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Cabecera Me Viene A La Memoria

ADIÓS A LA TELE QUE VIMOS NACER

La mayoría de nosotros vivía la adolescencia cuando apareció en nuestras cosas algo que pasó a compartir nuestras vidas: un aparato al que se le concedió el lugar de honor en el salón de cada domicilio. Se llamaba televisor, aunque en la mayoría de los casos se optó por lo femenino y se quedó con televisión. El televisor o la televisión, daba igual. Constituía todo un privilegio social gozar de lo que estos aparatos llevaban a nuestros hogares con el asombro de nuestras miradas y tras la necesaria adaptación puesto que estábamos acostumbrados al receptor de radio como único medio de entretenimiento casero. A él dedicamos nuestros cinco sentidos durante bastantes años, los de nuestra infancia, siguiendo las aventuras de “El Coyote”, de “Diego Valor” o de “Matilde, Perico y Periquín”, además de detenernos en ocasiones ante el montaje radiofónico de una obra de teatro entre las que siempre destacó, puntual a la cita de noviembre, “Don Juan Tenorio”.


Prescindimos de todo ello y negamos nuestro oído a aquel aparato al que únicamente se podía escuchar ya que el nuevo permitía también ser visto. A través de aquella ventana de cristal aparecían partidos de fútbol, corridas de toros, obras de teatro, concursos, noticias… Nos parecía un milagro o cosa del diablo que en nuestro salón, al mismo tiempo que en el de nuestros vecinos, nuestros amigos o nuestros familiares situados en distintos puntos geográficos, pudiéramos presenciar, además de escuchar, todo aquello que el nuevo invento nos ofrecía. Eran personas las que estaban al otro lado del cristal. Si se había producido un suceso de cualquier índole lo podíamos seguir. No nos lo terminábamos de creer hasta llegar al convencimiento de las funciones de la televisión a la que, a fuerza de utilizar, nos acabamos acostumbrando, haciéndolo incluso imprescindible para nuestras vidas.


Eran el año 1952. Recuerdo haber visto un programa de televisión por primera vez en un establecimiento de electrodomésticos en la Gran Vía madrileña. Estaba puesto en el escaparate y ante él se agolpaban un número considerable de personas siguiendo un partido de fútbol que fue lo primero que se transmitió aunque fuera a modo de prueba. No me interesaba el partido pero sí lo que aquello suponía de novedad. La programación se estableció a partir de 1956. No podía imaginar entonces que, años después, formaría parte de ese gigantesco equipo que fabricaba las imágenes que aparecían en los televisores. Ni que perteneciendo a ese equipo es como me iba a ganar la vida. Ni que, con el tiempo, acabaría por dar la espalda al televisor al apreciar que lo que ofrecía, de una manera general, no me interesaba en absoluto. No me importan las vidas ajenas, menos cuando sus propietarios se dedican a comerciar con ellas y mis compañeros de profesión a participar de ese comercio. Por lo tanto muy poco puedo hacer ante un televisor. Como mucho, recordar que, en este caso sí, cualquier tiempo pasado fue mejor. Fue mejor la televisión del pasado. Más que el conocimiento de la misma se utilizó el ingenio hasta que poco a poco todos fuimos descubriendo sus misterios para transformarlos en ilusión para un público mayoritario. Por lo menos en un principio, con un solo canal para transmitir todo. Después, en 1966, llegó el segundo, que el público bautizó con las siglas de la banda de radiofrecuencias por el que emitía: UHF.


A él fueron a para todos los espacios de carácter más intelectual. Los documentales sobre todo con lo que pudimos conocer todos los secretos del mundo animal y vegetal o el comportamiento social de desconocidas tribus en alguna parte del mundo de la que tampoco habíamos oído hablar hasta entonces. Y los conciertos. Las cosas serias se daba por el segundo canal y el barullo –concursos, películas…– quedaba para la primera. Incluso dentro de la empresa estaba peor mirado el que pertenecía a la plantilla del segundo canal, era como menos importante, de minorías.


Aquellos primeros tiempos constituyeron todo una aventura para quienes los vivieron. No existía el vídeo y todo se hacía en directo, incluso los spots publicitarios que mantuvieron esta forma de emisión hasta 1958 en que por primera vez se grabaron. El vídeo no llegó hasta 1963 y todo se hacía en directo o grabado en soporte de cine que requería ser revelado antes de su montaje en la famosa “moviola”.


Tampoco existía, lógicamente el color. Se trabajó en blanco y negro durante mucho tiempo, concretamente hasta 1973 en que se fueron alternando los dos sistemas y hasta 1977 en que definitivamente se adoptó el color para lasemisiones. Con anterioridad se había experimentado con el color pero se carecía de las cámaras y magnetoscopios apropiados. El Festival de Eurovisión en el que ganó Salomé –1969– y que como es lógico organizó Televisión Española ya que el anterior lo había ganado la representante de nuestro país –Masiel– llegó a nuestros receptores en blanco y negro pero no ocurrió lo mismo con otros países europeos a los que llegó en color gracias a un equipo prestado con estas características.


La televisión es España se fue desarrollando poco a poco en solitario en principio y con el acompañamiento de nuevos canales desde hace 20 años. Ahora que existe competencia es cuando, por lógica, se debería ver la mejor televisión; sin embargo ocurre lo contrario, unas se copian a otras, compiten por una mayor audiencia no siempre con las mejores artes y entre unas y otros aburren al más paciente. La primera, Televisión Española, se ha querido desentender suprimiendo la publicidad desde primeros de este año en que ha quedo establecido que su financiación se realice a través de subvenciones públicas e impuestos directos sobre operadores privados de televisión y telefonía.


Conocí, afortunadamente, una televisión desde fuera y desde dentro que merecía la pena porque transmitía ilusión. Se apreciaba como espectador y se sentía como miembro de ella los que tuvimos esa oportunidad profesional. Las ilusiones han venido a desaparecer, sobre todo para esos miles de trabajadores de Televisión Española a los que hace poco prejubilaron con 52 años. Justo cuando podían a aportar lo mejor de sus conocimientos. En fin, no es lo que nos ocupa en este momento en que volvemos la vista a atrás para recordar los comienzos de la televisión en nuestro país.
 
Una televisión que vimos nacer y crecer y que ahora, de un plumazo ha desaparecido tal y como la conocimos para dar paso a un nuevo modelo que, si bien no lo llegamos a apreciar totalmente porque las imágenes siguen hoy como hace una semana, es completamente distinto. Ha terminado, esta misma semana, la era analógica y ha dado comienzo la digital con la TDT, la Televisión Digital Terrestre. Lo que nos ha de deparar comenzaremos a apreciarlo desde este momento con una mayor calidad de imágenes y de sonido, mayor número de canales, alta definición o la aplicación se sistemas interactivos. Técnicamente no hay comparación entre una televisión y otra. En los otros terrenos donde lo que intervienen directamente son las personas y su talento, me temo que la antigua, la primitiva, era bastante mejor. Desearía equivocarme.

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