Para los blogers de ‘Mayormente’, lo que equivale a decir que hemos alcanzado un más que respetable nivel de edad -al menos en la mayoría de los casos- decir Beatles es como dar marcha atrás para recuperar de repente cuarenta años y ponermos en los veinte. Con todo lo que ello significa en esa edad en que ya se ha superado la adolescencia y cuyas experiencias continúan vivas en nuestra memoria y en nuestro espíritu. Decir Beatles es como si retornáramos a la juventud. Al comienzo de una vida de la que estamos en una de sus etapas.
Un transcurrir del tiempo, entonces, cargado de inquietudes, de dudas, de equivocaciones, de consejos rechazados. De despertar, en definitiva a la vida. Ni más ni menos que como lo vivieron quienes nos precedieron y lo viven quienes nos suceden.
Una vida, por aquellos años 60, de manos entrecruzadas, de besos robados, de cines oscuros, de abrazos torpes y mal disimulados, de imaginar situaciones horizontales desde la verticalidad danzante en el guateque, de carreras apresuradas para dejar a la pareja en su casa antes de que cerraran el portal. Los porteros eran muy estrictos en el horario -diez y media en invierno y once en verano- ya que era entonces cuando iniciaban su horario de descanso. A partir de ese momento la virtud femenina pasaba a depender del sereno y no estaba bien visto que fuera él quien tuviera que abrir el portal a una mujer.. ¡Qué dirán¡ El consabido y odioso ¡qué dirán¡ Por cierto, que no sé la razón por la que nunca coincidí con los serenos en el concepto dell tiempo; cuando les saludaba con un ‘buenas noches’ ellos me contestaban ‘buenos días’.
En el ambiente de la casa donde se celebraba el guateque, habíamos dejado -en el aire cargado de humo de ‘bisontes’ y ‘celtas’ y como mucho del ‘chester’ de algún potentado- el sonido de Los Beatles.
Unos temas más rápidos, más en rock, otros más lentos. Cada uno era para según qué momento. ‘Please, please me’ servía para intercambiar las primeras palabras con quien había aceptado formar pareja de baile durante los tres minutos del disco. Después un poco de conversación para adentrarse en el conocimiento y considerar la continuidad o no con la pareja elegida. Por ambas partes, está claro. La conversación justa para que llegara otro título, por ejemplo, o ‘Al you need is love’ más pausado. Ello permitía mantener la conversación y detectar las posibilidades de acompañamiento a casa. Otro título como ‘Hey Jude’ facilitaba la proximidad y la confirmación de que esa noche conoceríamos la dirección donde vivía Mari Pili y su teléfono. Empezaban las especulaciones sobre el día siguiente, una llamada, una cita… mientras se escuchaba ‘Let It Be’, ‘Swit my Lord’ o ‘Yesterday’. Si se escuchaban ‘A hard Day’s Night’ o ‘Yelow submarine’ es que el guateque tocaba a su fin.
Y siempre Los Beatles como testigos. John Lenon, Paul Mc Cartney, George Harrison y Ringo Star. Ellos nos ayudaron en nuestras conquistas y ayudaron a que fuéramos conquistados porque, en definitiva y como siempre ha sido, son ellas las que eligen y su decisión es la que vale.
Poco después nuestras vidas empezaron a cambiar al incorporarnos al mundo laboral, pero Los Beatles, de alguna manera seguían siendo el referente musical de nuestra existencia. Lo que pasa es que ellos se lo creyeron y se volvieron altivos hasta ignorarnos. Ahora se diría que ‘pasaron de nosotros’. Lo dejaron, como diciendo ‘ya tenéis bastante’ y se largaron cada uno por su lado. Gran decepción por nuestra parte. Pero no tanta como para no seguir escuchando sus canciones y haciendo que se mantuvieran vivas en las preferencias musicales de nuestros hijos, como así ha sido. En ese terreno son dos las generaciones que compiten en el seguimiento.
Lennon fue obligado a dejarnos, víctima de la agresión de un demente. Ringo Starr vive tranquilamente disfrutando de su fortuna a la vez que desarrollando, con cierta discreción, su actividad musical en giras y colaboraciones con otros intérpretes así como experimentando comercialmente en aventuras de comics. Paul McCartney, por su parte, continúa recorriendo los estudios de grabación y prodigándose tanto en grabaciones como en directo.
George Harrison, el más joven de los cuatro, ha sido quien me ha impulsado hoy a escribir sobre el grupo de Liverpool porque la semana pasada hubiera cumplido 65 años. Fue siempre el más sosegado de todos, debido posiblemente a su inclinación religiosa, primero en el catolicismo en que se crió y más tarde en la cultura oriental que le llevó, no sólo a incorporar el sonido del citar en las grabaciones, sino a abrazar el hinduísmo e influir en sus compañeros para realizar ejercicios de meditación trascendental. Deshecho el grupo Harrison trabajó componiendo tanto para él como para otros artistas y probó suerte en la industria cinematográfica produciendo a los Monthy Pytton (La vida de Brian) y a Madona, pero la experiencia del cine no resultó ningún éxito económico. Como consecuencia de su condición de fumador, padeció cáncer tanto en el pulmón como en la lengua a mediados de los 90, pero la ciencia fue capaz de interrumpir el proceso de la enfermedad. Más tarde reapareció hasta que en 2001 apareció la metástasis que le originó la muerte.
De haber vivido hubiera cumplido ahora 65 años, lo que hubiera supuesto la terminación de su edad laboral y adquirir, por lo tanto, la condición de jubilado. Bueno, eso si hubiera sido español en que a partir de este momento se iniciaría el olvido sobre su música y sería objeto de críticas a su trabajo de años. En el Reino Unido le siguen aclamando y aplaudiendo como a tantos que con su trabajo han contribuido a engrandecer su país, que desde la perspectiva de su edad siguen siendo ídolos y su trayectoria reconocida por sus compatriotas.












