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Cabecera Me Viene A La Memoria

LA MILI

Los que militamos en esta web con los derechos adquiridos que nos proporciona la edad, contamos entre nuestros recuerdos con una experiencia a la que nos llevó nuestros años mozos. Al decir ‘los’ no lo hago en sentido genérico; me refiero exactamente al masculino, que es al que afecta. El femenino, si bien hubo de enfrentarse a otras situaciones, por donde no pasó fue por cumplir con el servicio militar obligatorio, la ‘mili’. Ellas hicieron su Auxilio Social, con la misma escasa vocación que nosotros vestimos el uniforme caqui. Al Ejército íbamos, es cierto, pero muy pocos atraídos por el espíritu militar. Lo hacíamos obligatoriamente. ¿Es malo carecer de ese espíritu que se supone imprescindible para atender las necesidades patrias? Yo creo que no. Se la puede servir de muchas maneras y no precisamente haciendo la instrucción, marcando el paso, o viendo transcurrir horas y horas en la cantina del cuartel. El Ejército, como profesión, sí lo entiendo, y comprendo perfectamente a quienes la ejercen vocacionalmente. A mis antecesores maternos les ocurrió, pero conmigo se rompió la tradición militar en la familia. ¡Qué se le va a hacer! También hay quien recurre al Ejército como forma de ganarse la vida, pero mucho me temo que no ha de encontrarse en él a un buen soldado. Por lo menos, a la hora de la verdad, si es que llega. La de defender lo que ha prometido utilizando para ello las armas.
 
A pesar de acudir a cumplir con la obligación de manera obligada, lo cierto es que una vez incorporados no puede decirse que se pasara mal. De ahí, que cuando en una reunión coinciden varios hombres de cierta edad, el tema que invariablemente sale a relucir es el de la ‘mili’. Con alguna crítica hacia ella, sí, pero sobre todo para rememorar los ratos alegres allí vividos. La conversación siempre se centra en las anécdotas. Anécdotas graciosas que comparan entre las vividas por  todos los contertulios. ‘Pues un día, me acuerdo, el comandante dijo…’ y ja, ja, ja. ‘Pues calla, que había un teniente que…’ y de nuevo las carcajadas. Y otro chascarrillo de algún oficial, y otro más de algún compañero. Me vienen a la memoria las muchas regañinas que tuve por llamar escopeta al fusil y espada al machete. Recuerdo el coro que se organizó al que tantos nos apuntamos, aun sin tener ningún interés la mayoría por el canto, porque llevaba implícito el estar rebajado de guardias en agradecimiento por parte del capitán que lo dirigía. También de la guardia de un día de Nochebuena a la que no se presentó ninguno de quienes les correspondía hacerla. Me acuerdo muy bien del comandante ‘Penetra’, porque el que más y el que menos tenía su apodo de acuerdo con su aspecto a su forma de ser. Este oficial, cuando se le pedía permiso para entrar en su despacho, contestaba invariablemente: ‘penetra’. Y con ‘Penetra’ se quedó. Este mismo argumentó un día en que se le comunicó que no podía utilizarse determinado automóvil porque se le habían quemado los platinos: ‘Eso ha pasado por fumar en los coches y os lo tengo prohibido’. O aquel suboficial que presumía de los más de doce años que había permanecido como cabo primero para argumentar que ‘a él no se la daba ningún recluta’. Toda una carrera.


Muchas noches de arresto en el calabozo del cuartel, siempre con los mismos compañeros de fechorías; sobre todo de escapadas para acudir a alguna sala de baile, previo cambio del uniforme por ropa civil en la casa de alguno del grupo. El descubrimiento se producía al pasar lista y no poder responder, por ausencia, con lo que la guardia del día quedaba avisada ante el retorno. ¡Al calabozo! Noches de auténtica diversión en unión a otros compañeros que también cayeron en el delito de desobedecer, o cuando menos, no hacer las cosas conforme a lo establecido. Noches y días que también sirvieron para entablar nuevas amistades, conocer a un semianalfabeto procedente de una aldea perdida, que resultaba ser una gran persona con un excelente sentido de la amistad y que, además, lamentaba sus penas por la novia que había dejado en el pueblo, mientras repartía todos los víveres que su familia le enviaba con cierta frecuencia procedentes de la matanza casera. En estos casos, incluso en otros referidos a compañeros con problemas de comportamiento, el servicio militar era, sin duda un beneficio. Aprendían a estar en el mundo y a conocerlo. Lo de la preparación militar ya es otra cosa, me temo que nula, ya que poco se adelanta aprendiendo a desfilar. Porque en poco más consistía el aprendizaje. Para la gran mayoría, sin embargo, suponía una interrupción en sus vidas, en su preparación profesional o académica o, simplemente, en el quehacer lógico de los veinte años. Por lo menos limitarlo.


Pero así eran las cosas. Peor lo pasaron nuestros padres cuya permanencia en el Servicio Militar era mucho más prolongada y en época de conflictos bélicos tanto en África como en la Península. Peor todavía sus antepasados que hubieron de ‘servir a la Patria’ desde los tiempos de Juan II de Castilla (1406 – 1454). A él se le ocurrió que uno de cada cinco varones sirviera en el Ejército. Una idea que Felipe V hizo también suya en 1705 y más tarde Carlos III, popularizándose la denominación ‘quintos’ a quienes correspondía su incorporación a filas. En alguna fachada y en alguna tapia todavía puede leerse ‘¡Vivan los quintos del …!’ el año correspondiente. Era cuando se celebraba la incorporación a filas que, además, era cuando se obtenía la autorización paterna para fumar. Y era el padre quien facilitaba aquel ‘primer cigarrillo’ sin sospechar que su vástago tenía acciones en Tabacalera como recompensa al tabaco consumido desde los doce años.


Allá, por los primeros años de los 70 comenzaron a plantearse los primeros casos de objeción de conciencia de carácter antimilitarista hasta que ésta quedó regulada en 1984. En 1997 se presentaron 130.000 solicitudes de objeción de conciencia y al año siguiente éstas superaron en número a los reclutas. Mal panorama para el cumplimiento obligatorio del Servicio Militar. El resultado es el actual derivado de una Ley de 1999 que regula la profesionalización de las Fuerzas Armadas: ‘los varones nacidos con posterioridad al 31 de diciembre de 1982 no prestarán el Servicio Militar Obligatorio y en consecuencia, quedan suspendidas las operaciones de reclutamiento de dicho personal’.


Desde enero del 2002 nadie tuvo que incorporarse a filas obligatoriamente. Ser soldado pasó a ser una profesión en la que también se dio acceso a la mujer con lo que me imagino que los cuarteles tendrán una alegría muy diferente a la de entonces en que únicamente era la que proporcionaba el “calimocho” y las novatadas a los reclutas. Sea bienvenida. Nuestros hijos, en la mayoría de los casos, ya no han tenido que cumplir con esa obligación con lo que, sin duda, pierden una gran oportunidad de contar a los suyos alguna que otra ‘batallita’ o transmitirles, para que estuvieran avisados y no les sorprendieran las novatadas, la jerga cuartelera de la que recuerdo palabras como diana, cuartelero, chusquero, mosquetón, furriel, imaginaria, guardia, maestro armero, taquilla, chopo, pelar patatas, cantina, petate, recluta, abuelo, quinto, Cascorro, rancho, chusco, retén, plantón, guripa, prevención o calabozo, santo y seña, garita, escaqueo, Radio macuto, bromuro… Alguna más, pero no es cosa de hacer ahora un diccionario cuartelero.

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