No sé si los españoles tenemos sentido del humor o no. Me atrevo a decir que no. Vas en el metro o estás en la parada del autobús y ves a las personas que te rodean con un gesto adusto, con cara de enfado, alejados, como evitando que puedas dirigirte a ellos para hacerles una pregunta. Y si haces esa pregunta que temen la contestación es un escueto “no sé”. No hay risas ni siquiera cuando se junta un grupo de personas donde a lo más que llegan es a celebrar vociferando el triunfo de su equipo de fútbol. Y como en el grupo hay alguien que no es del mismo equipo pues la discusión está garantizada. Es como si todos vivieran bajo la amenaza de un inmediato vencimiento de la hipoteca. Que hay muchos así, es cierto, pero alguien habrá que haya terminado de pagarla. Digo yo.
¿Y de qué disponen estos amargados para combatir su situación anímica? De muy poco, verdaderamente. Existen algunos programas televisivos que se suponen humorísticos, y eso serviría de desahogo, pero es que en el 95 por ciento de los casos lo que posibilitan es las ganas de llorar. Son muy malos. No porque el sentido del humor haya cambiado, que es lo que alguno de los de siempre argumentará. Es que son muy malos los cómicos y los guionistas que andan por ahí intentando ganarse la vida con sus astracanadas, su humor zafio, sin pizca de inteligencia, chabacano, soez y cargado de vulgaridad. El humor es algo más que hablar mal, algo más que utilizar a unos determinados políticos para cebarse con ellos a base de groserías muy cercanas a los insultos, cuando no directamente los insultos. Para ejercerlo se exige, ante todo, inteligencia. Algo de lo que, los que andan por los escenarios haciendo monólogos, -están tan convencidos/as de su importancia que ellos, en solitario, son capaces de enfrentarse al peso de un espectáculo- y por las distintas cadenas de televisión andan muy escasos. No vamos a entrar siquiera en dicción, gestos o presencia en la escena. El juicio es sólo como humoristas y si es que existe la tal carrera, muy pocos son los que han pasado de primero porque han suspendido. Tienen, eso sí, atrevimiento para insultar sabedores que nada va a pasar con todos esos argumentos de la libertad de expresión. A los insultados, tan despistados ellos, incluso les parece bien en muchos casos al considerar que eso les puede acercar a una opinión favorable del electorado. Y el electorado les insulta más por acomplejados.
Bien, pues hace años, la gente reía más; estaba más contenta. Te asomabas por la ventana de la cocina -y si no te asomabas también, con tal que estuviera abierta- y escuchabas cantar, además de por la radio que estaba a pleno volumen, a cualquier vecina seguidora de Marifé de Triana, de Juanita Reina o de Conchita Piquer. Así te enterabas de los lamentos de la Campanera, (ay, Campanera, por qué será), de que habían impreso unos carteles con el nombre de Francisco Alegre, o los sollozos reales por la muerte de María de las Mercedes. A pesar de aquellas tragedias con música y a pesar de la situación de pobreza que padecía el país, los contribuyentes de impuestos indirectos estaban contentos, de alguna forma felices. Los domingos el Atleti o el Madrid y… poco más. Eran de buen conformar. Por eso se cantaba. Algunos no, algunos alborotaban contra todo. Muchos de los de entonces lo siguen haciendo, porque nunca están contentos con nada. Y casi todos, ahora, lo que hacen es incrustarse los auriculares del MP3 en los oídos para escuchar la música (¿) que hay en su interior y gesticular un punteo sobre una imaginaria guitarra o deslizar los dedos por un hipotético teclado.
La demostración de que la risa, o la sonrisa, era un bien generalizado es el éxito que tuvo por entonces la revista de humor gráfico y literario fundada en 1941 ‘La Codorniz’, que es a lo que íbamos. ‘La revista más audaz para el lector más inteligente’ rezaba su eslogan. Un grupo de inteligentes, según la consideración de sus editores, que comenzaron siendo 35.000 en tiempos de Miguel Mihura -su fundador y primer director- a los 85.000 semanales, además de superar los 250.000 ejemplares que se editaban en cada extraordinario mensual siendo su director Álvaro de Laiglesia.
¿Se reían a carcajadas todos aquellos lectores? Pues no. Se admiraba el ingenio de sus colaboradores que hacían humor surrealista o sabían exponer un problema social desde la perspectiva del desenfado. Siempre agudizando la inteligencia, tanto articulistas como dibujantes. En La Codorniz pusieron su firma el genial Mingote (todavía en activo con sus cerca de noventa años y con la cabeza tan lúcida como siempre), Chumi Chúmez, Serafín (con sus marquesas alcoholizadas), Perich, Alfonso Abelenda, Rafael Azcona, Forges, Ops (a quien ahora se conoce como El Roto, Máximo, Gila (quien a pesar de su conocido talante político tan contrario al régimen de entonces, nunca, por decisión propia, publicó un chiste político), el valenciano Pgarcía quien en las conversaciones más serias siempre tiene para añadir un toque de sarcasmo, de ironía o de humor, Kalikatres, Cebrián, Pablo, Tono, Edgar Neville… y Conchita Montes que publicaba ‘El damero maldito’ creado por ella misma en base a la gran cultura que poseía. La recuerdo con frecuencia en aquella interpretación genial de ‘El baile’. La recuerdo junto a su compañero Edgar Neville, en aquel coche descapotable para dos personas, la recuerdo por Marbella con el foulard al viento como si se tratara de Isadora Duncan, siempre con la sonrisa y la simpatía por delante, con su ceceo que nunca supuso un inconveniente para subir a los escenarios, con su elegancia natural. Ella también pertenecía a la plantilla de ‘La Codorniz’ porque también era poseedora de un amplio sentido del humor.
Eran todos ellos de una casta especial nacida para el humor del que no se despegaban a lo largo de todo el día ni lo hicieron durante toda su existencia. Algo para lo que no todo el mundo que se dedique a esto de escribir tiene facultades. Por ejemplo, Camilo José Cela o Francisco Umbral no consiguieron meter la cabeza en La Codorniz como hubiera sido su deseo y su intento. Y nadie va a negarles sus posibilidades ante el folio en blanco. Después de estos elogios para aquellos artistas ‘codornicescos’, mal está lo que haora sigue, pero es que sucedió. Personalmente tuve el honor de publicar en sus páginas un par de textos que, por cierto, no recuerdo si llegué a cobrar. Pero se publicaron. Después algunos más en las páginas de ‘La Golondriz’ desde donde Pgarcía planteó una continuidad de ‘La Codorniz’ en la que participó durante muchos años. También es el presidente de la Academia del Humor a la que tengo la satisfacción de pertenecer.
Reunirse en la redacción de ‘La Codorniz’ suponía enfrentarse a un ejercicio de ingenio donde los diálogos entre los allí presentes equivalía a agudizar el intelecto para no quedar nunca por debajo de los interlocutores. Era algo instintivo. Si alguien se expresaba con una cierta originalidad en su planteamiento y en su exposición, sus contertulios no quedaban a la zaga, esforzaban sus neuronas para superar lo expuesto. Y bajo esa premisa se desarrollaba una conversación que, casi nunca llevaba a ninguna parte. Era el absurdo, lo abstracto, pero sin darle ninguna importancia ni manifestar prepotencia. Lo mismo a la hora de trabajar. Había que crear cada semana una nueva edición y conseguir la acpetación del público, pero con anterioridad había que superar el sordo examen de la censura. ¿Eliminar los asuntos problemáticos o sociales para conseguirlo? En absoluto. Exponerlos, eso sí, con talento y con la habilidad suficiente para sortear el lápiz rojo del censor.
A pesar de todo, en ocasiones no pudo ser y las multas recayeron sobre los editores e incluso la suspensión de algún número. De cualquier forma, la tala de árboles necesaria para fabricar el papel en que ‘La Codorniz’ se imprimía estuvo plenamente justificada, cosa que en la actualidad no es aplicable a la mayoría de las publicaciones periódicas. Menos de las humorísticas.
Me vienen a la memoria algunos de los sucesos ocurridos en 1978, pero el recuerdo lo aplico a la desaparición, hace treinta años, de ‘La Codorniz’. Ocurrió el 11 de diciembre con la aparición en la calle del número 1898. El público pasó a preferir lo fácil y los componentes de la revista no supieron, por otra parte, trabajar sin una censura a la que habían llegado a acostumbrarse. Evitarla era el reto semanal. Descanse en paz ‘La Codorniz’.












