La popular canción de “Valencia” habla de flores, de luz de amor, de mujeres, de azahar y de huertas, de blancas barracas y de almendros en flor. En sus versos también se hace referencia a esos tres elementos que la naturaleza ha colocado en la región levantina y que son causa de que muchos habitantes del centro geográfico hayamos elegido su costa como segundo lugar de residencia: El Turia de plata, el cielo turquesa y el sol.
En la descripción que la canción hace de Valencia hay algo que el autor no ha incluído y que forma parte de sus características. Me estoy refiriendo a la “gota fría”, ésa que, casi sin avisar, hace que el cielo se abra y deposite en las tierras valencianas ese agua que fluvialmente llega con escasez y que sus vecinos del norte les niegan de la que a ellos les sobra. Existen datos documentados, desde hace siglos, de la cantidad de inundaciones que Valencia ha soportado.
La semana pasada volvió a ocurrir. Horas de lluvia intensa asolaron gran parte de la región, con especial incidencia en la zona alicantina. Exactamente, cincuenta años después de la que se ha dado en denominar la “gran riada de Valencia”. Es igual que se viviera o que no, porque todas las generaciones siguientes a las de aquella que padeció la tragedia, seguro que tienen conocimiento de ella tanto por lo que han escuchado como por los indicativos que, en Valencia, capital, y en muchas de sus localidades, señalan la altura a la que llegó el agua entonces así como el recuerdo por las ochenta y dos personas que perecieron en la inundación.
Cuando en ocasiones posteriores se han producido riadas, lo que, prácticamente, ocurre todos los años, me viene a la memoria aquella del 14 de octubre de 1957. Hace ya cincuenta años. Las imágenes que conservo son las del NO-DO, pero tengo en mi recuerdo las imágenes sonoras que se produjeron a través de un programa de radio que no sé si se llamó “La gran subasta”. Al principio, recién ocurrida la tragedia, el título del programa fue “Murcia por Valencia”. Tenía su lógica.
Desde Radio Juventud de Murcia se puso en marcha un programa de ayuda a los damnificados, pero ante el éxito, el proyecto se prolongó hasta dilatarse en varios días de emisión en los que se recaudaron importantes cifras económicas así como infinidad de objetos que fueron subastados en un auténtico ejercicio de solidaridad. Y eso que, entonces, la palabra no estaba tan de moda como hoy. España entera acudió a la llamada que hacía desde las ondas un joven locutor, Adolfo Fernández, instalado al frente de la operación. De manera breve fuimos compañeros, posteriormente, en Radio Madrid. La emisora murciana anuló toda su programación y la subasta acaparó todo el horario. Los españoles se desprendieron de objetos valiosos y sentimentales con tal de prestar una ayuda a los valencianos. Antonio Bienvenida, por ejemplo, cedió un capote y el arzobispo de Valencia, Marcelino Olaechea, no dudó en desprenderse de su anillo episcopal.
Un detalle sobre el interés que despertó la subasta es las llamadas realizadas por el público al programa. No se trataba, como sucedería hoy, de descolgar un fijo o marcar desde un móvil. Nada de eso. Había que pedir conferencia a la telefónica y ésta la facilitaba cuando había disponibilidad de líneas. Podían ser horas de espera hasta lograr establecer el contacto. Pero el objetivo, con toda clase de dificultades se cumplió y para su promotor sirvió, además de haber cumplido con una tarea solidaria y de responsabilidad ciudadana, para popularizar su nombre y su buen hacer que le llevó a que Boby Deglané le incorporara a la SER. En la actualidad, Adolfo Fernández, está retirado de los micrófonos y se dedica a la política ocupando un escaño en el Congreso por Murcia, que le declaró Hijo Adoptivo y Predilecto ya que el nació en Granada.
Aquellas aguas del Turia que hace medio siglo arrasaron la ciudad del mismo nombre hoy discurren desviadas de su cauce de entonces sobre el que se han realizado obras de regularización. Y para que tomen nota los que construyen allí donde ven un solar libre, la zona próxima a la Catedral quedó libre de las aguas torrenciales de aquella riada, debido a lo acertado de su emplazamiento algo más elevado que el río. Por el contrario, la calle de las Barcas, cuyo nombre está originado porque constituyó un atracadero para las embarcaciones que, en la antigüedad, remontaban el Turia, no sólo se inundó sino que los colectores actuaron como surtidores al quedar el nivel de las aguas del río por encima de la calle.
Hoy, la gran riada de 1957 es recuerdo, pero la amenaza siempre estará presente a lo largo de toda la costa levantina donde, de vez en cuando, el cielo, como en la Edad Media hacían los habitantes de las casas, parece decir: ¡Agua va!.












