Como no tengo motivos para serlo confieso que no soy un apasionado del cine español, aunque me gustaría serlo de la misma manera que siento pasión por nuestra geografía, por muchas de nuestras costumbres y tradiciones, por nuestro teatro, por muchos de nuestros escritores, pintores y músicos aunque pertenecientes en su mayoría a la Historia. También ella, nuestra Historia, tiene momentos apasionantes o por lo menos así me lo parecen. Pienso que nada es malo o bueno, sino que hay cosas que gustan y otras que no. Del cine español me han apartado sus representantes a los que día tras día he ido comprobando que no me interesaban hasta dejarlos totalmente de lado. Ignorarles, para ser más exactos, lo mismo que a sus productos. No me atraen sus trabajos, pero mucho menos su actitud supuestamente profesional pendiente más de las subvenciones oficiales que de conseguir buenos resultados artísticos, con lo que ello supone de entreguismo a quien las concede. Pero hay excepciones aunque ellas no hagan sino confirmar la regla. Una de ellas se llama Luis García Berlanga, la personificación de la acracia. Podía haber escrito “se llamaba” ya que acaba de fallecer, pero su nombre siempre estará presente en la cinematografía española al igual que sus películas.
Por razones de edad le conocí algo tarde. Cuando vi sus primeros trabajos para el cine, éstos ya llevaban algunos años exhibiéndose. Posiblemente, con la primera película suya que me encontré fue con “Bienvenido Mister Marshall” que el cineasta había rodado en 1953. Anteriormente ya había triunfado con “Esa pareja feliz” que llevó a cabo a dúo con Juan Antonio Bardem, de los Bardem de toda la vida, que protagonizaron Fernando Fernán Gómez y Elvira Quintillá, además de “Peliche”, o lo que es igual, José Luis Ozores. Desde entonces me autodeclaré admirador de Berlanga y acudí puntual a todas las proyecciones de su amplia obra cinematográfica sin que nunca me defraudara.
No sé para otros ni me consta la opinión de los críticos, en el caso de que exista un ranking sobre sus títulos, pero el “Bienvenido…” es mi favorito. Porque, como la mayoría de vosotros, he conocido la España que Berlanga nos muestra en imágenes; más los españoles que la propia España. Seres sencillos, cargados de necesidades, a los que acompañaba una gran ignorancia que les llevaba a pensar que con la llegada de los americanos se solucionarían todos sus problemas, todas sus escaseces. Plantear aquella situación tenía, sobre todo, el gran problema de tener que superar la censura de la época. Berlanga, igual que en muchos casos posteriores, lo consiguió a base de talento y de ingenio. También de genialidad. Utilizando el esperpento, como antes lo hiciera Valle Inclán, para darle un carácter grotesco a la realidad. Su cine fue siempre una crítica; una crítica elegante, eso sí, y cargada de humor. En aquella película, que hoy todavía se ve en numerosos ciclos dedicados al realizador valenciano o en los espacios cinematográficos de la televisión, nació el que ha pasado a ser el más famoso de los discursos pronunciados en el cine y que estuvo encomendado a uno de sus actores fetiche, Pepe Isbert, aunque bajo la batuta de Berlanga el trabajo de ningún actor pasaba desapercibido.
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Los políticos actuales incluyen más vocabulario en sus discursos, pero el contenido apenas varía con el pronunciado por Pepe Isbert. O sea, ninguno. Cuando terminan su perorata estás como al principio: ni te has enterado de nada ni tiene importancia lo expuesto. Ni tampoco hay aportación de auténticas verdades, sólo promesas que, por supuesto, no se cumplen dado que es para lo que se hacen. Ya lo dijo alguien.
Otro de los grandes momentos de la película es musical, una canción cuya popularidad ha llegado hasta nuestros días convertida en un icono de lo folklórico, a la que puso voz, ya que apenas participaba en los diálogos, una Lolita Sevilla de tan sólo 17 años y que sirvió para catapultar a la popularidad a su intérprete.
http://www.youtube.com/watch?v=6qbPazY5hAI
Los americanos llegan, sí, a Villar del Río, pero pasan de largo. Es la gran frustración y con ella caen todas las esperanzas, al igual que caen todos los decorados que adornan el pueblo para proporcionarle un aspecto más acorde con lo que sus vecinos suponían que los ilustres visitantes desearían ver. Un final cargado de acidez, pero real como la vida misma. Y la cara de tonto que se le pone a uno cuando ve que todas sus ilusiones se desvanecen.
No es la única frustración en el cine de Berlanga. En “Plácido” también aparece cuando el protagonista –Cassen– vive la tragicomedia de tener que pagar una letra del vehículo que utiliza para su trabajo en el día de Nochebuena sin que sucesivas circunstancias se lo permitan hacer en el plazo de tiempo convenido. Un título para la Historia del Cine Español al igual que “El verdugo”.
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Son, posiblemente, sus tres títulos más emblemáticos:.”Bienvenido…”, “Plácido” (nominada para el Óscar a la mejor película de habla no inglesa en 1961) y “El verdugo”, pero no quedan atrás “Calabuch”, o “Los jueves milagro” y por supuesto “La vaquilla”, “Tamaño natural” (donde puso de manifiesto su afición al erotismo), “Moros y cristianos”, “Todos a la cárcel” (Premio Goya a la mejor dirección en 1993) y la serie de “nacional”: “La escopeta nacional, “Patrimonio nacional” (Premio Nacional de Cinematografía en 1982), etc.
http://www.youtube.com/watch?v=UTrPvpyEvts
En éstas utilizó con frecuencia el plano secuencia donde, de manera crítica, se exponía lo que en nuestro país se suele entender como diálogo. Todos hablan al mismo tiempo pero nadie escucha. Cada uno va a lo suyo, que es lo verdaderamente importante, nunca importa lo de los demás. Un tema y una crítica desde su punto de vista y desde el humor que siempre le acompañó tanto en el trabajo como en su vida privada. Sin meterse con estos ni con aquellos, sin defender a unos ni a otros, aunque desde fuera cada uno le considerara justo de las ideas contrarias a las propias. Su no querer saber nada de la política fue algo que siempre tuvo muy claro, por más que muchos se empeñen en politizar su vida y su obra, por la sencilla razón de que criticaba. Él estuvo en la División Azul, pero no impulsado por ningún espíritu patrio, sino por una desilusión amorosa –según confesó en más de una ocasión– y por intentar, con su actitud, conseguir la libertad para su padre que se encontraba preso a causa de su condición republicana.
Su “vocación” erótica también le llevó a otras experiencias fuera del cine como fue crear la colección de narrativa “La sonrisa vertical”, en la que los títulos publicados están por el centenar y medio. En ella han aparecido firmas como las de Pierre Louis, Louis Aragon, Francisco Umbral, Camilo José Cela,
Henry Miller o el reciente premio Nobel Mario Vargas Llosa, y títulos de gran trascendencia convertidos en cine, como “Las edades de Lulú”. Berlanga creó esta colección editorial al igual que participó en la fundación de la Academia de Cine de la que desaprobaba el carácter tendencioso que había adquirido y del que huía amedrentado según manifestó en alguna ocasión: “La crispación política me da mucho miedo. Y ahora hay mucha. Como en el 36. La gente no sabe lo que hace”. De forma parecida se manifestaba cuando se refería a la Academia de Cine: “Cuando la fundamos –comentó en alguna publicación– pusimos dos condiciones: que no fuera reivindicativa y que la gente fuera a los Goyas de esmoquin, No nos han hecho caso en ninguno de los dos casos”, se lamentaba en sus declaraciones el mejor de nuestros directores. Es por no hacer caso a esas y a tantas otras argumentaciones de expertos como Berlanga, por lo que el cine español arrastra esa crisis tan grande de identidad artística. Una crisis que, en absoluto alcanza a las películas de Berlanga que mantienen la misma frescura que en el momento de su estreno habiéndose convertido en inmortales. Hoy tendrían para su realización más y mejores medios técnicos, pero no variarían demasiado en su exposición ni en el trabajo que a ellas aportaron artistas y técnicos, porque motivos para criticar, aunque el humor “berlanguiano” empieza a ser difícil de aplicar, sigue habiendo tantos como hace 50 años. En muchos aspectos, incluso más.












