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DEL ESTRAPERLO A LA ABUNDANCIA

La cena de Navidad es, ante todo, una reunión familiar en la que, eso sí, se disfruta de un menú especial. ¿Pero es realmente especial? Para que lo fuera sería necesario ver en la mesa alimentos a los que no accedemos fácilmente el resto del año. Pero esto ya no se produce. Los 364 días restantes disfrutamos de las mismas posibilidades y degustamos con frecuencia lo considerado como manjar.
 
El cordero ya no es un imposible; mucho menos el pollo que ha pasado a ser de lo más popular, sobre todo desde que los dietistas lo recomiendan por su escasez de grasa; besugos, truchas, lubinas, doradas, salmonetes, merluza o salmón se pueden adquirir cualquier día. Otro tanto ocurre con el marisco; el langostino, tan apreciado en otros tiempos supone un aburrimiento en la actualidad por el abuso que de él se hace en las mesas dado lo asequible de su precio en las pescaderías. Y el cardo y la lombarda… Nada, o muy poco, hay en el mercado, accesible a todos los bolsillos, que nos cause sorpresa ni deseo. Otro tanto puede decirse de los vinos, presentes a diario en nuestras mesas al amparo de una marca y al auspicio de una denominación de origen que garantiza una determinada calidad. El ‘peleón’ ha dejado de existir. Como ha dejado de valorarse la sidra cuando se trata de una celebración en que se recurre al cava, antes conocido como ‘champán’. Nos queda hoy en día el recurso, si es que aspiramos a alguna novedad, de acudir a algún restaurante donde comprobar el talento de su cocinero en cuanto a la manipulación de los alimentos y su estilo en la forma de presentarlos.
 
Pero los que ya hemos cumplido una cierta edad, los que vivimos los años 40 y 50, aunque niños, recordamos que no siempre fue así. La comida de a diario se basaba en un sota, caballo y rey. Variaciones sobre el mismo tema. Y cuando una fiesta, la Navidad sobre todo, el extraordinario que nos llevaba al pollo, al pavo, el cordero o el besugo. Y no siempre por la sencilla razón que todo ello excaseaba. Eran los llamados ‘años del hambre’ en que ni siquiera al pan se tenía acceso. Hoy se rechaza por supuestas razones en cuanto a su contribución a alterar el perímetro corporal.
 
Aquella escasez dio origen al estraperlo en una nueva versión. La anterior y original sucedió años antes cuando los supuestos empresarios y supuestos holandes Strauss, Perel y Lowann (de ahí el acrónimo de straperlo), pretendieron instalar una ruleta trucada en el casino de San Sebastián, amparándose en las gestiones de personalidades políticas para conseguirlo. Tras descubrirse el fraude y la implicación política, la autorización se retiró, hecho del que ahora se cumplen 75 años. El escándalo, por otra parte, contribuyó al derrumbe político del entonces presidente del Gobierno -Alejandro Lerroux- implicado en el caso a través de un sobrino suyo. (Es evidente que por razones de edad no pueda acordarme de ello, pero para eso están los libros de historia)
 
Bien, pues la palabra quedó establecida para definir hechos fraudulentos incorporándose al del mercado negro con los escasos productos de primera necesidad existentes tras la guerra civil. Por consiguiente, quienes lo ejercían eran estraperlistas. Unos lo ejercieron como fruto de su desaprensión, otros como medio de vida.
 
Recuerdo perfectamente a aquellas mujeres gordas, excesivamente gordas, que no lo eran. Sucedía que entre sus ropas almacenaban piezas de pan que vendían a precios desorbitados. Y hasta se atrevían a pregonar su mercancía. Como lo hacían las que ofrecían tabaco: ‘Tabaco, tengo tabaco americano, tabaco rubio’. La cosa casi nunca pasaba a mayores. En alguna ocasión la policía les incautaba el género, pero ya se cuidaban sus propietarios de que éste no fuera excesivo. Yo mismo he sido testigo, y lo recuerdo a pesar de mi corta edad de entonces, cómo los agentes de la autoridad deshauciaban del cargamento de pan o tabaco a alguno de estos pequeños estraperlistas que vendían fraudulentamente en cualquier esquina. Los demás se libraban porque desaparecían ante el peligro.
 
Al parecer, sin embargo, no siempre se producía la expropiación total ya que la buena voluntad del agente era capaz de hacer la ‘vista gorda’ a cambio -siempre ha de haber una compensación- de que parte del alijo incautado fuera a parar a su domicilio particular. Cuando se vendía la mercancía o era incautada, inmediatamente  se reponía. Al día siguiente se conseguían nuevas existencias. Llegaban en tren y se arrojaban por la ventanilla ya próxima la estación. Allí estaba un cómplice que la recogía. Se entraba y salía andando y clandestinamente a Portugal para suministrarse, entre otras cosas, de café o tabaco. Por métodos similares se conseguían leche, azúcar, cereales, y también otros artículos no, precisamente, de primera necesidad como relojes, perfumes o lencería. Y hasta medicamentos. El mismo comerciante, a los clientes conocidos, les proporcionaba géneros no incluidos en las cartillas de racionamiento… Así, con el hambre existente, se hicieron muchas fortunas por parte de desaprensivos. En 1952, recuperada la producción y abastecidos los mercados, las cartillas de racionamiento dejaron de existir y con ellas el estraperlo. Por lo menos aquél estraperlo de primera necesidad.
 
Por cierto, me pregunto la razón de por qué la gasolina sube de acuerdo con las elevaciones del precio del petróleo y no desciende en la misma medida cuando baja. Me pregunto igualmente sobre la causa de que en estas fechas navideñas suba tan exageradamente el cordero, la merluza, el besugo, la merluza, la fruta… todo. ¿No estará alguien ‘estraperleando’?
 
Que tengáis una buena cena de Navidad. Felices fiestas.

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