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Cabecera Me Viene A La Memoria

EL REY DE LA TORERÍA

Aunque la temporada se inició cuatro meses atrás con la feria valenciana de San José, lo cierto es que ahora, por estas fechas, es cuando la fiesta de los toros adquiere todo su esplendor. Cuando se intensifica el número de corridas a lo largo y ancho de toda la geografía española, bien en temporadas de abono o en festejos locales con motivo de alguna festividad o fecha tradicional.


A pesar de la cantidad de ‘antitaurinos’, ya que es una actitud que se ha puesto de moda, lo cierto es que las plazas se siguen llenando de aficionados. O no tanto, pero que acuden a las convocatorias taurinas porque, como en el caso contrario, también hace ‘chic’ manifestarse como entendido en el arte de Cúchares. Los tendidos, hoy, que no ayer, se nutren de gente ‘trajeada’ donde no falta la chaqueta ni la corbata que a uno se le antojan prendas incómodas para acomodarse en un asiento de piedra o de madera. Ellas, con sus mejores galas de diferentes estilos y firmas de prestigio. Manolo Escobar ya no tendría que recomendar: ‘No me gusta que a los toros te pongas la minifalda’. Hoy los toros son como antaño la ópera, tan socializada en la actualidad. O sea, que las cosas se han dado la vuelta. Casi, casi, la ropa de etiqueta para los toros y los vaqueros para la ópera con zapatillas deportivas. El final es el de siempre: que hay toreros que lo hacen bien y quienes lo hacen mal, e igualmente en la lírica donde se escuchan magníficas voces y a otros vocear.


Por esos ruedos andan Morante de la Puebla, el Fundi, el Fandi, el Cid, Perera, el Juli y un largo etcétera encabezado por José Tomás que arrasa por donde va con su particular forma de concebir el toreo y de enfrentarse al peligro desde la quietud, la impasibilidad. Su caché es multimillonario pero los empresarios lo compensan con la gran afluencia de público que asiste a presenciar los carteles en que participa el torero madrileño. Un público que, normalmente, no sale defraudado aunque muchas tardes suponga la visita del torero a la enfermería.


Remontándonos en el tiempo, que en definitiva es lo que justifica la existencia de este blog, nos plantamos cincuenta años atrás y nos encontramos con otro torero que igualmente cautivó el interés de la afición hasta convertirse en un mito, cuyo nombre sigue hoy tan vivo como entonces a pesar de llevar unos años retirado. Me refiero a El Cordobés, a Manuel Benítez, un ídolo tanto en las plazas de toros españolas como en las de Latinoamérica y Francia. Ídolo, igualmente, fuera de los ruedos.


Hace 50 años, en 1959, se vistió  por primera vez de luces en Talavera de la Reina, en el mismo escenario que se produjo la muerte de Joselito en 1929 atravesado por la cornamenta de ‘Bailaor’. Cuatro años anduvo El Cordobés como novillero, granjeándose una merecida popularidad y acumulando unos considerables dividendos, hasta que en 1963 Antonio Bienvenida le dio la alternativa, en Cordoba, convirtiéndole en matador de toros. Desde entonces se enfrentó a cientos de astados de cuyos encuentros salió victorioso, aunque muchas afectado en su integridad física por el encuentro. El centenar de encierros lo superó, incluso, en varias temporadas. Su temeraria forma de torear le llevó en varias ocasiones al sanatorio, muchas veces con pronóstico de gravedad. De todos los percances salió y la aclamación del público fue en aumento hasta que optó por abandonar los ruedos en 1971, aunque con alguna incursión posterior.


Su estilo, aunque poco ortodoxo y no exento de polémica entre los puristas, convirtió a un ilusionado joven con vocación torera, en uno de los personajes más populares del siglo XX, sobre todo de la década de los 60. Y en vida, porque afortunadamente su presencia siempre risueña y su personalidad campechana permanece entre los humanos, fue reconocido, entre otros muchos galardones, como ‘Califa del Toreo’, el quinto. Sus antecesores, ‘Lagartijo’, ‘Guerrita’, ‘Machaquito’ y ‘Manolete’, todos cordobeses como exige la preciada distinción, fueron elevados a esa categoría taurina tras su desaparición de este mundo.


Algo que, seguramente nunca soñó aquel joven de Palma del Rio (Córdoba), hijo de una humilde familia, que vio el mundo por primera vez recién iniciada la contienda civil española. Contagiado, quizá del ambiente bélico, él también se propuso dar ‘guerra’ desde la profesión que eligió. Y lo consiguió, aunque a base de lucha, de días de hambre y de numerosas cornadas que dejaron huellas en su cuerpo. Con tanta personalidad, con tanto arraigo popular, que la literatura y el cine se preocuparon de él no sólo para servirse de estas características buscando el beneficio económico en la venta de libros y la comercialidad taquillera, sino para dejar reflejada la vida que desarrolló hasta alcanzar el éxito, utilizando una frase del torero para dar título a la obra conjunta de Larry Collins y Dominique Lapierre: ‘O llevarás luto por mí’. La sentencia fue pronunciada por ‘El Cordobés’ a Angelita, su hermana, cuando ésta le imploraba que no se vistiera de luces. ‘Te voy a comprar una casa… o llevarás luto por mí”. La frase, impresa en la portada del libro, convirtió el proyecto editorial en un best seller, como anteriormente lo fueron, bajo la inspiración de los mismos autores, ‘Oh Jerusalem’ o ‘Chacal’.


Como ocurre con casi todos los toreros, el nombre de El Cordobés también sirvió para dar título a un pasodoble, pero en este caso alcanzando notable popularidad de ventas y audiciones. Como el ‘rey de la torería’, se le calificaba en él.


http://www.youtube.com/watch?v=Uq48gm8FqPY


Ciertamente lo fue, gustara o no, que para gustos se han hecho los colores. Habrá quien recuerde sus zapatillas aferradas a la arena, despreciando al peligro, y quien lo haga rememorando el ‘salto de la rana’. Los de nuestra edad le vimos torear, o asistimos al relato de sus faenas; quienes nacieron más tarde no le alcanzaron a ver en los ruedos pero su nombre –Manuel Benítez– y su apodo –‘El Cordobés’– no les resulta desconocido. Saben perfectamente quién es aunque se cumplan 50 años de su incorporación a la Fiesta Nacional. Figuras con personalidad es lo que hace falta en el panorama actual para que la Fiesta no decaiga. Si, de paso, tampoco se caen los toros, objetivo logrado. La Fiesta será eterna aunque sus detractores se empeñen en lo contrario.

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