;
Cabecera Me Viene A La Memoria

LA CREMA DE LA INTELECTUALIDAD

Algunas quedan pero ya no son frecuentes las puertas giratorias en los locales públicos. Si acaso, esas enormes que franquean la entrada en algunos hoteles, pero que no producen ningún tipo de inseguridad al pasar por ellas como ocurría con las antiguas de las que, ya digo, alguna queda como vestigio de una época art decó. Enfrentarse a su turbulencia suponía un ”¿me dará tiempo a salir sin dar un traspiés? ¿no se me enganchará un brazo? ¿tropezaré en el momento de incorporarme a la rueda y quedaré en el suelo dando vueltas y más vueltas  a merced del giro?” Las preguntas nos las podíamos plantear en cualquier momento ante una de estas puertas dispuestas a centrifugarte, sobre todo teniendo en cuenta las prevenciones recomendadas por nuestras madres contra ellas durante nuestra infancia. Las mayores dudas, no obstante, sobre una perfecta utilización eran al tratar de acceder al bar Chicote. No eran distintas a otras, pero de su mal uso sí podía testificar un público –además del lógico en cualquier establecimiento de bebidas– compuesto en gran parte por señoritas que, sentadas en las sillas metálicas del local,  esperaban su oportunidad para poder hacer frente a las exigencias fiduciarias impuestas por la patrona de su pensión. Atender al giro de la puerta e intentar cubrir de un vistazo el ambiente del local para elegir el punto donde acomodarse no era tarea fácil, por lo que se hacía imprescindible ejercer la asistencia frecuente al establecimiento en cuestión al objeto de estar entrenado en los giros, si no se quería ser el origen de una tumultuosa y espectacular carcajada.


Personalmente no tuve necesidad de hacer la peligrosa entrada por la sencilla razón de que, a diario, prácticamente, hacía el recorrido aunque a la inversa. La salida ya es otra cosa puesto que el giro de las puertas te lanza a la calle dejando atrás la rectangular sala y sus ocupantes. La sede central de la emisora en que trabajaba en aquella etapa de mis comienzos profesionales y de mi  juventud, estaba frente a Cook, una tradicional wiskería que fue punto de reunión de políticos antes de la guerra civil y que, con el tiempo, incorporó Perico Chicote a su establecimiento principal de la Gran Vía y al célebre Museo de Bebidas. No era yo entonces ––ahora menos–– gran aficionado al aperitivo del mediodía, pero no estaba de más aceptar la invitación de los jefes al célebre Cook donde sólo había que cruzar la calle. Allí, Vicente, se encargaba de que no faltara nunca el plato de almendras, el de patatas fritas y el de unas sabrosas aceitunas con las que acompañar las bebidas correspondientes, a la vez que relataba, orgulloso, los prodigios deportistas de un hijo suyo en no recuerdo qué disciplina. El público era casi una tertulia compuesta a diario por los mismos, la mayoría políticos, pero sin hablar de política más allá de la noticia del día. Los acontecimientos deportivos, los de negocios particulares, o los femeninos eran más importantes como tema de conversación. A ella, aunque fuera durante breves minutos, se unía todos los días don Pedro, que no era otro que Perico Chicote, el propietario del establecimiento, al que nunca se le olvidaba saludar a los clientes habituales. La salida, por tener mejor acceso a los medios de transporte y debidamente autorizados por el patrón para atravesar los espacios que comunicaban ambos establecimientos, la solíamos hacer por la puerta de la Gran Vía, con lo que queda explicado el que yo en vez de entrar a Chicote, lo que hiciera es salir. Además, a las tres de la tarde.


Entrando o saliendo, lo cierto es que el bar Chicote me ha venido a la memoria porque, al parecer, es el local favorito de encuentro para los más ‘progres’ del momento madrileño. Los mismos, con sus seguidores, que durante “la movida” de los años setenta arremetieron contra los ‘carrozas a los que se les había parado el reloj ante la barra de Chicote’, el emblemático establecimiento al que cantó el mexicano Agustín Lara en su schotis ‘Madrid’.


http://www.youtube.com/watch?v=wvd-u7nC1DY


Quedó bien claro: “En Chicote, un agasajo postinero, con la crema de la intelectualidad…” La intelectualidad y todo el famoseo de la época a nivel nacional e internacional ya que por Chicote, a modo de embajada en el centro de la capital de España,  pasó Rainiero de Mónaco, la Princesa Soraya, Jacinto Benavente, Ernest Hemingway, Orson Welles, Salvador Dalí, Agustín Lara, Carmen Sevilla, Cela, Frank Sinatra, Grace Kelly, Ava Gardner, Rita Hayworth, Sofia Loren, Walt Disney, Gary Cooper, Liz Taylor, Cantinflas, Bette Davis, Audrey Hepburn, Charlton Heston, Gregory Peck, … y un largo etcétera entre la que no puede pasar por el olvido la visita del presidente Eisenhower, en 1959, que elogió aquel ‘templo neutral y feliz’,  ni la de Alexander Fleming, el descubridor de la penicilina y la única persona que consiguió de Perico Chicote que le regalara una botella de su colección. Aunque la colección, más que de botellas de licor puede decirse que era de personalidades. Estos nombres  han sido sustituidos por Alejandro Amenábar, Alaska, Pedro Almodóvar, Rafael Amargo, Eduardo Noriega, María Esteve, Paz Vega, Loles León, Paz Vega, Cayetana Guillén Cuervo y en general todos los que dicen representarla o quienes aspiran a certificación de modernidad, aunque más bien parecen melancólicos de otros tiempos. Lo que pasa es que Chicote lo inventaron los modernos de otra época, no los de ahora.


‘Chicote’ lo inventó su propietario, don Pedro, en 1931, tras haber recorrido, como empleado, diversos establecimientos en los que adquirió los conocimientos necesarios para ejercer como barman y especializarse en los secretos de la alquimia para crear cocktailes, o cócteles, o combinados. No tardó en convertirse en el referente de la vida cultural y del ocio madrileños durante buena parte del siglo XX. Tras la barra, nunca preguntó la filiación política a quien le pedía un coktail; para unos y para otros lo que siempre había era una sonrisa y unas palabras cargadas de simpatía. Su establecimiento acogió, durante la guerra civil, a los simpatizantes de ambos bandos, a los periodistas nacionales y extranjeros, a diplomáticos, políticos, vividores de la noche, faranduleros, y a todos cuantos se interesaran por sus sabias mezclas en la coctelera. Prueba de ello es que fue Julián Besteiro, presidente del PSOE, quien le ofreció gestionar el bar del Congreso de los Diputados, cuya concesión mantuvo Chicote desde 1934 hasta el periodo de la Transición. Porque nadie, tampoco, supo a ciencia cierta la ideología política del barman madrileño, aunque según parece se inclinaba por la monarquía. Lo suyo era la coctelería y la simpatía; ésta sin ningún tipo de combinación con angostura, ni jarabes, ni toques de la falsa alegría que el alcohol proporciona. En 1947 añadió al bar su famoso Museo de Bebidas iniciado a partir de una botella con que le obsequió años atrás un diplomático brasileño y a la que siguieron otras que pertenecieron desde Napoleón al astronauta Neil Armstrong, a estrellas de Hollyvood o a jefes de Estado y con él la popularidad de Chicote por todo el mundo. La de Perico y la de sus cocktails a base de champán francés, de whisky irlandés o escocés, de Oporto criado donde el Duero finaliza, de ginebra inglesa… así como otros más inofensivos con ausencia de alcohol, aunque igualmente sabrosos y reconfortantes. El gin fizz, el mojito criollo, el cuba libre, el yacaré, el martini dry, el daiquiri, el Jockey club, el Knickerboker, el Uzcudun, el Pierrot… Y el ‘Chicote’, a base de Grand Marnier, vermouth rojo y ginebra. Para todos los gustos, aunque no apto para todos los bolsillos en cuyo caso había que recurrir a su colega hostelero, Peces, en el hotel Tirol, mucho más asequible para la esmirriada economía de las parejas de novios en unos tiempos en que era él chico quien pagaba. Nada de “cada uno lo suyo”, como ahora, que además es lo lógico con los principios de igualdad que se han impuesto.


El bar, tras sufrir algunos altibajos, parece haber encontrado su rumbo volviendo a lo que siempre fue; con su misma decoración, las mismas fotografías de famosos, la misma barra, las mismas mesas, las mismas sillas, ahora ocupadas por el nuevo modernismo que un día se rebelaba contra el estilo Chicote… Con el mismo estilo impuesto por su creador, en 1931, el mítico bar fue elegido hace cinco años como el mejor de Europa por la cadena de televisión MTV junto a la marca Campari. Todo se conserva en él aunque con la falta, eso sí, de don Pedro, a quien la diabetes le impedía degustar y disfrutar de sus creaciones con la coctelera.


Como todo en esta vida,  ‘Chicote’  tocó a su fin con la desaparición de su creador, Pedro Chicote Serrano, de cuyo nacimiento, en Madrid, se cumplen 110 años. Fue el día de Navidad de 1977, el mismo día que Charlot también optó por abandonar el mundo. Se marcharon juntos dos hombres que, en el siglo XX, más hicieron para que el ser humano pudiera tener unos momentos de felicidad pudiéndoselos costear.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>