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Cabecera Me Viene A La Memoria

LAS ALEGRES CHICAS DE REVISTA

Sus biógrafos no se ponen de acuerdo ya que unos afirman que nació en 1905, mientras que los demás aseguran que fue en 1908, con lo que este año sería su centenario. En lo que sí coinciden todos es que fue un 25 de agosto. No tiene la menor importancia, porque no es el caso que nos ocupa ni nos preocupa acerca de Celia Gámez. Por encima de edades y de cualquier otro aspecto relativo a su persona y personalidad, lo que sí puede afirmarse de la vedette argentina, es que era la reina de la revista. Brilló, con luz propia, por encima de todas sus compañeras al aunar a una belleza natural más que considerable, grandes condiciones como intérprete, tanto en la declamación como en la canción y el baile, visión como empresaria y buen criterio como directora de su compañía.
 
A cualquier joven que le hablemos de este género teatral –la revista- pensará que deliramos, porque si explicamos lo que era es como para no creernos. Fue, sin embargo, a pesar del desprestigio que hoy padece, el espectáculo teatral más visto entre los años 30 y 70. Eran aquellos tiempos difíciles, en que los ánimos no estaban por la labor de enfrentarse a una obra dramática. Tampoco estaba la sociedad tan cargada como ahora de intelectuales de pacotilla, lectores de solapas de libros y adoradores de las más extrañas filosofías, recomendando las obras tostón que, por serlo, parece que están obligadas a ser admitidas como extraordinarias. ‘¡Oh, es estupenda!; un poco difícil de asimilar, pero la interpretación lo salva todo porque los actores hablan así como muy güay, como con sopas en la boca, que no se les entiende nada, ni se les oye o te matan a gritos, y tu puedes poner el argumento que más te guste. Una pasada, tío’. Ni por esas se produce el éxito; pero es igual porque la compañía está subvencionada y los elementos que la componen venga a besar las manos de quien les ha concedido la subvención. 
 
Hace medio siglo se tenía más criterio propio y más necesidad de buscar entretenimiento para combatir las muchas complicaciones que la vida presentaba. Sobre todo las de carácter económico que son las que verdaderamente mueven sociedades. Allí estaba, para poner remedio a la tristeza ambiental y a la problemática social de cómo llegar a fin de mes, la revista con todo su desenfado, sus chistes, sus actores cómicos, su música alegre y pegadiza, su luminosidad, su lujo… pero sobre todo, el centro del espectáculo que eran las vedettes. La protagonista, las segundas y las coristas. Cada una con sus dos piernas correspondientes.
 
Piernas a la vista en tiempos de represión. Pero no eran los varones jóvenes y mayores, como pudiera suponerse, los espectadores de estas obras. Lo eran igualmente parejas de matrimonios formadas por mujer y hombre, de novios compuestas por hombre y mujer, o el típico grupo de amigas o amigos. Todos predispuestos a pasar dos horas de entretenimiento que las ‘alegres chicas’ (no confundir con ‘chicas alegres’) se encargaban de transmitir a costa, incluso, de que su trabajo fuera calificado por las autoridades censoras como ‘gravemente peligroso’. ¡Pero si era de lo más inocente! No visto, precisamente, desde la perspectiva de nuestros días donde lo raro es un cuerpo tapado, sino entonces también. No había nada más que un intento de picardía. Unos diálogos que se veían venir y unas situaciones equívocas donde lo único que se intentaba era encontrar la disculpa argumental para dar paso a un número musical. Si el actor prometía a la actriz ser siempre su enamora, el siguiente número era una canción sobre Romeo y Julieta, si se hablaba de refrescos o de chufas, la cosa no ofrecía dudas musicales: lo de ‘Orchatera valenciana’, o ‘Eugenia de Montijo’ porque se había hecho referencia a una emperatriz. Cualquier motivo de los diálogos era pretexto para encajar una canción. Así siempre. No había ningún misterio en la concepción de una obra de revista. Lo que tampoco quiere decir que todas triunfaran. Como todos los espectáculos, el público determinaba qué títulos eran los de su agrado. Así se hicieron famosos los de ‘Las leandras’, ‘Yola’, ‘La hechicera en palacio, ‘Ana María’, ‘El águila de fuego’, ‘Un matraco en Nueva York’ y un sin fin más de ellos a los que músicos renombrados y reconocidos por su quehacer en la zarzuela y aún en obras de mayor envergadura musical, no dudaron en aportar su inspiración. Sobre todo los maestros Alonso y Guerrero. Otro tanto puede decirse de los libretistas, muchas veces experimentados autores teatrales de éxito.
 
Junto a aquellos títulos triunfaron igualmente muchos nombres que son una verdadera institución en este género y motivo de recuerdo para quienes fuimos asiduos revisteros. El primero de todos ellos, como decía al comenzar este post, el de Celia Gámez. Su popularidad era tal (no va a ser únicamente Bisbal) que el día de su boda el público se congregó ante la iglesia de los Jerónimos donde se iban a celebrar los esponsales. Surgió, sin embargo, la opinión díscola que protestó porque la artista iba de blanco, cosa que a los veladores de la moral no les pareció bien ya que el símbolo de la pureza no debía ser utilizado por quien ‘llevaba un vida disoluta como la suya’. El opinar sobre vidas ajenas no es de hoy. El alboroto fue de tal naturaleza que el padrino, el general Millán Astray con quien tantas veces se la había relacionado, tuvo que usar de su autoridad reclamando la intervención de su escolta con el conocido grito de “a mí la Legión”, siendo los legionarios los encargados del orden público tanto a la entrada como a la salida del templo. Me vienen a la memoria algunos nombres de las vedettes de entonces: Tania Doris, Luchi Prado (que si mal no recuerdo se casó con Ángel de Andrés), Finita Rufet (casada con Pepe Mairena, el de ‘la perrita pequinesa’), Licia Calderón, Addy Ventura, Queta Claver, Carmen de Lirio, Concha Velasco, Esperanza Roy y un etcétera muy extenso, además de otro mito del género revisteril conseguido por sus características como actriz cómica más que por unas espectaculares medidas anatómicas: Lina Morgan. Ellas y sus compañeras de reparto transmitían alegría y de ahí el sobrenombre que el empresario Matías Colsada utilizó para reafirmar los carteles de sus espectáculos que, por cierto, llegaron a ser varios al mismo tiempo por toda la geografía española, y que hizo fortuna: ‘Las alegres chicas de Colsada’.
 
Las recuerdo a todas ellas, al finalizar el espectáculo, descendiendo por unas largas escaleras, acompasando su cuerpos a las cadencias musicales y haciendo unos dificilísimos ejercicios de equilibrio desde sus elevados tacones. Al mismo tiempo, sujetando sobre sus hombros y cabeza unos inmensos adornos de plumas y trajes llenos de cristales brillantes que destellaban a la luz de los focos. Asistí a muchos de estos espectáculos y nunca aprecié ni el mas leve tropezón por parte de nadie. Entre otras cosas, porque el sueldo estaba en la férrea disciplina de los ensayos.
 
Al pie de la escalinata, ofreciendo su brazo a las vedettes, estaban los actores: Tony Leblanc, Antonio Casal, Ángel de Andrés, Juanito Navarro, Antonio Garisa, Quique Camoiras, Alfonso Goda… y la orquesta atacando con todo su brío en aquellas apoteosis.
 
Actores y actrices, bailarinas y bailarines, músicos, personal técnico, libretistas, compositores, decoradores, todo un ejército de profesionales (sastras, maquilladoras, planchadoras, peluqueras…), tenía trabajo en el montaje de este tipo de espectáculos. Creo que es un argumento más que suficiente para que, por lo menos, tantos de los que se dedican a la escena (sin que se sepa el motivo porque no aportan nada) no lo menosprecien. A lo mejor es que los progres de nuestro teatro, que son la mayoría, son unos moralistas. Actores, desde luego, no son.

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