Personalmente considero que la siesta es un acto que obligatoriamente hay que practicar a diario y que debería ser impuesta por ley ahora que tanto se lleva lo de obligarnos a hacer esto o lo de más allá, pero, como siempre hay quien se empeña en llevar la contraria, pues lo dejaremos en que, tras la comida del medio día, cada uno haga lo que mejor le parezca, pero que ellos se lo pierden. Resulta imprescindible para continuar las tareas de la jornada ya que, ese pequeño sueño reparador, nos predispone favorablemente para continuar con energía recuperada las horas que aún quedan hasta el descanso nocturno.
Una siesta no es una entrega total a Morfeo. Se trata, únicamente, de abandonarnos en su regazo durante 30 ó 40 minutos, invadidos por el sopor que ocasiona la ingestión de alimentos. Sobre todo en estas fechas veraniegas en que el calor es como una llamada al sueño que hasta los animales perciben. Observad como vuestra mascota –perro, gato…– se duerme tras la comida del medio día, lo que no hace cuando come en las demás horas de la jornada. Ni siquiera se aprecian pájaros volando en las calurosas horas del mediodía. Están durmiendo la siesta, estoy seguro.
Si habláramos de tráfico o manera de conducir, la coincidencia con Obelix sería total: ‘los romanos están locos’ (‘”Ils sont fous ces romains”); pero tratándose de la siesta disiento totalmente del voluminoso amigo de Asterix para llegar a la conclusión de que los romanos estuvieron siempre en lo cierto, si de siesta hablamos.
Su origen data de la antigüedad ya que la palabra tiene su nacimiento en la denominación latina ‘hora sexta’, donde se designa el espacio de tiempo comprendido entre las 12 y 15 horas, momento en que se hacía una pausa en las labores cotidianas para descansar. Unos siglos después, la Regla de San Benito (año 540 d.C.) impuso a sus monjes la obligación de guardar silencio y reposo durante la hora sexta, justo después de la comida. Tiene fama de ser una costumbre española, pero lo cierto es que únicamente se nos debe la aportación del vocablo ya que fue la Lengua española donde se creó el término, pero se practica igualmente en Hispanoamérica y África del Norte, así como en China, Taiwán, Filipinas, India, Grecia y Oriente Medio.
Lo que sí es cierto es que la gran acogida de que goza en España se debe, en gran parte, a las comidas copiosas que aquí se tiene por costumbre ingerir, en contra de las costumbres en otros países europeos donde las comidas se distribuyen más a lo largo del día y la más abundante se realiza hacia el principio de la jornada.
Recuerdo que, de pequeño, me tenían que obligar a dormirla durante el verano, que es cuando no había colegio por las tardes y, por supuesto, durante las vacaciones. Me acostumbré y ahora no puedo pasar sin ella. Si alguna causa me priva de su disfrute estoy toda la tarde sin fuerzas físicas ni mentales. Se trata de una pequeña ‘cabezada’ en un sillón. Sin llegar a la horizontalidad del cuerpo. Treinta minutos, más o menos, es más que suficiente, ya que más tiempo puede trastocar el reloj biológico natural y causar insomnio por la noche. Los científicos la aconsejan ya que sus beneficios están más que demostrados. Para los menores de cinco años es imprescindible y para los adultos recomendable, por razones biológicas, ya que la somnolencia que se produce después de la comida, es una consecuencia natural ocasionada por el descenso de la sangre desde el sistema nervioso al sistema digestivo.
Siguiendo estas recomendaciones, varias empresas estadounidenses -tan atentas ellas al bienestar de sus trabajadores con el fin de que rindan más y mejor- han creado los conocidos como ‘nap lounges’ que no son sino salones en penumbra, en el lugar de trabajo, dotados de confortables sillones donde poder descabezar un pequeño sueño. Las estadísticas han demostrado que entre quienes ‘hacen’ esta siesta se dan menores índices de accidentes laborales y el rendimiento aumenta al mismo nivel alcanzado por las mañanas, antes de la comida. Mejora la salud en general y la circulación sanguínea y previene el agobio y el estress, con lo que ayuda a combatir el peligro de enfermedades cardiacas. Además, es una medicina gratuita.
No sé en que acabaría la cosa, pero no hace demasiado tiempo se recogieron firmas en Hungría proponiendo un referéndum para que el Parlamento aprobara una ley legalizando la siesta. En España, hay varios ayuntamientos cuyas Ordenanzas sobre acústica se centran entre lo meses de Junio y Septiembre en que los ruidos, especialmente los producidos en la construcción, están prohibidos entre las 15 y las 17 horas, a fin de respetar el descanso de los vecinos. Claro que ni caso. Es cuando al vecino de arriba le da por hacer funcionar la taladradora para instalar una estantería –“es que no tengo tiempo a otra hora” – y al de abajo por golpear con un martillo y utilizar un serrucho en su afición por el bricolaje – “es que en mi reloj ya son las cinco” – expone si se produce la queja.
A los beneficios de la siesta se han referido quienes la han practicado, porque está comprobado que quien prueba repite, entre los que se encuentran numerosas personalidades de todos los estamentos sociales. Entre los políticos, su mayor defensor ha sido Winston Churchill, entre los científicos Albert Einstein, entre los pintores Van Gogh, a quien corresponde la ilustración de este post, entre los músicos es conocido el preludio que Claude Debussy compuso para la “Siesta de un fauno” y no digamos de nuestro premio Nobel, Camilo José Cela, defensor a ultranza de la siesta que, según él, había que hacerla “con pijama y orinal”.
http://www.youtube.com/watch?v=Ncz-D1Vf13M&feature=related
Las mejores, son las que se practican en verano, al aire libre, bajo la sombra de un árbol, siempre que por los alrededores no hay palomas ni pájaros de ninguna especie. Pensándolo bien, las de invierno, acurrucados bajo una manta suave, sentados en un sillón de orejas, con el libro que se nos cae de las manos, tampoco son ninguna tontería. Ni las de otoño, ni las de primavera cuando la somnolencia de después de comer nos evade de lo que Televisión esté emitiendo. En ese caso el gozo es doble.












