Regreso de vacaciones, en las que, siguiendo la costumbre, no he leído la prensa ni visto la televisión, con lo que ya voy consiguiendo mi aspiración de desconocer el nombre de los ministros. He estado totalmente desconectado del ordenador y por lo tanto de los post de Mayormente aunque, previamente, dejé escritos los que se deberían editar durante mi ausencia. Pido por tanto perdón a los blogers que hicieron sus comentarios con relación a los distintos temas tratados en “Me viene a la memoria” y a los que, por la carencia de Internet, no he contestado como hago habitualmente.
Me encuentro de nuevo en casa, tras casi dos meses de vacaciones fuera de ella y de la forma habitual de vida que llevo a cabo durante el resto del año. Me he incorporado a mis quehaceres habituales tanto de trabajo como de entretenimiento y ocio. Y no me noto nada. Ningún trastorno de tipo físico ni psíquico. Incluso me alegro de la reincorporación. Lo achaco, principalmente, a que procedo de otros tiempos.
De otros tiempos en los que no existía el síndrome postvacacional, o si existía no estaba diagnosticado y nadie se sentía afectado por él. Se echaban de menos los días de vacaciones, claro que sí, pero ahí quedaba todo. Porque podía el recuerdo que nos quedaba de ellas, el comentar con las amistades y con la familia cómo se habían desarrollado y el hacer planes para que las siguientes fueran aún mejores.
Muy de jóvenes rondaba por nuestra mente la cara de aquella chica a la que conocimos en la sombrilla de al lado y con la que alguna noche salimos a bailar. Pero, bueno, ahí teníamos guardado el número de teléfono que ella nos facilitó y al que podíamos recurrir cuando toda volviera su cauce normal. Aunque es posible que, al llamarla, comprobáramos que su libertad veraniega ya hubiera dejado de serlo: “es que… verás… estoy saliendo con un chico”. Era el final del verano, al que el Dúo Dinámico puso música.
Pero los tiempos han cambiado. Y lo han hecho tanto que, ahora, el volver de vacaciones supone un trauma que se ha dado en llamar síndrome postvacacional. Se manifiesta por la falta de adaptación a la actividad laboral y tiene como síntomas la falta de apetito, dolores musculares, insomnio, nauseas, tristeza e irritabilidad.
Los afectados van en aumento año tras año, siendo principalmente los comprendidos entres los veinticinco y cuarenta años a quienes más afecta la ruptura del ritmo vacacional, ya que ven en él –según los entendidos- la culminación de su bienestar personal. Solución: prolongar las vacaciones a base de bajas laborales durante un par de semanas más o ir arrastrando por el trabajo las penas originadas por volver a él.
Que me perdonen los afectados y los psicólogos que tratan estos casos (entre otras cosas porque también han de comer los que se dedican a esta profesión), pero el hecho de volver a trabajar debe suponer una satisfacción porque, ante todo, supone tener trabajo, cosa que en la actualidad ya se puede considerar como fortuna. Y el comportamiento, por otra parte, considero que responde a una sociedad débil y falta de ambición.
Atrás quedan los nuevos y buenos propósitos que nos planteábamos antiguamente al regresar de vacaciones, todos enfocados a una mejora de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu. Estudiar un idioma, apuntarse a un curso de cualquier cosa, dejar de fumar, inscribirse en un gimnasio, aprender música, a tocar la guitarra… un sin fin de cosas que pocas veces, es cierto, llevábamos a la práctica más allá de iniciada la actividad elegida. Y, por supuesto, soñar con otras vacaciones para las que sabíamos que no faltaba un año, sino once meses. Triunfaba en nosotros el optimismo y el camelo estaba de más.
Pero el trabajo entendíamos que era sagrado porque así nos lo enseñaron nuestros mayores y porque además de ser nuestra forma de ganarnos la vida, éramos sabedores, consciente o inconscientemente, que él nos proporciona la oportunidad de ser útiles a la sociedad a la que pertenecemos. Fuera síndromes.












