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Cabecera Me Viene A La Memoria

¡CALENTITAS, QUE AHORA QUEMAN!

Al llegar estas fechas que preludian el invierno, el de calendario porque el de temperatura ya ha hecho acto de presencia, hay una imagen que
invariablemente, año tras año y antes de que surja físicamente en el escenario de la ciudad, ya aparece en mi mente y en mi memoria, como si el paladar estuviera reclamando su sabor. Se trata de las castañeras.
 
Ellas forman parte de muchos de mis recuerdos de infancia y hasta de adolescencia. Después de esos momentos muchas de ellas, o sus descendientes, han continuado en su esquina ofreciendo lo de siempre pero he sido yo quien se ha alejado de ellas porque, como ocurre en la mayoría de los casos, apenas se ponen los pies en las calles ya que los desplazamientos de un lugar a otro se realizan en coche, y por lo tanto no las encuentras. Ni tampoco puedes parar cuando divisas algún quiosco. Nosotros, los antiguos viandantes convertidos en flamantes automovilistas, nos lo perdemos. El coche, culpable también de nuestra falta de ejercicio, causa de accidentes, privación de contemplar el encanto de algunos pueblos cuando viajamos, es también la causa por la que hemos dejado de comprar castañas a las castañeras. Seguramente el personaje más característico y entrañable del invierno español.
 
Inviernos gélidos en Madrid, de los que ya no hay; incluso nieve en los tejados y aceras durante varios días. Pero allí estaba ella, en su esquina, para abarcar con la mirada el público precedente de una u otra dirección al que ofrecer su mercancía. Dentro de un quiosco montado con cuatro tablas para defenderse levemente del frío, con sus manguitos blancos, su pañuelo en la cabeza, su toquilla y sus mitones de lana con los que las puntas de los dedos, libres de impedimentos, facilitaban preparar el encargo en un cucurucho de papel de periódico y cobrar la peseta de su importe. 
 
No solía faltar clientela. El discurrir de compradores era constante y en ocasiones hasta se formaban colas según en qué lugares y en qué momentos, debido a la aglomeración de público. Callao, por ejemplo, la glorieta de Bilbao, la de los Cuatro Caminos o Quevedo a la hora de entrar y salir de los cines. Si se producía el descanso en las ventas, la castañera no dudaba en proclamar su mercancía a los cuatro vientos: “¡Castañas, castañas calentitas, que ahora queman!”. El anuncio unido al olor que impregnaba el ambiente, hacía que te dieras cuenta de que llevabas las manos ateridas por el frío y que además el estómago reclamaba algún tipo de sustento. Nada más fácil de resolver.
 
- “Déme una pesetas de castañas”.
 
- “Recién asadas, ahí van. Y una de propina, por si acaso”.
 
El acaso es que solía aparecer en el interior algún que otro habitante y si lo detectabas te obligaba a tirar el fruto.
 
Para calentar las manos y activar en ellas la circulación de la sangre apenas conozco otros remedios que de forma inmediata te transmitan temperatura. Repartías rápidamente aquella docena de castañas en dos montones, manteniendo para cada uno de ellos el papel de periódico del envoltorio, y los metías en los bolsillos del abrigo. A través de las manos se entonaba todo el cuerpo y es de los calores más agradables que conozco. Cuando la temperatura de las manos había subido y la de las castañas descendido las pelabas, que si estaban bien asadas la piel se desprendía fácilmente, y las comías. Un sabor cercano a lo dulce, suave, de duración en el paladar.
 
Un sabor que ha hecho de la castaña, aparentemente tan menospreciada, uno de los productos más sofisticados en la mesa. El marron glacé, el dulce de castañas, el relleno hecho con ellas, en sopa con miel y un largo etcétera culinario y gastronómico.
 
Son las posibilidades de la castaña en la gran cocina, pero este fruto se ha consumido desde siempre aprovechando sus grandes aportaciones alimenticias y hay datos de la antigüedad que lo confirman. Galeno se refirió a ellas fijándose, además, en sus posibilidades respecto a la farmacopea.
 
El de castañera (tiene que ser en femenino aunque también haya algunos castañeros) es un oficio a o profesión que se mantiene a través de los años. Si… pero… Para empezar, los inviernos son menos fríos que entonces, el número de puestos ha disminuido considerablemente, el casticismo y la chulería de las de entonces que, incluso quedaron reflejadas en alguna zarzuela como “Alma de Dios”, (‘castañas calentíbiris, biris, biris’…) tampoco es asimilado por las muchas nacionalidades de quienes ahora ejercen frente al hornillo, e incluso éste, conocido como anafre o anafe hasta, en ocasiones, es alimentado por butano en lugar de hacerlo con carbón vegetal. Y por supuesto, el precio ni aún considerando su equivalencia con lo que una docena costaba a mediados del siglo pasado, tiene ninguna relación.
 
Nos queda la solución casera: rajar levemente las castañas para que no estallen y asarlas en el horno o en el microondas; incluso si disponemos de chimenea, esperar a que haya rescoldos y hacerlas sobre una base de metal agujereada. Lentamente y haciéndolas por los dos lados. Nunca quedan como las de aquellas castañeras de nuestra infancia pero se dejan comer. Como apenas necesitamos ya calentarnos las manos, por lo menos no renunciemos al sabor de las castañas asadas. Lo que nunca he sabido es porqué cuando algo (un libro, una persona, una película, etc) no es de nuestro agrado,  decimos que “es una castaña”, ni cuando algo excede de los límites establecidos se dice que “pasa de castaña oscura”. Si alguien lo sabe, que nos ilustre a quienes desconocemos el origen de estas expresiones.

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