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Cabecera Me Viene A La Memoria

PREMIO PARA EL MÓVIL Y EL E-MAIL

Si nos remontamos a nuestra niñez, incluso a nuestra adolescencia y juventud, hay aspectos que en aquellos tiempos fueron impensables. Del mismo modo que tiempos más atrás nadie pudo imaginar lo que posteriormente la ciencia y la técnica serían capaces de desarrollar. El tren, por ejemplo, a principios del siglo XIX era algo que queda fuera del alcance de la más avanzada imaginación cuya precocidad únicamente podía alcanzar a pensar en una carreta o una carroza más cómoda y ligera. No digamos la aviación. Los caminos de tierra y el mar eran la única solución para desplazarse. Sólo la imaginación de Julio Verne fue capaz de idear artilugios que el tiempo y la investigación se encargaron de hacer posible.
 
Otro tanto, si de fantasía se trata, se refiere a las posibilidades de comunicación oral o escrita. Se habían desarrollado los sistemas de correo, que ya nada tenían que ver con los utilizados por Miguel Strogoff ni los de postas, realizados a uña de caballo. En todos los casos, empleando una ingente cantidad de tiempo. El telégrafo algo aportó en el mundo de las comunicaciones y mucho más el invento del teléfono. Con toda su problemática para establecer la comunicación, aquel aparato negro, tan escaso en los hogares, supuso el contacto, por ejemplo, con los miembros de la familia que vivían alejados. Enfrentados a la pared donde estaba instalado el teléfono, tras largas horas de espera y a voces, casi siempre, para intentar una mejor audición, dejábamos constancia de que seguíamos bien y sabíamos que el familiar también lo estaba.
 
Para las tragedias, la desaparición de un ser querido por ejemplo, se seguía utilizando el sistema epistolar: ‘el primo Manolo falleció y vuestra tía no anda muy bien; el lunes iremos al médico’. La carta se recibía, no antes de ese lunes, sino cinco días después, con el diagnóstico ya establecido de cuyo resultado nos enterábamos un mes después; con suerte. Y carta para arriba, carta para abajo, siempre fuera de tiempo. Mientras, la telefonía fue avanzando y desarrollándose su uso, hasta convertirse en algo imprescindible para nuestra comunicación. Llegó el momento en que no era necesario pedir el establecimiento de llamada a la telefonista. Descolgar el propio aparato, marcar y… escuchar un ‘dígame’ desde el otro lado del hilo. El no va más, aunque fuera necesario hacerlo desde el propio domicilio o desde el puesto de trabajo; desde el lugar donde estuviera instalado el teléfono. Pero la cosa, con ser mucho, no quedó ahí.
 
Martin Cooper debía (debe, porque vive) tener un carácter inquieto y no soportar el tener queestar quieto mientras hablaba. Y el hilo no alcanzaba el metro de longitud. ‘Lo ideal –pensó– sería un aparato con el que uno se pudiera desplazar de un lado a otro para coger una cerveza de la nevera, o abrir la puerta de casa si en ese momento llaman, o desentumecer las piernas…’ Dicho y hecho. Sin más, inventó el tléfono móvil. Móvil, aunque se necesitaban unas ciertas características física para utilizarlo ya que el artefacto pesaba un kilo y medía 25 cm. Sin embargo, sirvió para establecer la primera llamada utilizando el nuevo sistema. Fue el 3 de abril de 1973. Se acaba de iniciar la revolución en el mundo de las comunicaciones. La implantación del teléfono móvil se hizo masiva hasta el extremo de que más de la mitad de la humanidad dispone de uno. Desaparecieron las disculpas de ‘salí muy tarde y no te pude avisar’ y otras por el estilo. En todo momento estamos localizados y podemos localizar. En el coche también, incluidos los sistemas necesarios para no tener que desprender las manos del volante, aunque de esta aplicación no se ha enterado todavía todo el mundo si hemos de juzgar por lo que se ve en las carreteras.
 
Hoy, utilizando el móvil, cuya tecnología ha evolucionado hasta límites insospechados, tenemos acceso a infinidad de servicios que van desde el uso normal de un teléfono convencional a los mensajes escritos y los de voz, pasando por la utilización deInternet, agenda, calculadora, máquina fotográfica, posibilidad de visionar fotos y vídeos y muchos etcéteras. Al final, a pesar de todos los avances, lo seguimos usando para hacer lladas, recibirlas y como mucho mandar o recibir mensajes de texto. Las demás aplicaciones casi siempre están de más. Ahora, el señor Cooper está empeñado en desarrollar un aparato tan pequeño que pueda instalarse detrás de una de nuestras orejas y actúe a través del pensamiento cuando deseemos llamar a alguien. En el caso de recibir una llamada, ésta avisará a través de un pequeño cosquilleo.
 
Pero todavía se dan más avances en nuestras comunicaciones. ¿Y si en vez de hablar lo que deseamos es escribirnos con alguien y que nos conteste para que quede constancia? ¿Volver otra vez al papel, la máquina de escribir o la estilográfica, el sobre, el sello, el cartero…? Pues no. Ahí es donde aparece el ingeniero estadounidense Raymond Samuel Tomlinson e inventa el correo electrónico. Útiles imprescindibles: que el que escriba un correo bajo estas características –un email– tenga un ordenador con acceso a Internet y lo mismo el destinatario del mismo correo. Eso sí, sin olvidar de intercalar el signo @ entre el nombre del destinatario y el del servidor. De lo contrario la cosa no funciona. La @ acerca de cuyo significado hay muchas versiones. La más aceptada es que tiene su origen en una práctica de los copistas de la Edad Media que utilizaban el mismo signo para ligar las letras ‘a’ y ‘d’ y formar así la preposición latina ad, que significa ‘hasta’ o hacia’. En lo que no estoy de acuerdo con el señor Tomlinson es que el texto del su primer correo fueran las letras superiores del teclado. Hubiera sido más práctico y de más espabilado, que pusiera un mensaje a una compañera de la empresa que dijera, más o menos: ‘De Tomlinson @ lachicamásguapadelaoficina’ y proponerla una cita. Ella, impresionada por el novedoso sistema de ligar, seguro que hubiera aceptado. Este descubrimiento se implantó con posterioridad en la mayoría de las empresas.
 
Algo que nos parece tan normal tuvo, como es lógico, su proceso de investigación que Tomlinson desarrolló a escondidas de los jefes de la empresa en que trabajaba. En 1971 consiguió intercambiar mensajes entre varios ordenadores, dando lugar con ello al nacimiento del correo electrónico que todos sabemos lo que es. Como los correos transportados por Miguel Strogoff, pero instantáneos. Y pudiendo mandar fotos y canciones y enlaces para localizar otras informaciones y… muchas cosas. Nuestros nietos nos preguntarán, cuando crezcan, ¿qué era una carta?
 
Y como estos inventos están muy bien y mejoran nuestra calidad de vida, pues los miembros que componen el jurado del Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica acaban de decidir que el premio de este año sea para estos dos ingenieros norteamericanos. Enhorabuena.

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