Diariamente tengo que desplazarme 50 km para acudir a mi puesto de trabajo, y al terminar la jornada laboral otros tantos para regresar a mi casa. En circunstancias normales, es decir fuera de las horas punta que son las menos a lo largo del día, el recorrido se hace en 35 minutos más o menos. En esas horas en que todos coincidimos para acudir al trabajo, el tiempo invertido no baja de entre hora y media y dos horas. Una auténtica desesperación y un enorme despilfarro de combustible quemado. Combustible, bien sea gasolina o gas oil, que tiene un precio y nada económico, por cierto. Sin embargo, he observado que en los últimos meses, desde octubre aproximadamente, la cantidad de vehículos se ha visto reducida y por lo tanto se avanza un poco más. ¿Qué ocurrido para este descenso? No hace falta ser muy agudo ni economista para darse cuenta: la crisis económica que nos afecta ha reducido nuestro poder adquisitivo y los posibles del ciudadano normal sin acceso a los canales de enriquecimiento rápido y usuarios de coche oficial, no alcanzan a repostar con la misma frecuencia con que lo venía haciendo hasta el pasado verano. Hay que compartir coche con un vecino que hace el mismo trayecto o utilizar el transporte colectivo aprovechándose de las distintas bonificaciones que se conceden para su uso.
Cabe otra posibilidad que me ha venido a la memoria con la que me temo no estarán muy de acuerdo los responsables de las compañías petroleras.
Mi infancia no tiene recuerdos de un patio sevillano ni de un huerto claro donde el limonero madurara, como la de Antonio Machado, no. Mis referencia infantiles y de gran parte de mi juventud son las de una calle madrileña típica, reflejada en textos literarios y coplas populares: la Cava Baja, en el castizo barrio madrileño de La Latina. Tan castizo que adoptó ese nombre que es con el que se apodó a Beatriz Galindo, la preceptora de Isabel la Católica, no por ser una de las mujeres más cultas de su época sino por dominar el latín.
En la actualidad es zona de esparcimiento para la juventud que recorre los bares por allí instalados la noche de los viernes y sábados. Hace cincuenta y tantos años era lugar de llegada para los vecinos de los pueblos que rodean Madrid y los de Extremadura, Ávila, Segovia, Salamanca, Ciudad Real o Toledo. Alcázar de San Juan, Talavera, Lagartera… Por allí llegaban a Madrid las finas labores de hilo tejidas por las hábiles manos lagarterenas a las que se canta en la zarzuela ‘El huesped del sevillano’: ‘Lagarteranas somos, venimos todas de Lagartera, lindos encajes traigo de Lagartera y de Talavera…’ También los mieleros y queseros que iban ofreciendo sus mercancias de piso en piso, de puerta en puerta. Y los vinos de Toledo y de La mancha. Y quien venía con la lista de los encargos que le habían hecho en el pueblo y volvía con todos ellos ganando por el recado algún mísero jornal. Además, todo ello, como se venía haciendo desde el XIX, los carros tirados por yuntas de mulas portadores de mercancías varias. Carreteros y caballerías tenían su aposento en alguna de las muchas posadas existentes que todavía perduran aunque convertidas en restaurantes de moda. Otras desaparecidas. La posada del León de Oro, la de San Isidro, la de San Pedro, la del Dragón, la de la Villa, el Mesón del Segoviano.
Los caballos de vapor, sin embargo, fueron sustituyendo a los de tiro y la calle pasó a llenarse de vehículos de viajeros -coches de línea se llamaba entonces a los autocares- aunque de pequeñas dimensiones y escasa capacidad y otros -camionetas, porque no llegaban ala categoría de camiones- que continuaron la labor desarrollada por las anteriores carretas. Los arrieros, por tanto, pasaron a ser chóferes. Muy bien, muy moderno conforme al desarrollo de los tiempos. Pero surgió lo imprevisto para aquellos negocios de transporte recién iniciados: la crisis del combustible, la escasez de gasolina debida a la total dependencia del exterior en cuanto al suministro, lo que obligaba a su racionamiento pagado a un alto precio. Vamos, que las cosas no cambian. Había que encontrar una solución y la imaginación dio con ella. Se inventó el gasógeno. Era un artefacto de considerables proporciones que permitía quemar carbón o leña produciendo gases que accionaban el motor de explosión igual que la gasolina, aunque con menor potencia. La cosa funcionaba, más mal que bien pero funcionaba, aunque con el inconveniente de tener que transportar, además del aparato del gasógeno, el carbón o la leña que consumía. Incluso, llegado el caso, con cáscaras de almendra y avellanas y hasta huesos de aceiuna. Todo valía con tal de que fuera combustible. Los viajeros tenían que bajarse de los coches cuando éstos enfilaban una cuesta arriba, pero se logró superar el momento crítico y el país continuó su proceso de adelanto a pesar de la situación de posguerra. Su popularidad -necesidad obliga- hizo que proliferaran los fabricantes de gasógenos que, en 1942, llegaron a 38. El transporte colectivo en la ciudad superó la situación inventando e implantando el trolebús que circulaba gracias a la electricidad.
Poco a poco las cosas se fueron solucionando, apareció el 600 y todas esas cosas que ya sabemos y la venta de gasolina también se liberó. Más tarde se produjo la invasión de vehículos que ahora conocemos y… de nuevo la crisis. Gran parte del personal tiene que dejar su vehículo en casa porque el sueldo no le alcanza para atender sus necesidades y las que el vehículo le exige. Las calles están algo más despejadas en las horas punta, pero a este paso y al precio que está el combustible no sería extraño que un día aparecieran de nuevo los gasógenos. Con permiso de los ecologistas, claro, que protestarían porque se quemaría leña y habría que cortar árboles y… bueno, lo de siempre.












