En más de una ocasión me he manifestado aquí -y fuera de aquí ni os cuento- en contra de la prensa rosa. La prensa, la radio, la televisión y cualquier medio que recoja este tipo de información. Pero no lo hago contra la información como tal; si hay a quien le gusta este tipo de noticias pues está en su derecho. Lo que yo no soporto es la forma en que actualmente se cubren lo que los llamados periodistas (se lo llaman así mismos) denominan exclusivas sin ser nada que vaya más allá del rumor, el comentario y en definitiva el cotilleo barato sobre personajes que únicamente pueden ofrecer sus propios escándalos -previo pago de su importe- totalmente organizados y hasta diseñados con guión. Otra cosa no aportan ni a la sociedad ni a sus propias y pobres existencias.
Sin embargo, hay una información “rosa” llena de dignidad por parte de quien la consigue y de quien la proporciona porque son personas que tienen algo que decir. El que a mí, como a muchos, nos tenga sin cuidado ya es otra cosa, pero reconozco que no todo ha de basarse en la solemnidad de los políticos ni los académicos, bastante aburridos por otra parte.
Dos de estos personajes, de notable interés social y de ese tipo de información que se ha dado en denominar “rosa” son la reina de Inglaterra y la duquesa de Alba. Allá compiten las dos en cantidad de títulos a la vez que coinciden en edad ya que ambas nacieron en 1926 con pocos días de diferencia. Y coinciden también en que este año en que estamos, las dos cumplen una cifra redonda en cuanto a sus respectivos matrimonios. Una y otra dieron el sí en 1947. Por supuesto que, a pesar del título del blog, no me viene a la memoria ninguno de estos hechos por razones obvias pero para eso están las enciclopedias puesto que tampoco conozco mucho más de estos dos personajes. Sí puedo referirme al exquisito trato de la Duquesa dos veces en que la entrevisté. Por supuesto, solicitando la entrevista, no acosándola por la calle y exponiéndome a un merecido paraguazo o exabrupto. Que la nobleza también sabe protegerse de los acosadores mediáticos.
Bueno, pues todo lo que precede es para acercarme al mundo de la aristocracia y recordar -en este caso sí me viene a la memoria- el lamentable suceso del que este 14 de septiembre se cumplen 25 años. Me refiero al accidente de automóvil que costó la vida a Grace Kelly, dos semanas después del fallecimiento de otra estrella de la pantalla: Ingrid Bergman.
Las imágenes de su rostro y su figura están en la retina de todos referidas a cuando, la que llegó a ser princesa de Mónaco, era actriz. Por su elegancia, su belleza y es de suponer que por su forma de interpretar, Alfred Hitchcok la hizo protagonista de varios de los títulos dirigidos por él: “Crimen perfecto”, “La ventana indiscreta” y “Atrapa a un ladrón”. “Solo ante el peligro”, “Mogambo”, “La angustia de vivir” (por la que le fue concedido un Oscar), “El cisne”, “Fuego verde” o “Alta Sociedad” son algunas de las películas en que intervino hasta que, en plena fama, decidió abandonar todo para unirse en matrimonio al príncipe Rainiero de Mónaco. Desde ese momento, su vida estuvo dedicada únicamente a su familia y al principado. Una familia en la que, al matrimonio, se sumó el nacimiento de tres hijos: Carolina, Alberto y Estefanía. Los tres, por razones muy diferentes de fama a la que su madre consiguió como actriz, han sido y son portada constante en la prensa del colorín. Y como el tiempo transcurre para todos y ya va siendo hora de dejar el alboroto, porque los cuerpos se fatigan, se van abriendo paso en esas páginas glamurosas los nietos de la estrella/princesa. O nietas no sé.
Bien, pues estos días en que se cumple ese cuarto de siglo de la muerte de Grace Kelly, los programas televisivos la recordarán a su manera sin apenas referirse a su talento como intérprete. Es decir, volverán las dudas sobre si en el momento del accidente conducía ella o su hija Estefanía que la acompañaba y resultó ilesa, sobre que estaba harta del protocolo y añoraba volver al cine, y sobre todo, destacarán que Grace era temida por las mujeres de sus compañeros de rodaje ya que fueron comentados sus romances con Clark Gable, William Holden, Bing Crosby o Cary Grant. A lo mejor no eran más que un efecto publicitario. Y a mí qué me importa. Me importa que era guapa, tenía una figura espléndida e interpretó perfectamente todos los papeles que representó, sobre todo el de princesa que fue el más creíble de todos. Pues ya está.












