La escena completa se remonta a épocas anteriores a que ninguno de nosotros hubiera alcanzado a ver la primera luz, pero así y todo algunos retazos alcanzaron a formar parte de nuestros recuerdos de infancia. Fue durante algún tiempo, poco, y enseguida terminaron por desaparecer, pero todavía alcanzamos a ver aquellas orondas amas de cría, todas uniformadas normalmente con vestidos de cuadros con mangas abullonadas y adornadas con grandes volantes, pendientes, collares, enormes alfileres sujetando el moño, y con un gran delantal, que en plazas y jardines públicos no ponían inconveniente en alimentar por medios naturales a los bebés que les eran encomendados, incluidos los propios. Era su trabajo y por el que percibían el salario estipulado. El acto, en el no va más de los recatos, se disimulaba con la ayuda de un pañuelo a manera de cobertor, pero la mayoría de las veces ni siquiera resultaba necesario ya que el dar de mamar no suponía desdoro, vergüenza ni complejo de ningún tipo. Más bien todo lo contrario, incluida la opinión de los soldados que merodeaban alrededor de quienes sostenían en brazos a los lactantes.
Aquellos amamantamientos y quienes los propiciaban me los ha recordado un libro leído recientemente acerca de la figura de quien fue infanta de España Eulalia de Borbón, la infanta republicana como se la conoció, a causa de su comportamiento rebelde tan alejado del rígido protocolo que le imponía su condición social y tan impulsora de las reivindicaciones de la mujer a la que en los finales del XIX y comienzos del XX les estaba vetado todo lo que estuviera más allá de ser madres y ocuparse de las tareas caseras. Eulalia rompió con todo aquello que le imponía la corte. Vivió el exilio, conoció la imposición marital y la maternidad, experimentó el divorcio, las aventuras amorosas y las viajeras, las amistades de todo tipo, pero, sobre todo, vivió. Con tanta intensidad que superó con creces los 90 años. Vivió como quiso, sin complejos, y eso es razón más que suficiente para aplaudirla aunque sea con algo más de medio siglo de distancia desde su desaparición de este mundo.
De todas formas, este post no es una referencia biográfica de la excepcional infanta, pero en la leída -que es lo que me ha sugerido el argumento para escribir- se describe el procedimiento empleado para localizar al ama que la amamantó que no deja de ser curioso.
Un médico y un funcionario de la Casa Real se desplazaron hasta Burgos con el fin de localizar nodrizas llegando a hacer un “casting” en el que examinaron nada menos que a 64 candidatas. Unas fueron desechadas por ‘altas’, otras por ser de ‘ciudad’, otras por su ‘físico’ o el de sus hijos, otras por ‘primerizas’, por ‘habérseles muerto algún hijo’ o por el tiempo transcurrido desde que ‘les subió la leche materna’. Las características que exigía la tradición es que las aspirantes al cargo no fueran menores de 19 años ni mayores de 26, de complexión robusta y buena conducta moral, estar criando el segundo o tercer hijo, leche de noventa días máximo, no haber criado hijos ajenos, estar vacunada, no haber padecido enfermedades de piel tanto ella como su marido ni familiares de ambos y que la ocupación del marido fuera la del cultivo del campo. A todos estos requisitos respondían Andrea Aragón y Lorena García a las que se trasladó a Madrid donde se encontraron con otras dos nodrizas, elegidas entre otras 38 aspirantes, aunque en este caso cántabras todas ellas, una provincia pródiga en la proliferación de estas profesionales de la alimentación infantil. Las cuatro, como era requisito, recibieron la correspondiente autorización de sus maridos, la recomendación del jefe de la Guardia Civil de su provincia, la del alcalde, el visto bueno del párroco y el informe favorable de un organismo médico oficial. ¡Total nada! Si la infanta Eulalia lo hubiera sabido seguro que se hubiera hecho anoréxica. Encima, el salario (en este caso fueron 24.000 escudos por dos años de amamantamiento) se le entregaron al marido. Y menos mal que al hermano de leche de la infanta se le concedió una pensión vitalicia. Para que luego haya quien tenga mal concepto de las monarquías.
Claro que el procedimiento de la lactancia no era exclusividad de la nobleza. Quien disponía de bienes actuaba de igual manera para la crianza de sus hijos. Así ocurrió que en Madrid, el siglo XVIII y XIX, existía lo que pudiéramos considerar un ‘mercado de carne humana’. En la plaza de Santa Cruz, sentadas en el borde de un portal, muchas veces con un niño en sus brazos, numerosas mujeres montañesas esperaban que alguien se acercara a contratarlas para que amamantara a sus hijos aun a costa, en tantos casos, de tener que privar de ello al propio. En unos casos buscando la solución económica para sus vidas, en otros, con la esperanza de encontrar para su vástago un hermano de leche con las influencias suficientes para que el día de mañana pudiera proporcionarle un cargo en la corte. Otras mujeres santanderinas escogieron diferentes puntos de la geografía española como en el caso de la plaza de la Catedral, en Granada, a la que se llegó a conocer como la plaza de las Pasiegas. Detrás de cada ama de cría, también en las del siglo XX que conocimos, había una historia de necesidad y en muchos casos de dolor en unas mujeres víctimas de los prejuicios sociales de los tiempos en que no había para ellas ningún tipo de consideración, ni siquiera como personas.
Muchos monarcas lo son o fueron, como muchos representantes de la alta sociedad y la nobleza, porque hubo quien les facilitó el alimento necesario para su primer desarrollo, el más importante. Los pediatras de nuestros días insisten en sus recomendaciones sobre las ventajas de la leche materna, o maternal, y aunque ésta no siempre es posible por lo menos existen los sustitutivos sin tener que acudir a los servicios de las amas de cría que nosotros todavía alcanzamos a conocer y de las que me acuerdo de verlas en la plaza Mayor, en la plaza de Oriente, en el Retiro… Con sus mandilones, sus pendientes, sus hechuras, sus necesidades y también su generosidad. La pasteurización de la leche de animales, la investigación de los laboratorios para encontrar sucedáneos lácteos y la invención de la tetina de caucho acabó con las amas de cría y sin embargo los nobles, los príncipes, los infantes y las clases pudientes de todo el mundo se siguen reproduciendo y desarrollando sin necesidad de ellas.












