Tengo una especial predilección por los libros viejos, quiero decir usados; que se aprecie en su aspecto que han sido leídos pero no maltratados. Los nuevos carecen de ese encanto aunque tienen la posibilidad de adquirirlo. No todos, es cierto. La mayoría no alcanzan la madurez, en la edad de los libros, y mueren como cuando nacieron, es decir, sin que sus páginas hayan sentido el tacto de un dedo índice o corazón al pasarlas para ser leídas. Supongo que ello supone la frustración de su autor. Muchas horas, días, meses y hasta años de trabajo que nadie reconoce. En la mayoría de los casos porque la obra en cuestión no resiste el reconocimiento lector dado que se escribe mucho pero la mayoría de las veces muy mal.
Mi afición al libro usado se remonta a mi infancia, a punto de superarla para entrar en la adolescencia. Para llegar al Retiro, desde mi casa, el grupo familiar que componíamos padres y hermanos teníamos que pasar por la cuesta de Moyano, una empinada calle que sale de la glorieta de Atocha y sube hacia una de las entradas del citado parque de El Retiro situado prácticamente en el centro de Madrid. Todo un lujo ecológico del que los madrileños tenemos el privilegio de disfrutar, por la gran masa arbórea que lo compone. Allí nos llevaban, para correr y jugar, en la mañana de los domingos o festivos al llegar estas alturas del año en que la climatología empieza a ser benevolente.
Un día, cuando ya había pasado infinidad de veces por allí, descubrí que la cuesta de Moyano estaba repleta de casetas cuya mercancía puesta a la venta eran libros. Libros usados. Me detuve en esta, en la siguiente -’Venga, Agustín, date prisa’- y descubrí, de pronto, todo un universo literario. Una pequeña carrera para alcanzar a la familia: -’Papá, dame tres pesetas que voy a comprar un libro para ver si es igual que la película’-. Era ‘Quo vadis’. La cinta que todavía hoy se sigue proyectando en las emisoras de televisión, sobre todo en las fechas de Semana Santa, y que yo sigo viendo para comprobar si Deborah Kerr -fallecida el año pasado- en el personaje de Ligia, mantiene su dulzura y Ursus conserva su fortaleza para vencer al toro.
Mi afición a la lectura ya existía pero aquel descubrimiento la acrecentó porque podía hacerme con libros a un bajo precio. Libros con la garantía de que ya habían sido leídos lo que, de por sí, constituye un aliciente. Más tarde supe que aquellos -no sé si llamarles feriantes o libreros- podían suministrarte el título que les pidieras, cuando menos intentarlo, aunque apenas fue necesario porque poco a poco allí aparecían títulos que tenían suficiente atractivo. Los autores clásicos, los de teatro, biografías de músicos, libretos de zarzuela y partituras en una de las casetas cuya especialización es la música. Títulos sueltos, autores prohibidos hace años, colecciones…, la mayoría de mis libros proceden de la cuesta de Moyano. Ninguno está nuevo, aunque sí están todos bien conservados; hasta mimados. En muchas casas se aprecian libros simplemente expuestos, sin que hayan sido abiertos y sin el menor recato cultural por parte de sus propietarios que no tienen inconveniente en mostrarlos tal y como salieron de la imprenta. Normalmente en ediciones de lujo consideradas más decorativas.
Dentro de unos días hará un año que los libreros de la cuesta de Moyano volvieron a ejercer su actividad en su ubicación habitual, ya que un incendio en una estación eléctrica cercana obligó a un traslado provisional que se prolongó durante tres años. Su sitio está en la cuesta, donde se instaló en 1925 con el impulso de un grupo de escritores y libreros que solicitaron al Ayuntamiento un espacio para instalar un feria fija del libro. Entre sus promotores estaba Pío Baroja, quien en sus obras inmortalizó la vida madrileña y cuya efigie preside en la actualidad el conjunto de casetas desde uno de sus extremos. El otro está dedicado a Claudio Moyano, de quien la calle/cuesta toma su nombre y que fue un político del siglo XIX, además de catedrático. Fue alcalde de Madrid y diputado llegando a ministro desde donde impulsó la conocida como Ley Moyano, que serviría como fundamento del ordenamiento legislativo en el sistema educativo español durante más de cien años ya que, con alguna modificación, pervivió hasta la Ley General de Educación de 1970.
Desconozco si habrá en el mundo otros espacios similares. No me refiero al Rastro madrileño, ni a Las Pulgas parisino, ni a Portobello, en Londres, donde hay, es verdad, libros viejos, objetos de almoneda donde se busca más la antigüedad como valor histórico.
En la cuesta de Moyano hay libros ‘para leer’ ofrecidos por profesionales que, además de vender, asesoran. Cualquiera que se sienta interesado por los libros debe incluirla en su itinerario literario. La semana pasada hice referencia a la Feria del Libro, como acontecimiento anual de encuentro de libreros y editores. La cuesta de Moyano mantiene su feria de libros durante todo el año; no hay que esperar a ninguna convocatoria.












