Sí le, sí le, sí le, no le… Era la forma abreviada de expresarse de los niños de hace cincuenta años cuando se trataba de comprobar los cromos que se tenían o no de una determinada colección. De alguna forma fuimos los precursores del idioma wap que en la actualidad es tan utilizado por los jóvenes para escribir mensajes telefónicos. Sí le tengo, no le tengo, equivalía a indicar si tenías o no el cromo que otro niño te iba mostrando del paquete de ellos y del que era poseedor. Si uno de ellos no lo tenías lo apartaba y al finalizar el recuento ponía precio a aquellos por los que te habías interesado. Los ‘no le’ que faltaban en tu colección. Se podía pagar mediante cambio de los tuyos por otros que él no tuviera; mediante efectivo que, como en todos los tratos de oferta y demanda ascendia a un precio superior al verdadero; o según el talante comercial del propietario te exigía diez de los tuyos a cambio del que no tenías y precisabas para incluir en tu colección. No digamos si se trataba de completarla y el compañero de clase era sabedor de la carencia. Podía pedirte hasta treinta o cincuenta de los que tú tenías repetidos antes de entregarte el que te faltaba. Encima tenías que agradecer el negocio que hacía contigo. Más o menos como los bancos cuando les pedimos un préstamo. El negocio lo hacen ellos pero nosotros, acomplejados, somos quienes les quedamos infinitamente agradecidos. Lo que son las cosas.
Pirulo era más modesto en sus pretensiones y desde luego más honrado. Sólo te pedía cuatro cromos de los tuyos a cambio del que te faltaba. Así lo hizo desde el año 1942 en que levantó su tenderete en el Retiro madrileño. Cromos y la otra pasión infantil: las chucherías. Pipas, caramelos, chicles, palolud, altramuces, regaliz… en el mismo entorno que mandó construir Felipe IV. Quienes no residen en Madrid no saben quién era Pirulo, en pretérito, porque Luis Ortega Cruz -que era su verdadero nombre- falleció la semana pasada a los 85 años años, en la residencia donde pasó sus últimos años. Más que los niños de hoy, sus padres y abuelos habrán sentido su desparición porque fueron ellos quienes alternaron con este personaje que acabó formando parte inseparable en el paisaje del parque.
Estaba integrado en él como las estatuas de los reyes allí erigidas, como las rosas que en primavera decoran un amplio espacio de sus jardines, como las múltiples variedades de árboles y arbustos que en él se conservan, muchas de ellas centenarias. Pirulo era el amigo de los niños. Y los niños sus amigos; como los hijos que, paradógicamente, nunca llegó a tener. ‘Pirulo ¿tienes tal número de esta colección? -Vamos a ver, mira aquí está, me tienes que dar cuatro de los repes tuyos- Vale, toma, ¡yuuupi!, ya la he terminado’. El niño feliz con su colección completada. ‘¿Y tú qué quieres? -Una piruleta, toma el dinero- Toma la piruleta, hombre’. Un niño, otro, otro más, con su peseta en la mano, o de la mano de sus padres, el domingo, haciéndose ellos cargo de la adquisición. El domingo, los niños no iban exactamente a jugar al Retiro, iban a ver a su amigo Pirulo. Él era quien les proporcionaba las anheladas chucherías que se había ganado como recompensa por haber ‘sido bueno’ durante toda la semana. ‘Si eres bueno el domingo vamos a ver Pirulo y comprarle chuches’. Pirulo ya no está, se ha marchado a hacer felices a otros niños.
De pequeños todos hemos tenido un Pirulo a quien recurrir para endulzar nuestro paladar. En femenino debería decirse Pirula, pero no, eran las piperas; casi siempre se trataba de mujeres que se enfrentaban a los rigores del invierno y los sofocos del verano con su cesta repleta de golosinas. Los niños hacían acopio de ellas con arreglo a las posibilidades de la cantidad aportada por sus abuelos. ‘Un caramelo de estos, dos de estos, otros dos de estos, tres chicles de bazooka, ¿cúanto llevo? -Cinco pesetas- Pues quíteme (los niños de entonces hablaban de usted) un chicle para que me sobre una peseta para mañana, que sólo tengo cinco’. La pipera, cargada de paciencia, volvía a repasar el pedido y cobraba lo establecido.
En este sentido yo fui un niño atípico. Nunca me entusiasmaron las golosinas, pero acompañaba a mis hermanos cuando se acercaban a uno de estos puestos ambulantes, aunque fijos en algún lugar estratégico de la calle, en la puerta de los cines o en la cercanía de los colegios. De adolescente sí me convertí en cliente de ellos, porque también vendían tabaco, cigarrillos sueltos. La economía no alcanzaba para comprar un paquete. ‘Déme tres celtas y un sacy’. Los tres cigarros costaban 90 céntimos y el caramelo 10 con lo que la compra se elevaba a una peseta. El caramelo, de menta fuerte, se suponía que servía para disimular el olor a tabaco. Sin embargo no debía ser muy eficaz porque al cumplir 18 años mi padre me dijo que ‘podía fumar en casa’. Una autorización que nunca había solicitado, convencido de que se suponía mi abstención a la nicotina.
Las piperas, de ahí el nombre, tenían como base de su negocio la venta de pipas, nombre con el que se conoce a las semillas de girasol. ‘Diez de pipas’, lo más común, era la petición de que te despacharan pipas por importe de diez céntimos. La cantidad era la que cabía en un cubilete de dados con los que se juega al parchís. Aunque la materia prima fue subiendo con el paso del tiempo, ellas, las piperas, conservaron el precio durante muchos años. Únicamente daban menos cantidad a base de rellenar el fondo del cubilete con algo de papel. Y todos tan contentos.
Actualmente, con lo de vivir fuera de la capital y moverme en ella siempre en coche, ignoro si continúan estos/as profesionales de la felicidad infantil y de los aspirantes a fumadores. Desde luego, si continúan, con el precio que ha alcanzado el tabaco las piperas deberán estar provistas del artilugio correspondiente para poder pagar con la tarjeta de crédito. Seguro que de haber continuado con el negocio Pirulo lo hubiera implatado para estar a la última y poder atender mejor a su público.
Su nombre es recordado en una placa que reza: ‘A Pirulo, los niños de ayer, hoy y mañana’ colocada en el parque de El Retiro, pero el mejor recuerdo es el que guardan de él quienes, hace años, fueron sus clientes. Los que degustaron sus caramelos y chicles y quienes, gracias a él, pudieron completar sus colecciones de cromos.












