En la zarzuela ‘La verbena de la Paloma’, definitiva en cuanto al costumbrismo de una época y en cuanto a música, los autores incluyen una escena de humor costumbrista protagonizada por un sereno. Se oye desde el interior una voz que solicita: ¡Sereno!, a lo que uno de los actores que representa el papel de sereno contesta ¡Vaaa! Los personajes continúan su conversación hasta que la solicitud insiste desde lejos: ¡Serenooooo!, y la misma respuesta sin darle mayor importancia: ¡Vaaaaaaaa! La conversación, cantada, sigue y la voz reclama impertinente: ¡Serenoooooooooooo!, y la contestación es la misma, aunque con un tono de incomodidad: ¡Vaaaaaaaaaaaaaaaa!
En la época en que se estreno la obra de Tomás Bretón (1894), el sereno era una figura indispensable en las noches de aquella sociedad. Algunas de las costumbres y de las profesiones de entonces desaparecieron, pero los serenos se mantuvieron y aún adquirieron mayor popularidad con el paso de los años, sobre todo en la época de la posguerra.
En este blog intentamos recuperar, a través de la memoria, situaciones, escenas, imágenes, momentos que hemos vivido en nuestra infancia o juventud y que hoy recordamos en blanco y negro. Unas veces antes y otras después, pero más o menos aquello que se refiere a medio siglo atrás. Entre esas imágenes está la del sereno que por razones de modernidad, o consideradas por algún dirigente político de anacronismo, fueron eliminadas de nuestras calles y de nuestras noches allá por los 80.
El sereno era aquél personaje uniformado con gorra y un traje de dril -supongo que era dril- en todo tiempo, más un gran abrigo para protegerse del frío invernal, ya que su lugar de trabajo era la calle. Lloviendo, nevando o con noches calurosas, en la calle estaba su puesto. Atento a unas palmadas y a las llamadas de ‘serenoooo’, a las que, con mayor o menor celeridad, acudía hasta alcanzar el portal desde el que se le solicitaba, saludando con un cordial ‘buenas noches’. Su servicio consistía, en ese momento, en abrir la puerta del edificio en que vivía el ‘cliente’. Normalmente se desarrollaba una pequeña conversación en las que se intercambiaban breves referencias al tiempo o algún acontecimiento de actualidad. Un nuevo ‘buenas noches’ de despedida a la vez que se compensaba el servicio con una propina no demasiado excesiva, aunque sí lo era cuando la euforia con que se llegaba a casa era lo suficientemente elevada. En esos casos se daba una cierta disparidad en el concepto horario ya que tú decías ‘buenas noches’ mientras que el sereno se inclinaba por el ‘buenos días’ a la vez que te ofrecía una aspirina suponiendo algún inoportuno dolor de cabeza. Cosas de juventud; la nuestra, no la del sereno.
Cumplida nuestra solicitud el sereno continuaba con su quehacer, consistente en vigilar por la tranquilidad en la zona que tuviera asignada. Sin más protección que su autoridad personal y el apoyo de un chuzo que hacía sonar sobre el asfalto al compás de su andar. Y por si se producía algún altercado o situación problemática contaba, además, con un silbato que inmediatamente de hacerlo sonar, ocasionaba la aparición de media docena de compañeros suyos, vigilantes titulares de las calles adyacentes. Todos ellos cargando toda la noche con un amplio manojo de llaves que suponían un buen peso, ya que el tamaño de las cerraduras, debido a la amplitud de las puertas, exigían unas enormes llaves que en ningún caso bajaban de doce centímetros. Naturalmente era una incomodidad para el vecino, cargar con la de su casa durante toda la jornada, por lo que se prescindía de ella sabiendo que el sereno solucionaría el problema en caso de llegar a casa con el portal cerrado. Porque de noche se cerraban: a las 10,30 en invierno y a las 11 en verano. Y antes de esa hora era imprescindible dejar a la novia en su portal, tras dedicarle una mirada amorosa y un beso furtivo. Otro tipo de efusividad no estaba bien visto. Superar esa hora era causa de comentario público por lo que no era infrecuente que el vecindario se instalara tras sus cortinajes observando a qué hora llegaban las solteras.
A partir de esa hora, nuestra vivienda y nuestro sueño pasaban a depender del sereno. Él lo vigilaba procurando que no se organizaran algarabías en la calle y observando su vigilancia sobre los locales comerciales de cuya jurisdicción dependían.
Así, desde 1844 en que se creó oficialmente en toda España el Cuerpo de Vigilantes Nocturnos, vinieron actuando los serenos. Anteriormente, algunas poblaciones ya habían instalado este servicio público. El primer dato del que se tiene noticia se remonta a 1785 en que los serenos se instituyeron en Murcia.
Lo de sereno, aparentemente, nada tiene que ver con su ejercicio. Pero sí. En su origen estaban obligados, además de vigilar, a vocear las horas y anunciar las características climatológicas, con objeto de que los vecinos supieran a qué atenerse antes de salir de casa. ‘Las cuatro de la mañana y lloviendo’, o chispeando, o nevando o granizando. O ‘las seis de la mañana y serenooooo’. Sereno el tiempo, se entiende. Era lo más habitual, dadas las características de nuestro país, y de ahí surgió la denominación profesional. Los despertadores dieron al traste con esta información horaria.
Hoy en día son frecuentes los actos delictivos que se producen durante la noche, sobre todo los atracos a personas y comercios. Los delincuentes son conscientes del momento en que pasa la patrulla policial, momento en que su objetivo queda desprotegido y apto para sus propósitos. Con el sereno, la presencia era constante y por tanto de ‘estorbo’ para la delincuencia, por lo que cabe preguntarse cuál de los dos sistemas es más práctico, si la patrulla o la ronda. Alguna mente pensante, de las que tanto abundan en el panorama oficial, decidió alrededor de los 80 eliminar a los serenos profesionales por considerar su quehacer anacrónico, al igual que otras muchas profesiones que tradicionalmente han venido realizando una función útil sin que la sustitución -cuando la habido- haya superado la eficacia demostrada anteriormente. Es la estúpida noción del progreso, cuyo argumento es desprestigiar lo antiguo para alardear de modernidad. Sin embargo, los responsables de estas decisiones, normalmente políticas, se mantienen en sus puestos como lo hicieron sus antecesores: cobrando y ocupándose en asuntos de menor importancia para tener abandonados los que verdaderamente la tienen. Esos ocasionan trabajo y quebraderos de cabeza por lo que es más práctico dejarlos a un lado y que los resuelva el siguiente.. Claro que de la misma forma que se suprimieron, cualquier día algún pensante municipal, en una inesperada aparición por su despacho una vez aparcado el Jaguar y entre entrevista y entrevista para los medios de comunicación, decide lo contrario y recupera a los serenos.












