En esta fechas lo más lógico es que haga calor; lo ha hecho siempre; con cambio climático y sin él. Pero siempre, también, nuestros cuerpos lo han rechazado mientras nuestras mentes se dirigen a pensar en épocas más frías, bien arropados con prendas de abrigo y sintiendo los beneficios de la calefacción. Cuando es invierno, por el contrario, soñamos con que las temperaturas se eleven, sin recordar lo que pensamos cuando, en la temporada anterior, superaban los treinta grados centígrados. Es que nunca estamos conformes.
Ahora, en verano, todo son sofocos y quejas: ‘¡Uf, qué calor, esto no hay quien lo aguante, estoy que me caigo, tango la boca seca, me muero de sed!’. Para contrarrestar esa situación de agobio recurrimos al helado como remedio inmediato para aplacar los calores.
Lo mismo ahora que cuando éramos pequeños: ‘Mamá, tengo calor, cómprame un helado!’ – ‘Bueno, pero tómalo despacio, no te vayas a poner malo’. Y nos acercábamos hasta el kiosco de la señora Pepa, en la plaza de Oriente. Otros atendían el negocio arrastrando un carro, blanco, al igual que esa especie de uniforme que vestían los heladeros, coronado por un gorro, blanco también. La señora Pepa tenía un kiosko y eso parecía dar más confianza a la calidad del producto. Unos y otros pregonaban a voces su fresca y reconfortante mercancía: ‘Al rrrrico helado de vainilla y fresa, helados para el nene y la nena’.
Las variedades a escoger no eran demasiadas: vainilla, chocolate, fresa o nata, -creo que no había más- emparedados entre dos finas galletas. Eran los helados al corte, porque se cortaban de una larga barra de este producto. La señora Pepa, como me conocía y debía considerame buen cliente, era generosa con la ración. Otra cosa eran los polos, en definitiva agua, con algún aromatizante de limón o naranja, congelada y con un palo en el interior del bloque de hielo para poderlo sujetar. Pero parecía que estaban más fríos que los helados. Eran, además, más baratos y por lo tanto más solicitados para combatir el calor.
Aquel pequeño aficionado a los helados hoy ha dejado de comerlos. Además de haber perdido cualquier tipo de afición al dulce, nunca excesiva, me he dado cuenta de que al poco de finalizar, la sed vuelve a aflorar al paladar. No obstante, soy consciente de la cantidad de ellos que se consumen, que es el postre favorito en los restaurantes y la enorme cantidad de variedades industriales que se puede apreciar en los arcones congeladores de los supermecados. Para mí, ya digo, están de más, pero soy testigo de su éxito.
No es de ahora, sin embargo, el éxito de los helados. Su historia se remonta a muchos siglos de antigüedad. Existen datos de que en las cortes babilónicas ya se consumían, por lo menos algo parecido, ya que se trataba de bebidas heladas a base de nieve que se recogía en invierno y se conservaba. También existen datos, acerca de esta afición a los helados, o similar, entre los persas, 400 años antes de la era cristiana. Naturalmente, el manjar únicamente alcanzaba a la realeza. Para quienes no ostentaban tal rango, el único contacto con el helado es que tenían que subir a las montañas en invierno, coger nieve, y desplazarse con ella, corriendo, a depositarla en una especie de refrigeradores situados en subterráneos a temperaturas muy frías a base de corrientes de aire. Poseían una tecnología de lo más avanzada, cuya aplicación acababa por convertirse en manjar para los poderosos. Los esclavos de Alejandro Magno y Nerón también hicieron algún que otro viaje para acarrear nieve, que luego sus señoritos emplearían para enfriar los jugos de fruta. La nieve también se empleó en las cortes árabes, durante la Edad Media, para enfriar productos azucarados con frutas y especias. Los turcos, concretamente, lo llamaban ‘chorbet’, con lo que está claro lo de sorbete.
El helado nació, como tantas cosas, en China donde el rey Tang, que no en vano se crió en las cocinas de palacio, poseía un método para mezclar el hielo con la leche. De China, el invento pasó a la India y de allí a Grecia y Roma. Marco Polo, al regresar de sus viajes a Oriente, trajo varias recetas de postres helados que durante cientos años se llevaban realizando en Asia. Se popularizaron en Italia hasta tal extremo que actualmente, parece que son los italianos los inventores de los helados. Desde luego, son los mejores. Catalina de Médicis, mejor dicho su cocinero, llevó estas recetas a la corte francesa tras su matrimonio con Enrique II de Francia. La reina organizaba unas fiestas en el Palacio de Fontainebleau, que superaban con mucho a las actuales de la Preysler en las que se ofrecen bombones; la reina de Francia, mucho más puesta en la suntuosidad y el glamour, ofrecía helados, entre otras delicatessen. Después, lo que son las cosas, una nieta de esta Catalina casó con un príncipe inglés y los helados se impusieron en Inglaterra. De allí a que pasaran a América fue cosa de nada. A la del norte, porque más al sur -en Méjico- también sabían combinar el agua con la leche, mieles y frutas que introducían en una cubeta de madera, y a su vez, ésta, en otra más grande con sal y hielo traído desde el Popocatépetl donde existen glaciares perennes. O sea, que los helados no son cosa reciente. Basta con saber que en 1660, un siciliano –Francisco Procope- ya abrió una heladería en París con productos que fabricados con una máquina de su invención en la que homonogeneizaba frutas, hielo y azúcar y consiguiendo una consistencia hasta entonces desconocida. Se supone que ésta es la primera heladería de la que, hasta el propio Luis XIV mandó que le sirvieran.
Eran, entonces, helados artesanales. Los de ahora, al margen de los que se fabrican en restaurantes y heladerías especializadas, son de origen industrial. Entre unos y otros no hay punto de comparación. Si los niños rechazan la fruta como postre, alga tan frecuente porque hay que limpiarla, nunca dicen que no a un helado. Lo importante, igual que para los adultos, es que el que consuman sea de calidad, que no todos lo son.












