“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla”, escribía Antonio Machado. Los míos, entre otros, son los conciertos en el parque de El Retiro madrileño. Desde muy pequeño, mi familia me enseñó a amar la música. Música de todo tipo, pero recuerdo con mayor agrado la que escuchaba a la Banda Municipal de Madrid que, en el templete de El Retiro, actuaba los domingos por la mañana. En plenos calores de julio y agosto lo hacía los sábados por la noche. Allí me llevaban mis padres, entre otras cosas porque era gratis y se respiraba aire fresco, a “oír a la banda”. Era música clásica, con algúna incursión en temas populares, en directo. Lo mismo que en la actualidad, aunque la misma banda haya añadido a su denominación lo de sinfónica. Dirigía por entonces, como titular, Jesús Arambarri quien posteriormente se haría cargo de la Orquesta Nacional, con el mismo éxito que le acompañó durante su etapa como titular al frente de la formación que creara el Maestro Ricardo Villa en 1909.
De adolescente, y convertido en un gran aficionado, asistí todo lo que pude a los conciertos de la Orquesta Nacional de España. Los viernes por la tarde en el Palacio de la Música y en la mañana de los domingos en el teatro Monumental. Al frente de ella, con Ataulfo Argenta como titular, vi desfilar a los nombres más destacados de la dirección de orquesta y escuché las obras más importantes del repertorio clásico junto a otras más experimentales de Halffter, por ejemplo, a las que Odón Alonso se enfrentaba sin ningún tipo de reparo a su modernismo, por el peligro que siempre conlleva un estreno ante un público exigente y demandante, en su mayoría, de las normas tradicionales. De contemplar y admirar el trabajo de estos directores surgió en mí la vocación de convertirme en director de orquesta sinfónica, pero todo quedó en la mente ya que apenas superé los primeros años de solfeo. Es mi gran frustración.
Entre aquellos directores hubo uno que me causó mayor impresión por su forma de enfrentarse a la orquesta y los resultados que obtenía de ella a pesar de su juventud, casi su niñez. Me refiero a Pierino Gamba que, con pantalón corto debido a su corta edad, imponía su autoridad ante un centenar de músicos. Su talento fue resaltado en una película biográfica -“El gran amanecer”- que el joven director protagonizó junto al famoso Rosanno Brazzi. Quizá, no sé, el afán de emularle, por la proximidad de edad, fue lo que despertó en mí aquél interés directivo que nunca alcancé.
Viene esto al caso porque el domingo pasado me acerqué al Retiro para escuchar a la Banda Sinfónica de Madrid y saludar a un amigo que está en su elenco, y al que hace tiempo no veía. Al leer el programa comprobé que el director invitado -el titular es Enrique García Asensio- era Piero Gamba. Recordé inmediatamente al Pierino de mi infancia, me informé, y resultó ser el mismo de entonces. Con sesenta años más, claro. Desde aquellos primeros años cincuenta había perdido la pista del que anunciaban como niño prodigio y cuando, en alguna ocasión, me vino al recuerdo, consideré que habría sido flor de un día y habría desaparecido del panorama musical. Es lo que suele ocurrir con los niños prodigio.
Pues resulta que no. Piero Gamba -ha renunciado al diminutivo- es un director considerado internacionalmente. Ha dirigido más de un centenar de orquestas y ha actuado en todo el mundo, no sólo como director sino también como pianista y violinista. Incluso ha estrenado algunas obras compuestas por él. Los grandes solistas con los que ha actuado han elogiado sin reparos el uso que hace de la batuta.
Yo me acuerdo de él cuando los dos éramos niños. Fue, con la corta edad, cuando se me metió en la cabeza la idea de la música porque es entonces cuando se graba mejor en nuestra mente aquello que se nos enseña. Y no se olvida.
Nuestros dirigentes también son conscientes de ello y si esa enseñanza se realiza desde la asignatura “Educación para la ciudadanía”, viendo el contenido de los textos que servirán de apoyo, el voto en el futuro está garantizado porque a los que voten entonces se les habrá enseñado desde la niñez a qué ideología aplicarlo.












