Hace ahora un siglo que los profesionales del cine americano, los productores principalmente, decidieron instalarse en un distrito de la californiana ciudad de Los Ángeles conocido como Hollywood. La población, como tal, apenas contaba en ese momento con medio siglo de historia ya que se fundó en 1857. Uno de los factores que impulsaron a los propietarios de aquellas empresas cinematográficas de Nueva York o Nueva Jersey a trasladarse a California, fue la cantidad de días de sol que allí se daban garantizando un buen clima, además de que los días tenían más horas de luz. La luz, a principios del siglo XX ya existía, pero también era necesaria la natural para rodar exteriores. En 1911 se inauguró el primer estudio al que inmediatamente siguieron quince más. Un crecimiento constante que acabó por convertir a Hollywood en la Meca del cine, una industria reciente pero que en poco tiempo se convertiría en uno de los mayores sucesos del siglo tanto en lo económico como en lo social y cultural. En Hollywood, aunque hoy forme parte de la nostalgia de otros tiempos y se haya convertido en destino turístico, se rodaron las escenas más famosas de la historia del cine.
En España, también tuvimos ocasión de tener nuestro Hollywood particular hace ahora medio siglo, más o menos. Lo mismo que en aquella zona americana que los españoles descubrieron en 1542, aunque la ciudad la fundaron transcurridos dos siglos, pasando posteriormente a pertenecer a Méjico para serlo después de los Estados Unidos, aquí, en España, había otro zona con características similares en cuanto a clima y luz: Almería, mucho más antigua y cargada de historia que el condado de Los Ángeles, ya que su fundación, debida a Abderramén III, se remonta al 955. La historia, como queda demostrado, no ha servido para nada en cuanto a la relación de la provincia española con el séptimo arte. Claro que la historia no sirve para nada cuando los intereses son de tipo económico o lo que conocemos más comúnmente como “pelotazo”. En Hollywood predominaron los intereses de la industria cinematográfica y hacia ellos se enfocaron todos los esfuerzos; aquí, los propósitos fueron muy diferentes pensando casi siempre en la especulación que es lo que más rápidamente proporciona beneficios. ¿Cuántas viviendas se pueden construir en el espacio que ocupa un estudio cinematográfico? Es un ejemplo. El caso es que Almería no consiguió convertirse en la hermana pequeña de Hollywood aunque posibilidades las tuvo. Todos vosotros, lo mismo que yo, somos conscientes de que así fue y por eso, cincuenta años después, vuelve a nuestra memoria el recuerdo de una mediterránea Almería cinematográfica.
Anteriormente a la década de los 60 se produjo algún que otro proyecto de cine en la provincia almeriense. De 1953 datan “El beso de Judas”, de Rafael Gil, o “Sierra maldita”, de Antonio del Amo, y algo más tarde “Ojo por ojo”, uno de los rodajes de mayor interés de André Cayate que, de alguna forma fue lo que abrió las puertas del paisaje almeriense a la consideración internacional. Paisajes de interés, tanto los habitados como los que no, teniendo en cuenta que Almería cuenta con un desierto, cosa que no se da en otro lugar europeo. Paisajes únicos y sobre todo baratos, al igual que la mano de obra empleada, algo que, lógicamente, interesa a los productores.
Intentos, más que nada, aproximaciones, hasta que un director inglés, David Lean, escoge aquellos parajes para rodar “Lawrence de Arabia”, tras una amarga experiencia en tierras de Jordania que le obligaron a abandonarlas. Recordemos algunos de los títulos de este director, lo que ponen de manifiesto su categoría artística: “El puente sobre el río Kwai”, “Doctor Zhivago” o “La hija de Ryan”. Y “Lawrence de Arabia”, que serviría para lanzar al estrellato a Peter O’Toole en un papel rechazado por Marlon Brando, al que se le ofreció en primer lugar. Una película, por cierto, en la que no intervienen mujeres y rodada toda ella en exteriores. De ella, de su rodaje más bien, ha quedado una anécdota graciosa y cargada de picaresca que muy hubiera firmado el autor del “Lazarillo”. En una de las escenas intervenían una serie de jinetes cabalgando. Se les mandó alejarse hasta detrás de una loma para empezar el rodaje, ellos comenzaron a avanzar y avanzar en dirección opuesta a donde se encontraba el equipo de rodaje, hasta desaparecer por completo cabalgaduras y caballeros. Nunca más se supo de ellos. David Lean tenía el propósito de volver a rodar en Almería -“Nostromo”-cuando falleció. Ya conocía, y de ahí su interés, El Alquián, Cabo de Gata, Jergal, Nijar, Rodalquilar, Carboneras o Tabernas, en cuyos establecimientos y calles no causaba sensación a sus vecinos encontrarse con Anthony Quinn, por ejemplo, o algún otro actor del reparto.
Descubierta Almería, por allí pasaron infinidad de títulos que impresionaron en el celuloide su paisaje. Sus escenarios naturales vieron transcurrir por ellos a “El Cid”, a “Patton”, a James Bond (“Nunca digas nunca jamás”) o a “Indiana Jones”. Películas, todas ellas, de diferentes estilos y que transformaron por completo el paisaje desértico almeriense. Pero habría de llegar un nuevo género que encontraría en Almería todo lo necesario para recrear el panorama del oeste americano: el western. Para ser más exactos el spaghetti western ya que el cine que en Europa (Italia y España) se hacía, poco tenía que ver con los títulos y hazañas que protagonizaron John Wayne o Kirk Douglas.
Aquella nueva manera de ver el oeste americano a través de los Spaghetti western se puso de moda a lo largo de los 60 y hasta de los 70. El almeriense desierto de Tabernas fue testigo de infinidad de cabalgadas y disparos, de peleas cuerpo a cuerpo en el saloom tras meterse un güisqui entre pecho y espalda, y por supuesto, de conquistas femeninas a cargo de los protagonistas masculinos. En este género cinematográfico, o subgénero más bien, hay tres nombres que destacan y que influyeron decisivamente para su propagación. El director Sergio Leone, por una parte, al que su trabajo detrás de la cámara se deben sobre todo “Por un puñado de dólares”, “La muerte tenía un precio” y “El bueno, el feo y el malo”. Películas cargadas de violencia aunque, como explicó su director en alguna ocasión: “las muertes en mis películas son exageradas porque quiero hacer una sátira de los demás westerns”. Posiblemente era el principal propósito de aquellas películas, satirizar otros momentos del cine. Sea como fuera, Sergio Leone empleo todo su saber en las realizaciones hasta el extremo de que otro director de indudables y reconocidos méritos como es Quentin Tarantino, considera que “El bueno…“ es la película mejor dirigida de todos los tiempos”. Sometiéndose a las exigencias de esa dirección, un actor hasta entonces desconocido: Clint Eastwood. El actor, que se convirtió en octogenario el pasado 31 de mayo, llegó a “Por un puñado de dólares” tras el rechazo al papel por parte de dos actores ya consagrados, Richard Harrison y James Coburn. Creó un personaje duro y sin piedad que posteriormente trasladaría a otros títulos donde el personaje se repetía, aunque convertido en agente de la ley: “Harry”. En el western se encumbró en la fama desde donde demostró, además, su talento como el actor, primero, y el director más tarde, que firmaría “Los puentes de Madison” o la oscarizada “Million Dollar Baby”. Eastwood consiguió fama al lado de Sergio Leone aunque con su trabajo y colaboración también contribuyó al éxito del director italiano. No fue, sin embargo el único, ya que el realizador siempre tuvo a su lado a un amigo de la infancia y compañero de colegio, que con su trabajo contribuyó a engrandecer aquellas películas a las que, en principio, la crítica no recibió demasiado bien. El amigo era el músico Ennio Morricone que supo aportar, desde las partituras, un nuevo elemento a las bandas sonoras que originaban el climax de la película y que, desde entonces, pasarían a formar parte del conocimiento popular y uno de los elementos principales de las películas.
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Entre las décadas 60 y 70 se rodaron más de 500 títulos del llamado spaghetti western. No todos tuvieron éxito ni categoría suficiente para pasar a formar parte de la historia del cine, pero quedaron algunos que merecen el respeto de los amantes a la cinematografía. Principalmente los de Sergio Leone que acabamos de comentar, aunque se produjeron algunos otros, algunos con firma de directores españoles. Y, la mayoría de ellos rodados en tierras de Almería que, de haber contado con una buena planificación bien hubiera podido convertirse en la pequeña Meca del cine o en el Hollywood bis. Como el territorio estadounidense que un día albergó a su industria cinematográfica, Almería también cuenta con un agradable clima, mediterráneo en este caso; con una estupenda luz y días de larga duración. Muchos turistas del mundo entero lo saben y acuden a disfrutar de ello, pero sus cámaras para captar imágenes son de uso particular, no sirven para hacer películas de las que se proyectan en salas de cine, como las que se hacían por aquella zona hace medio siglo. Más o menos.












