Tal y como suena, hay muchas personas que celebran la muerte de un torero argumentando que de lo contrario ‘el muerto hubiera sido el toro’ y que ‘el torero se lo ha buscado’ y que ‘por las veces en que el ‘asesino’ es el torero’ y argumentos por el estilo derivados del progresista (¿) antitaurinismo, acompañados de protestas y manifestaciones en defensa del toro. Entre estos defensores tengo algunos amigos que no los hice, precisamente, hablando de tauromaquia. Tengo otros amigos que les trae sin cuidado el arte de Cúchares pero se limitan a ausentarse de cualquier tema que se relacione con él sin anatematizar a nadie, que es lo lógico; allá cada uno con sus gustos. Los demás son aficionados; con mayor o menor intensidad, pero aficionados. De vez en cuando se acercan por alguna plaza de toros y como la mayoría no son demasiado exigentes en cuanto a chicuelinas y estocadas hasta lo pasan bien. Porque a los toros se va, ante todo, a pasarlo bien. –‘¿A dónde vas?’ – es preguntado alguien y la respuesta es siempre optimista y alegre: – ‘¡A los toros!’ – Cuando a la misma persona se le pregunta dos horas después –‘De dónde vienes?’ – la contestación suele ser decepcionada y triste: –‘De los toros’– Porque el aficionado es raro que salga de la plaza totalmente satisfecho, siempre encuentra argumentos para criticar la actuación de los diestros. Dicho sea de paso, los diestros, que así se denomina a los toreros, son mucho más reconocidos cuando torean con la mano izquierda; una incongruencia. Esto demuestra que los aficionados nunca nos conformamos del todo con lo que vemos en el ruedo. Siempre creemos saber más que el propio torero. Y cuando se produce la aclamación unánime es que la ‘faena’ realizada es algo fuera de serie, por encima de lo normal.
Ni el mismo Paquirri, con ser la figura que fue en el mundo del toro, se libró de las críticas de los puristas. ‘Valentía no le falta, pero sí elegancia’, ‘es algo tremendista, no tiene el arte de don Antonio (Ordóñez) ni de Curro, ni siquiera de su hermano José’, ‘entre él y el Cordobés me quedó con Paquirri, por supuesto, pero no me termina de convencer, excepto con las banderillas’…, siempre hay algún ‘pero’ para los toreros por mucho que se esfuercen en agradar a todos, por mucho que sea su arte, por mucho que se expongan. Incluso si son cogidos por el toro, la culpa se le echará al torero que ‘no estaba en su sitio’, que ‘no supo ver las dificultades por el pitón derecho’, que ‘no era ésa la lidia que correspondía’… Lo cierto es que haga lo que haga el torero, con conocimientos suficientes o falto de ellos, en muchas ocasiones el ganador de la pelea es el toro y la víctima el torero. Incluso víctima mortal como le ocurrió a Francisco Rivera ‘Paquirri’ hace 25 años en la plaza cordobesa de Pozoblanco. Como les ocurrió a otros muchos desde aquella primera referencia a una muerte en el ruedo que se remonta a 1771 cuando, en la plaza del Puerto de Santa María (Cádiz), un toro mató a José Cándido al intentar hacer un quite a un compañero en apuros. Así lo recogió la copla popular:
‘En er Puerto murió er Cándido
y ayí remató su fin;
le mató un toro de Bornos
por librá a Chiquilin….’
Posteriormente la lista es enorme tanto de figuras como de quienes no lo eran pero que corrieron igual mala suerte al enfrentarse con la muerte y perder. Joselito, Limeño Chico, El Espartero, El Campeño, José Falcones, El Chocolate, Manuel Granero, José Rodríguez ‘Pepete’, Ignacio Sánchez Mejías, Curro Guillén (que por patriotismo hubo de emigrar a Portugal negando su adhesión a la dominación de los franceses que requirieron su colaboración), Lagartijo, Granero, Frascuelo, Gitanillo de Triana (Francisco, ya que su hermano Rafael utilizó el mismo apodo), Paquiro (como consecuencia de una cornada de la que no logró recuperarse), Joaquín Camino (hermano de Paco), José Mata, Soto Vargas, Manolo Montoliú, Antonio Montes (cuyo cadáver ardió tras caer sobre él, accidentalmente, las velas del catafalco mortuorio), Antonio Bienvenida, Juan Álvarez Salas, El Yiyo, Manolete… Muchos antes que Paquirri y algunos también después, a pesar de los avances habidos en la medicina y la cirugía general y en la taurina en particular. Es el riesgo y también la gloria de exponerse ante un animal salvaje de 600 kg dotado de fina cornamenta, cuya misión en el ruedo es defenderse y agredir todo lo que le sea permitido. Luchar, en definitiva y en la lucha entre dos uno de ellos pierde para que el otro gane.
En Pozoblanco, hace 25 años, ganó la bestia aunque al torero lo convirtió en mito. Los cuernos de ‘Avispado’, de la ganadería de Sayalero y Bandrés, se quedaron, en sus puntas, con la vida de Francisco Rivera ‘Paquirri’. Había nacido 36 años antes en Zahara de los Atunes (Cádiz) en una familia de gran afición taurina. Su padre, el novillero Antonio Rivera, y uno de sus hermanos, el matador de toros José Rivera ‘Riverita’, intentaron probar suerte en los ruedos, aunque sin demasiado éxito. No obstante, esa ilusión paterna le llevó a aficionarse; casi podría decirse que la profesión le fue impuesta. Su padre, conserje en el matadero de Barbate, le colocaba ante los novillos que hasta allí llegaban para ser sacrificados; animales sin casta ni raza para los ruedos que más que embestir, lo que hacían era proporcionar tremendas palizas a los dos hermanos Rivera ante la mirada del padre que les iba indicando qué tenían que hacer. Tanta fue la dedicación al aprendizaje taurino que apenas conocieron el del colegio. Pero aprendieron a colocarse en el ruedo y a defenderse artísticamente de las embestidas. Ello, unido a la valentía y ambición de Francisco por ser figura, hizo que lo consiguiera. Algo tuvo que ver José Flores Camará, quien fuera apoderado de Manolete, que ante las posibilidades observadas decidió dirigir su carrera logrando convertirle en la figura que supo encontrar un hueco entre quienes lo eran por entonces: Ordóñez, El Cordobés, Curro Romero… Corría el año 1965 y ocho más tarde, además de las páginas taurinas, su nombre pasa a formar parte de las de sociedad en toda la prensa por su boda con la hija de uno de sus competidores en los ruedos: Antonio Ordóñez.
Carmen Ordóñez, hoy también fallecida en trágicas circunstancias, tenía en 1973 diecisiete años. Del matrimonio nacieron dos hijos, Francisco y Cayetano, que en la actualidad son primeras figuras del toreo, siguiendo la tradición de sus dos ramas familiares. Ello, sin contar su presencia en los ambientes de actualidad social, en las pasarelas de moda o en el mundo de la rumorología mediática (léase cotilleo) tras el fracaso matrimonial de ambos y sus sucesivos devaneos con el sexo contrario. El matrimonio Ordóñez-Paquirri, sin embargo, no fue duradero pues se trataba de dos almas antagonistas. En 1983, tras un breve noviazgo, Paquirri volvió al altar para emparejarse con la ya popular tonadillera Isabel Pantoja, en una boda/espectáculo, en Sevilla, que acaparó todas las aperturas de la información mediática. Con la cantante tuvo un nuevo vástago, Quico, frecuente también actualmente en apariciones televisivas (que son las pagadas) aunque por razones muy distintas a las de sus hermanos y en programas que nada tienen que ver con la tauromaquia. La relación con su padre apenas duró 7 meses puesto que el 26 de septiembre de 1984 Paquirri perdía la vida en el ruedo de Pozoblanco. Una cogida que casi fue vista en directo puesto que un operador de televisión rodó la trágica escena, acompañó con la cámara al herido hasta la enfermería carente de recursos médicos y allí permaneció un tiempo recogiendo sus últimos momentos. Unos momentos, cuando la muerte ya anunciaba su presencia, en los que el torero supo transmitir serenidad a todos los presentes, médicos incluidos. –‘Doctor, la cornada es fuerte; tiene al menos dos trayectorias, una ‘pacá’ y otra ‘pallá’. Abra todo lo que tenga que abrir, lo demás está en sus manos. Ahora tranquilo, sólo le pido un vaso de agua para enjuagarme la boca’–. Su mente estaba consciente y también lo era de la situación a la que, igual que sus compañeros de profesión, sabía que estaba expuesto desde el momento mismo de vestirse de luces cada tarde. Poco después el torero espiraba camino de un hospital en la capital cordobesa. Moría así la máxima figura del toreo de aquel momento. Fue hace 25 años. Isabel Pantoja se convirtió en la viuda de España y hasta abandonó los escenarios, pero un año después reaparecía con un disco dedicado íntegramente a la memoria del que fue su marido: ‘Marinero de luces’.
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