Este año de 2010 se beatificará en Granada –allá por septiembre, el 12 concretamente– a Fray Leopoldo de Alpandeire. Fue un fraile capuchino en el que multitud de andaluces, sobre todos los granadinos, tienen puesta su devoción. Es fácil comprobarlo visitando el convento en el que vivió prácticamente durante toda su larga existencia en este mundo. Nació el 24 de junio de 1864 en Alpandeire, una pequeña localidad en la malagueña serranía de Ronda donde se produce una extraordinaria repostería artesanal, y falleció el 9 de febrero de 1956 en Granada. Tenía, por tanto, 92 años. Casi, para los meticulosos.
Se beatifican y canonizan a las personas que en vida han demostrado signos de santidad a través de su virtud y ejemplos, e incluso después de abandonar este mundo han seguido ejerciendo sus capacidades a través de los milagros. Al menos así lo requiere la Iglesia Católica cuando decide elevar a alguien a los altares. Fray Leopoldo está entre esos elegidos. Me he fijado en él y no en otros, cuya santidad no discuto ni se me ocurre poner en entredicho, porque en una de esa visitas que los turistas hacemos al que fue su convento, me dí cuenta de algo que hasta entonces no se me había ocurrido y que, de alguna manera, dejó huella en mi posterior comportamiento.
Granada, junto con Toledo y Sevilla –hay otras¬– es una de las ciudades españolas donde me pierdo con frecuencia. Quiero decir que es donde se me puede encontrar si me pierdo, no que me pierda en ellas. No voy ahora a glosar todos los encantos de la que fue última resistencia árabe en la Reconquista, porque de sobra son conocidos. Había estado con anterioridad muchas otras veces, pero en un determinado momento surgió la visita, sin otra pretensión que el turismo, al edificio capuchino.
En él se exhibe la que fue celda de fray Leopoldo, o una réplica no sé. Es lo mismo. Dispone de una cama, una mesa, una silla un lavabo y una estantería con algunos libros. Supongo que en las inmediaciones dispondrá de una cocina y un wc. De repente surgió en mi pensamiento en que eso es todo lo que tengo y de lo que disfruto en mi casa, con sus más de 300 m2. “Es todo –pensé– lo que me hace falta y todo de lo que realmente dispongo”. Las habitaciones que no son la mía hay días en que ni entro en ellas y si lo hago es casualmente, otro tanto en el salón al que accedo únicamente para cerrar las persianas al llegar la noche. El comedor únicamente se utiliza en determinados acontecimientos como puedan ser las Navidades cuando la familia se reúne en pleno. El salón es todo un espacio, sin apenas utilidad, por su poco uso. En el garaje caben cuatro coches, pero me resulta más cómodo aparcar en la calle, ante la puerta de casa. En el trastero caben muchos trastos y está lleno de ellos, todos inservibles. En la sala de estar aterrizo cuando considero que algún programa de televisión me puede interesar, lo que equivale a decir que apenas la frecuento. De los 4 baños sólo utilizo, como es lógico, uno. Quedan la habitación en que están instalados el ordenador y el equipo de música y el dormitorio. Prácticamente como en la celda de Fray Leopoldo. Con lo que me pregunto que ¿para qué quiero el resto de la vivienda? Tampoco el jardín que por lo general tengo abandonado y al que ni siquiera le saco una pequeña utilidad como huerto. Entonces afloran las ideas de que por tanto espacio inservible, o no aprovechado, vale, ha habido que desembolsar una cantidad considerable, que ha habido que luchar durante años contra las exigencias de una hipoteca, que hay que acondicionar todo ese espacio, que hay que mantenerlo, hay que calentarlo en invierno y mantenerlo fresco en verano. Y resulta que más de la mitad de ese espacio, mucho más, no es necesario. Resulta que la razón la tenía Fray Leopoldo.
A las personas cargadas de razón, como es el caso, de una forma o de otra les llega el reconocimiento y el premio, y de ahí la beatificación que para él se prepara. Quizá con saber que esa razón han sido capaces de divulgarla es más que suficiente para los mortales. Quizá Fray Leopoldo no aspiraba a más, sus pretensiones no iban más allá que el trato humano y su apoyo personal, como he podido deducir del testimonio de varias personas que le conocieron y trataron. El padre de un amigo, farmacéutico, le proporcionaba ungüentos con que aliviar las úlceras de su pies afectados de tanto andar por la ciudad donde los Reyes Católicos culminaron la unidad de España. Aunque quinientos y pico de años después se demuestra que no estaba tan unida.
Francisco Tomás de San Juan Bautista Márquez Sánchez, que tal era su nombre antes de profesar, no sintió la llamada religiosa hasta cumplidos los 30 años. Ésta se produjo tras escuchar predicar a unos frailes capuchinos, en Ronda, con motivo de la beatificación del también capuchino Diego José de Cádiz. Éste, como Fray Leopoldo y como es costumbre en general entre los misioneros capuchinos, reemplazó su apellido –José Francisco López-Caamaño y García Pérez– por el de su lugar de nacimiento. Del mismo modo es costumbre entre estos “frailes del pueblo”, considerados como las rama más espiritual de la familia franciscana, lucir una gran barba y Fray Leopoldo no fue menos en ese aspecto.
Una vez descubierta su vocación para la vida religiosa, el futuro santo ingresó en el convento de capuchinos de Sevilla vistiendo el hábito de postulante y en 1900 emitió sus votos simples. Tres años después fue trasladado a Granada, posteriormente un breve espacio de tiempo en Antequera y confirmación de su destino en Granada donde se le encomendó inicialmente el cultivo de la huerta. Algún tiempo más tarde sería encargado de ejercer como limosnero y en esa actividad permaneció hasta poco antes de su muerte.
Deambuló por todas las calles granadinas ejerciendo la labor encomendada y repartiendo lo que obtenía entre el convento y los más necesitados, además de predicar incesantemente entre todos la fe cristiana. Desde oficio tan humilde como el de pedir (para dar) Fray Leopoldo siempre tuvo una visión optimista de la vida y lo demostró con su disposición a la comprensión ofreciendo consejos a cuantos se lo pidieron. Consejos y bendición que siempre acompañaba de tres Ave Marías.
Un caso similar lo encontramos con el italiano Padre Pío de Pietrelcina, capuchino igualmente, canonizado en el 2002 por Juan Pablo II. A él han sido atribuidos numerosos milagros del mismo modo que a Fray Leopoldo, razón por la que ahora se decide su beatificación avalada por el reconocimiento de hechos milagrosos entre las muchas gentes que le profesan devoción. Ellas, además de tantas otras que le encomiendan sus peticiones y oran ante estampas con su imagen. Al margen, la verificación de los mismos por cada una de las comisiones y el Colegio de Teólogos de la Sagrada Congregación para la Causa de los Santos, en el Vaticano, encargadas de velar y certificar el proceso de beatificación, cuyas votaciones han sido unánimes; más que mayorías absolutas. Estas comisiones someten a estudio cada caso considerado milagroso (que excede a las fuerzas y facultades de la naturaleza) y emiten su veredicto, totalmente favorable en este caso.
En 1953, el fraile capuchino sufrió una caída y como consecuencia de ella una fractura de fémur que le mantuvo imposibilitado de movimiento hasta su muerte, exactamente tres años después, el 9 de febrero de 1956. Los capuchinos de Granada sufrieron una importante pérdida en quien tanto luchó por hacer posible su sostenimiento conventual, los granadinos quedaron huérfanos de los consejos y bendiciones proporcionadas de quien más las solicitaban y lo manifestaron en una tumultuosa manifestación de duelo en su entierro.
Fray Leopoldo en ningún momento sintió la tentación por alejarse de la actitud de sencillez que le caracterizó. Su celda nos sirve como ejemplo y hasta llamada de atención a quienes hemos optado por más de lo necesario.












