptó para ella el título de ‘Cartas desde mi molino’. Tampoco hubiera sido posible la ‘Epístola a Boscán’ de Garcilaso de la Vega, ni las de Petrarca que se entretenía escribiendo a autores fallecidos para sentirse menos solo, ni las ‘Epístolas familiares’ de fray Antonio de Guevara, o el ‘Epistolario’ de Leandro Fernández de Moratín. Tampoco aquellas con que Cervantes escribía a su protector, el conde de Lemos, expresando sus agradecimientos. La última, al borde de la muerte, para dedicarle su última obra: ‘Puesto ya el pie en el estribo/con las ansias de la muerte, Gran Señor, ésta te escribo.’ Es lo que se dice buenas maneras en la correspondencia.
 
Ya no son posibles aquellos tiempos en que triunfaba el género epistolar, haciendo gala de la mejor caligrafía de la que cada uno fuera capaz. Hoy, ni siquiera el cantante José Luis, el que se presentaba como él y su guitarra, podría haber cantado lo que cantaba allá por los 60, además de ‘Mariquilla bonita…’. Os puedo recordar la letra, pero la música la tenéis que poner vosotros. Decía así:
 
‘Son tus cartas mi esperanza, mis temores, mi alegría y aunque sean tonterías escríbeme, escríbeme Tu silencio me acongoja, me preocupa y predispone y aunque sea con borrones escríbeme, escríbeme Me hacen más falta tus cartas que la misma vida mía, lo mejor morir sería si algún día me olvidaras Cuando llegan a mis manos su lectura me conmueve y aunque sean malas nuevas escríbeme, escríbeme’.

Es tan poca la costumbre actual de practicar el género epistolar, que el ordenador, tan listo él, cuando intuye alguna frase que pueda sugerir correspondencia, hace aparecer en la pantalla una amable invitación: ‘parece que quiere escribir una carta ¿necesita ayuda?’ Muy amable, pero muy entrometido, señor ordenador, que lo de las cartas es algo íntimo. Bueno, os dejo que tengo que escribir un e-mail.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>