Se corre estos días la Vuelta ciclista a España. Actualmente no sigo este acontecimiento (será cosa de la edad, supongo), pero hace años sí era algo que me interesaba y lo mismo debía ocurrir con los amigos de entonces, porque charlar acerca de esta prueba ciclista era frecuente. Todos estábamos al día, a pesar de no existir, o poco, la televisión que ahora, si te descuidas, introducen en tu comedor a los ciclistas. Los que hoy ocupan los puestos destacados son totalmente desconocidos para mi conocimiento deportivo, que, por otra parte es más bien escaso.
De hace años, cuando tenía entre quince y veintitantos, me vienen a la memoria muchos de aquellos nombres que se dejaban la piel por las carreteras de Francia, de Italia o de España. Carreteras llanas, en ocasiones, pero empinadas otras muchas, con inclinaciones de asustar. Y había que subirlas, sin más tácticas ni técnicas que las que imponían las propias fuerzas de cada corredor, la fortaleza de las piernas, del corazón y de los pulmones.
Las pruebas francesa e italiana eran las más importantes y la nuestra quedaba en un tercer puesto. Ahora, tengo entendido que no es así, exactamente; que el Giro italiano ha sido desplazado y que la ronda española compite en categoría con el Tour francés.
En las tres pruebas, entonces como ahora, los ciclistas españoles expusieron siempre su gran talla deportiva. Bernardo Ruiz, Jesús Loroño, Luis Ocaña, Perico Delgado, Julián Berrendero, Olano, Perurena, Julio Jiménez… a ninguno de ellos, cada uno en su momento, les asustaron los nombres de otros corredores internacionales como Eddy Merckx, Freddy Maertens, Bernard Hinault, Jacques Anquetil, Gimondi o Raymond Poulidor, entre otros muchos. Pero hubo uno que marcó el punto más alto en cuanto a categoría profesional y popularidad: Federico Martín Bahamontes.
Bahamontes, el Águila de Toledo, como era conocido no sé si por su velocidad a lomos de la bicicleta o por ser especialista en subir a las cumbres más elevadas, acaba de cumplir ochenta años. Y ahí está, enjuto, como siempre, pero tan pimpante, en su Toledo, siguiendo atentamente los acontecimientos en el mundo del ciclismo y dicharachero, porque es su carácter, supongo que al frente de su establecimiento de material deportivo. La anécdota no falta en sus labios, ni los recuerdos de su vida profesional, que son muchos. El principal, posiblemente, que se coronó como rey de la montaña, en el Tour de Francia, nada menos que en seis ocasiones. Y como anécdota, que su nombre no es Federico sino Alejandro.
Sus triunfos, totales o de montaña, fueron innumerables, pero siempre sale a comentario aquel año en que coronó el Tourmalet francés por delante de todos y con tanto tiempo de diferencia, que se permitió el lujo de tomarse un helado esperando al pelotón. Después, dejarse caer desde lo alto de un puerto, sin temer a la velocidad que se va adquiriendo. En muchos tramos hasta pedaleando, para lo que hace falta mucho valor.
Eran tiempos (Bahamontes corrió como profesional entre 1954 y 1965) de bicicletas pesadas, sin más consejos por parte de los directores de equipo que el de “apretar”, sin todas las tácticas que ahora se emplean considerando las características de éste o aquél, la posición en que cada uno va clasificado y las variaciones que pueden producirse; todo el mundo sabe de ciclismo. Bahamontes y todos sus colegas sabían de pedalear lo más rápido posible y luchar al sprint por un primer puesto. Pero eso sí, entonces como ahora, el paso de lo que se ha dado en llamar “serpiente multicolor” por los pueblos o ciudades de nuestra geografía y las imágenes que componen los corredores unidos al paisaje, son de una belleza extraordinaria. Ahí, la opinión o la consideración deportiva no cuenta, sólo la imagen fotográfica.












