;
Cabecera Me Viene A La Memoria

LOS COLCHONES COMO CAJA FUERTE

Guardar el dinero en el colchón es una tradición en la literatura de todos los tiempos con la que siempre se ha relacionado al avaro. Sin embargo, el colchón no es mal sitio visto el trato que nos ofrecen las entidades bancarias y la depreciación que en ellos sufren nuestros ahorros con todos los gastos que, al parecer, originan a los bancos que no sé cómo aguantan a la clientela con el sufrimiento que les ocasiona y que les obliga a descontar de nuestras cuentas en lugar de añadir por las posibilidades de beneficio que tienen al poder disponer de nuestro dinero. Bajo el colchón puedes utilizar tu capital cuando lo precises, no pagas comisiones, no pagas correo, no pagas por utilizar tarjetas de plástico que no has solicitado y se te obliga a utilizar, no tienes que realizar desplazamientos, no te expones a una multa por aparcar en la puerta del banco sin que haya posibilidad de hacerlo en un lugar autorizado, no te atracan si eres vigilado de tus extracciones de un cajero automático, no tienes que reclamar por las operaciones equivocadas en tu cuenta, no tienes que colaborar con tu pobreza en el enriquecimiento de otros, no tienes que ver malas caras tras una ventanilla, ni soportar colas que no avanzan para que uno de los cajeros vaya a tomar café. El colchón ha sido, de antiguo, el escondite de nuestros ahorros. Así lo ha confesado el alcalde de Alcaucín, quien sorprendido por la Guardia Civil en un registro de su domicilio, ha declarado que la cantidad allí guardada -una cifra importante- eran los ahorros de toda su vida. Nada que proceda de otras actividades que no sean el salario, que es lo que la Benemérita sospecha. Ahorros y nada más. Aquí no vamos a hacer de detectives, sino a hablar de colchones que, además de servir para apartar las ganancias a los ojos de los banqueros, sirven para facilitar nuestro sueño y nuestro descanso.
 
No sé si todavía quedará por España algún colchón de lana, pero ellos sirvieron de acomodo para nuestros cuerpos a lo largo de toda nuestra infancia y parte de nuestra juventud. Con la primavera en ciernes me viene a la memoria un hecho frecuente hace años, obligado incluso, como era varear la lana de los colchones y si lo requería renovar la tela que la envolvía. No era una faena casera como la de desinfectar los somieres. Durante las primeras fechas del calor las madres pulverizaban sobre ellos el ZZ o producto similar que, además de eliminar cualquier tipo de insectos, estaba a punto de eliminar a toda la familia, sometida a aquel olor penetrante que se mantenía durante días a pesar de la ventilación que se proporcionaba a las habitaciones. Simultáneamente se llamaba al colchonero, es decir al profesional, para que ‘hiciera’ los colchones. Estaban hechos pero se deshacían para volver a hacerlos vareando previamente la lana para ahuecarla y devolverle su confortabilidad. Se ahuecaba todos los días al hacer las camas, pero no era suficiente. Poco a poco la lana se iba apelmazando hasta que, transcurrido un año, maproximadamente, se convertía en un bloque duro e incómodo que impedía el descanso.
 
Hecho un atillo con la tela y la propia lana del colchón, el colchonero lo llevaba a su establecimiento donde la introducía en un bombo al que hacía girar en una y otra dirección hasta lograr la esponjosidad para la misma. Otros no disponían de la ténica y recurrían al sistema tradicional que era extender la lana en el suelo y varearla, sacudirla con una vara larga de acebuche con lo que se obtenía el mismo resultado. Estos profesionales recorrían las casas y los pueblos ofreciendo sus servicios y suministrando, cuando así se requería, las telas además de airear y ventilar la lana lo que se hacía en el patio de las casas o en la misma calle. Eran los pelaires.
 
La operación siguiente era rehacer el colchón bien con su tela o con otra nueva, pera lo que se utilizaban unas largas agujas que atravesaban con cintas unos ojetes practicados en los laterales consiguiendo la forma. Las primeras noches, tras hacer el colchón eran de auténtico confort. Tanto como el que ahora se percibe con los modernos de viscolástica, aunque la confortabilidad de los de ahora es más duradera.
 
De continuar la proliferación de dinero negro, de ‘pelotazos’ y especulaciones de todo tipo, no es de extrañar que en breve se incremente la venta de colchones de lana, que no serán tan prácticos como los de latex para descansar, pero mucho más útiles si lo que se pretende es guardar en ellos los beneficios obtenidos de forma poco legal a los que algunos denominan ‘ahorros de toda una vida’. A veces, hasta lo son.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>