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Cabecera Me Viene A La Memoria

POTAJE DE VIGILIA

El trabajo lejos del domicilio obliga a sacrificios que sólo con resignación se pueden soportar. Además del tiempo empleado en la carretera que prolonga la jornada laboral en tres horas, es necesario atender las necesidades alimenticias en un restaurante y someterse al menú del día. No sé la razón por la que diariamente cambia el nombre de los preparados culinarios cuando resulta que siempre saben a lo mismo. No digamos si se trata de salsas. Pero, bueno, no el caso que hoy me ocupa aunque sirve para entrar en él.


El viernes pasado, en el menú anunciado figuraba ‘potaje de cuaresma’. En el acto, la película que llevo en mi interior se rebobinó para llegar hasta la infancia y recordar las cuaresmas de entonces que, además, eran comunes en todas las casas a juzgar por las conversaciones mantenidas con los compañeros de clase. Hoy, no es que hayan dejado de ser colectivas sino que, apenas se practican.


- ¡Bah!, son cosas antiguas que no significan nada; o sea que no puedo comer carne y me puedo hartar de marisco…


Bajo este argumento, el personal del momento actual puede tener un punto de razón pero no es que crea en esto o aquello o deje, incluso, de creer; su problema es que no se entera, ignora el origen de las tradiciones que conforman el periodo penitencial y reflexivo y por lo tanto es una cuestión de cultura. De falta de ella, más bien. Es el mismo personal, crítico con nuestras costumbres religiosas y tolerante con las de otros pueblos, al que le parece todo un detalle que el mundo árabe, durante el mes de celebración de su Ramadán, se dedique a la reflexión y al ayuno. Claro que eso es lo avanzado y lo más de lo más.


Pedí, naturalmente, el potaje y recordé todo el protocolo culinario de los años de infancia en el que se incluía como obligatorio el potaje todos los viernes de la cuaresma. Y de segundo plato, pescado. No demasiado, y sin postre porque estaban establecidos el ayuno y la abstinencia.


Me  informé, eso sí, sobre la razón de que el anunciado y trasegado potaje llevara en su composición judías blancas; más que nada para indicar que me había dado cuenta de este añadido sospechando un aprovechamiento relacionado con las sobrantes del día anterior. Y resultó que no, que la costumbre en la tierra del cocinero era hacerlo con judías. Acepté la explicación y felicité el cocinero porque el guiso estaba apetecible, pero prefiero el que siempre he comido: el de garbanzos, con espinacas, bacalao, huevo duro y perejil, con su sofrito de ajo y cebolla y su punto de pimentón. 


Ocurre que, en estas fechas previas a la Semana Santa y al igual que ocurre con otras significativas, es cierto que cada zona aporta su dato de personalidad a la gastronomía. Así, mientras por el centro degustamos el potaje de cuaresma, en el levante se enfrentan por estas fechas a un sabroso arroz, llamado también de vigilia; un arroz meloso con bacalao y coliflor que es una delicia cuaresmal.


Por aquellas fechas primaverales de nuestra infancia, algo que también llegaba a nuestros oídos y a nuestra conciencia con más fuerza que el resto del año, eran los consejos o las normas dadas por el Papa de entonces que no era otro que Pío XII. Lo saco a relucir porque en este año se cumplen cincuenta años de su muerte. Un Papa del que hemos sabido mucho más con la literatura publicada en el presente revisionista, ya que le toco decidir desde su cargo tanto en la II Guerra Mundial como en el final de la Guerra Civil española, con su postura totalmente contraria al comunismo.


La cuaresma de hoy poco tiene que ver con la que vivimos de niños. Lo poco que se conserva está en quienes conocimos este periodo en la infancia, quedó incorporado a nuestra cultura y lo seguimos practicando. Eso en lo espiritual, que en lo profano apenas si nos queda el potaje de vigilia y las torrijas.

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