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Cabecera Me Viene A La Memoria

DE LA RADIO A LA TELEVISIÓN

En casa vive una tía política, octogenaria, cuya vida transcurre conforme a las costumbres de hace cincuenta años. Dispone de un teléfono móvil pero es incapaz de aprender su manejo. Cuando recibe una llamada el tiempo se agota tratando de localizar el botón de respuesta y si se trata de enviarla la pueden contestar desde cualquier parte del mundo porque es raro que acierte con la secuencia del número deseado. “Esto no se ha hecho para mí, yo mi teléfono de pared, el negro, que se veían muy bien los números”, es su reacción. En lo relativo a los euros tampoco consigue adaptarse.
 
-¿Cuánto es sesenta “uros” o duros, o como se diga; cuánto es, pero en español; cuánto es en español?- que quiere decir antiguas pesetas.
 
Diez mil pesetas
 
- ¿Y sesenta y tres?. Pero en español.
 
Diez mil quinientas porque… y explicas por enésima vez la  manera de hacer la conversión.
 
- Entonces noventa ¿cuánto es?. Pero en español, que me volvéis loca.
 
Y yo qué sé.
 
- Es que no me entra y me moriré sin saberlo. No sé por qué han tenido que hacer esta tontería que sólo sirve para que suba todo. Menos tonterías y más preocuparse del pobre.
 
De todas las renovaciones experimentadas en el último medio siglo lo que verdaderamente ha asimilado es la televisión. Mejor dicho, el televisor. En su contemplación establece el nexo entre el presente y el pasado porque ha encontrado el mismo aliciente que hacía furor hace cincuenta años, aunque entonces sin imágenes: el serial.
 
El que se lleva la palma de audiencia en la actualidad es “Yo soy Bea” que no he tenido ocasión de ver ni una sola vez porque coincide con horas de trabajo; por eso me he tenido que informar y me he enterado de que ha superado ya los trescientos capítulos. Como mandan los cánones. Y eso de que los hombres no ven, o antaño no oían, los novelones vamos a dejarlo. Si no tienen que trabajar a esas horas los ven y la prueba es que todos están al corriente de las tramas; tanto ahora como entonces. La disculpa es que como la tele está puesta, pues…
 
Chica poco agraciada físicamente y pobre se enamora de chico guapo y rico, pero consigue, con sus cualidades y virtudes remover los sentimientos de él hasta hacerle caer rendido a sus pies. Cuando, al final, se decide a transformar su físico acicalándose un poco y renovando un atuendo al que su escasa coquetería no prestaba atención, resulta ser de lo más atractivo causando la envidia de cuantas la ignoraron y hasta la despreciaron con sus risas mal disimuladas. De hecho, la actriz que da vida a Bea -Ruth Núñez- tiene establecido en contrato que evite, en lo posible, ser vista en público. Ello hace suponer que al final aparecerá radiante. Naturalmente, la protagonista del serial consigue el cariño de su amado imponiéndose a todas sus adversarias que son unas lobas con mucho mejor aspecto y más guapas que ella. Supongo que esta Bea será así, porque así fueron las precedentes y así serán las siguientes. ¿Para qué molestarse en llamar a la imaginación cuando la fórmula funciona?
 
Es la misma que, cuando hace cincuenta años, la generación anterior a la nuestra se concentraba ante el aparato de radio para escuchar la novela de “las cuatro”, de “las cinco”, de “las seis y media”, etc, porque las había en todas las emisoras y a todas las horas; sobre todo diurnas.
 
Por alguna extraña razón, aquellas novelas, como si fueran situaciones de terror, no se escuchaban a solas. Se reunían varias vecinas en casa de una de ellas, aunque todas tenían su correspondiente receptor, y escuchaban en silencio, disimulando alguna lágrima suscitada por lo dramático de la situación. Todas frente al aparato de radio, como si así se escuchara mejor, aunque era realmente un ensayo de postura para ver la televisión que llegaría más tarde. Al terminar comentaban el capítulo, criticaban al malo y defendían el comportamiento del o de la protagonista.
 
La radionovela no fue sino la continuación de lo que, editorialmente, representó la novela por entregas. Aquellas de Rafael Pérez y Pérez: “Madrinita buena”, “El chofer de Mari Luz”, “Novios de verano”, “El hada Alegría”… Total nada.
 
El éxito de “El derecho de nacer”, “Un arrabal junto al cielo”, “Las dos huerfanitas”, “Ama Rosa, “Lo que nunca muere”, “Simplemente María” y un larguísimo etcétera con firma de Guillermo Sautier Casaseca y Luisa Alberca en la mayoría de los casos, hizo que, en varias ocasiones esos títulos se trasladaran a los escenarios con formato de teatro y para aprovechar el tirón comercial los intérpretes eran los mismos que actuaban frente a los micrófonos.
 
Matilde Conesa, Matilde Vilariño, Joaquín Peláez, Pedro Pablo Ayuso, Juana Ginzo, Alfonso Gallardo, entre otros, prestaban su voz y realizaban sus magníficas interpretaciones que hacían llegar a través de las ondas, pero, sin embargo, el público no llegó a identificar sus personajes con sus aspectos reales por lo que estos intentos teatrales no llegaron a fraguar demasiado, aunque algunos, no obstante, fueron sonados en cuanto a afluencia de público.
 
En fin, que las cosas se transforman pero no desaparecen. Las telenovelas de hoy no dejan de ser los antiguos seriales radiofónicos. En el futuro serán cibernéticos, pero después de quinientos capítulos la chica fea se casará con el chico guapo.

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