Los autores de los siglos XVI y XVII abundaron en narrar historias de “pícaros” hasta el extremo de crearse un género que dio en llamarse literatura “picaresca”. Eran personajes que para su subsistencia no dudaban en engañar, embaucar y robar. Robos menores, lo justo para solucionar el día y al siguiente vuelta a empezar: un nuevo timo, una nueva estafa, que les sirviera para procurarse alimento y quizá vestimenta. Poco más. Siempre basándose en la astucia y el ingenio personal en combinación con la ignorancia ajena. Algún que otro mamporro cayó sobre las costillas de estos pícaros al ser descubiertos y alguna noche de calabozo si los alguaciles alcanzaban a su detención.
El poeta Rafael Duyos (poeta y médico, aunque prefirió lo primero cambiando el recetar por el recitar y profesando en la Congregación de Hermanos Marianistas tras quedar viudo) no tuvo inconveniente en referirse al “raterillo” en su poema a la Infanta Isabel, La Chata. Lo hizo tratando con simpatía esta figura del ladronzuelo: … “un chavea, un raterillo, con la colilla apagada, sube por Arrieta arriba gritando: he visto a la Chata”.
Con la misma simpatía que Federico Chueca trató a los “ratas” en su zarzuela “La Gran Vía” poniendo uno de los números musicales en su boca: “Soy el rata primero y yo el segundo y yo el tercero … Siempre que nos detiene la policía estamos seguritos que es para un día…”. Porque los castigos para estos perturbadores sociales nunca fueron demasiado ejemplares, ni lo suficientemente duros como para llevarles a abandonar la ‘profesión’. En cierta ocasión le robaron la cartera al maestro Chueca y quienes lo hicieron, tras conocer a quién pertenecía, se la devolvieron con una nota de agradecimiento por acordarse de ellos en la exitosa zarzuela.
Hacia la mitad del siglo pasado eran frecuentes los letreros avisadores de ¡Cuidado con los rateros! que ahora me vienen a la memoria. Eran los que dieron en llamarse años del hambre, dada la escasez de alimentos, y el racionamiento de los mismos, tras finalizar la contienda civil española, años 40 y buena parte de los 50. El aviso lo recuerdo en la carbonería que había en mi calle, en la tienda de comestibles y en la panadería donde no había pan. Había que comprarlo de estraperlo en la esquina siguiente. Algún día hablaremos del estraperlo. También en el campo de Chamartín y en el del Metropolitano donde jugaban, respectivamente el Real Madrid y el Atlético de Madrid. Y en la plaza de toros de las Ventas y en la Casa de Fieras, precursora del actual Zoo, donde no había fieras. Por supuesto, en los andenes y vagones del metro y en los tranvías. En general, en cualquier sitio donde pudiera darse un mínimo, o un máximo, de aglomeración que facilitara la actividad “manual” de estos amigos de lo ajeno. Habilidosos con los dedos eran capaces de sustraer una cartera del interior de la chaqueta o vaciar un bolso sin que sus dueños lo percibieran. Muchas películas del que podríamos llamar nuestro cine neorrealista tuvieron a estos personajes como protagonistas desde sus diferentes facetas profesionales. ‘Los tramposos’ es, posiblemente, el mejor ejemplo.
Los tiempos han evolucionado desde aquella España pobre y cabría suponer que aquella situación debería ya formar parte de esa misma historia que algunos intentan recuperar refiriéndose a la mitad de la población y desentendiéndose de la otra mitad. Pues no, no ha desaparecido. Por el contrario se ha recrudecido y sería conveniente que de nuevo aparecieran los avisos de ¡Cuidado con los rateros! en los lugares públicos. Incluso en los domicilios particulares donde estos desaprensivos no tienen inconveniente en acceder durante el sueño de sus legítimos propietarios. Las técnicas han evolucionado y ahora se perpetra el atraco al establecimiento de lujo, aunque esté dotado de medidas de seguridad que los atracadores son capaces de vencer. Del atraco se ha pasado a la paliza a quien se resiste e incluso al asesinato. Y quienes lo realizan, nacionales o extranjeros, tienen a sus espaldas multitud de delitos por los que apenas han pagado con unos días de privación de libertad, en los que comen y duermen a costa del contribuyente.
Apenas unos días tras unas rejas, mientras que sus víctimas han de perpetrarse tras ellas de por vida con el sólo objeto de protejerse de aquellos. Se nos está condenando a vivir encerrados tras unos gruesos barrotes para conservar la hacienda y la vida. La que han perdido, por ejemplo, numerosos industriales, principalmente joyeros. Mientras tanto, los ladrones fuera, a su libre albedrío. La justicia, con minúscula, concebida al fin y al cabo por políticos e interpretada por los jueces (tan ligados ellos en contra de la voluntad de Montesquieu) según su propia capacidad para interpretación, no está por la labor de acabar con esta lacra que ya quisiéramos fuera igual a la de los años del hambre. Si el delincuente llega a la categoria de terrorista puede ser objeto de homenajes populares y hasta tener derecho a escolta para que el terrorista no sea molestado. Si el delincuente es abortista será causa de promoción laboral y si defensor de la eutanasia, merecedor de subvenciones para que la promocione. Hay muchas categorías de delincuentes, muchos con corbata, con despacho, con títulos académicos y hasta con doctorado honoris causa.
No hay ninguna voluntad para erradicar a esta especie que aumenta día a día y se va convirtiendo en multitud. Llegará, a este paso, a ser mayor que el número de ciudadanos honrados ya que, por las razones que sean, viven protegidos (por lo menos no perseguidos) y con los medios que sustraen al resto de la ciudadanía que trabaja para obtener el sustento.












